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23/09/2006
Relatos: El regalo de cumpleaños de satinNOTA DE HELLCAT: El siguiente relato describe todo lo que ocurrió antes, durante y después de que satin me diera su regalo de cumpleaños. No se trata de una ficción. Todo lo que vais a leer es rigurosamente cierto. Como es natural, algunas localizaciones, nombres y eventos han sido modificados para proteger la identidad de los protagonistas.
Viernes, día 9
Cuando me dirigía a casa de satin, nada me hacía presagiar la sorpresa que iba a recibir. Es cierto que, durante la semana, ciertos indicios indicaban que estaba maquinando algo, pero ella supo desviar mi atención hábilmente para que no sospechara. Tras mi llegada, no pasó mucho tiempo antes de que ella me dijera “Tengo que contarte una cosa”. Sé por experiencia que cuando satin utiliza esta frase es porque el asunto a tratar es importante. La cuestión era si se trataba de algo bueno o de algo malo. Y eso es precisamente lo que le pregunté. “No es malo”, me tranquilizó. “No sé si te gustará, aunque supongo que sí”. Le urgí para que me contara qué era lo que ocurría. Ella me explicó que hacía unos días había puesto un anuncio en un conocido foro de contactos en internet buscando una chica… para mí, para que me acostara con ella. Además, satin estaría presente en todo momento. Ese sería mi regalo de cumpleaños. Naturalmente, ya podéis imaginaros mi sorpresa… y también mi excitación. Satin me contó que ya había contactado con una chica -la llamaré Sandra, aunque no es su nombre real- que le había parecido interesante, pero no sabía si sería de mi agrado, puesto que era bastante mayor que yo. Me mostró una foto y la verdad es que la primera impresión fue bastante positiva. Pero la cosa no acababa ahí. Las dos habían hablado por msn poco antes de que yo llegara a casa de satin y habían quedado en que Sandra se conectaría de nuevo para hablar conmigo y verme por cam. “Le dije cuándo ibas a llegar y me ha dicho que se conectaría de nuevo. Ya sabe que no tengo cam, así que hemos quedado en que, cuando se conecte, bajarás al ciber de aquí al lado para que te pueda ver”, me explicó satin. Y así fue. Cuando Sandra se conectó, me identifiqué y ella contestó “soy tu regalo”. Tras cruzar algunas palabras -elogios hacia satin por el regalo que me hacía, principalmente-, le dije a Sandra que en cinco minutos podría verme por cam. Me despedí de satin y me dirigí al ciber. Una vez allí, satin me dio la dirección msn de Sandra y la añadí. La cam sólo le enfocaba la cara y debo decir que, aunque fuera unos cuantos años mayor que yo, me gustó lo que vi. La verdad es que yo siempre me he guiado más por el morbo que por el físico. Por muy guapa que sea una chica, si no me da morbo, me quedo igual. Y cuando vi a Sandra, me dio mucho morbo. Estuvimos hablando un rato. “satin vale un imperio”, me dijo en un momento dado. “Qué me vas a contar”, contesté yo. Mientras hablábamos, le iba comentando a satin los puntos más importantes de la conversación. Básicamente a Sandra le preocupaban tres cosas. Una, que debido a la diferencia de edad existente entre ambos, no me gustase. Dos, la discreción. Y tres, que me diera corte que satin estuviera presente. Le aclaré que me gustaba lo que veía, que la discreción sería absoluta y que no me importaba que satin estuviera presente. Ella añadió que no creía que fuera capaz de dejar que satin interviniera y que deseaba tenerme para ella sola -aunque, según me había explicado satin previamente, Sandra le había dicho que había un 2% de posibilidades de que satin participara-, pues era heterosexual. Seguimos hablando y, al cabo de un rato, Sandra me preguntó si había alguien detrás de mí en el ciber. “Ni detrás ni a los lados”, contesté. Entonces, para mi sorpresa, bajó la cam y enfocó su cuerpo. Estaba desnuda. “¿Qué te parece?”, me preguntó. Me gustaba, y así se lo hice saber. “Esa es la respuesta que quería oír”, respondió. En total estuvimos hablando durante una media hora. Cuando regresé a casa de satin, ambas estaban concretando los detalles. En principio, nos veríamos el sábado siguiente. Sandra propuso un hotel situado fuera de la ciudad y quedamos en que el lunes satin llamaría para reservar la habitación y el miércoles ambas hablarían. Después le pedí a satin que me mostrara el perfil que había insertado en la página de contactos. Buscaba a una chica para que se acostara conmigo. Proponía que ella pagaría la cena y la habitación del hotel y que sólo participaría si la chica así lo quería.
Lunes, día 11
Al llamar al hotel recibimos una mala noticia al saber que no había habitaciones disponibles para el sábado debido a una boda. Así que satin realizó una búsqueda en internet para sugerir varias posibilidades, todas en la ciudad.
Miércoles, día 13
Sandra nos hizo saber que prefería la opción de ir a un hotel fuera de la ciudad por circunstancias que ahora no vienen al caso. Sugirió otro hotel y satin le dijo que lo consultaría conmigo por la noche. Finalmente, quedaron en que al día siguiente hablarían de nuevo. Aquella noche satin me contó la conversación mantenida y convinimos en que las condiciones eran adecuadas.
Jueves, día 14
Tras comunicarle nuestra decisión, Sandra nos informó de que deseaba que nosotros reservásemos una habitación, mientras que ella reservaría otra. El plan era que una vez que estuviéramos los tres en el hotel, nos reuniríamos en un restaurante que había al lado y después de comer, iríamos a una de las habitaciones.
Viernes, día 15
Sandra le contó a satin que ella ya había reservado la habitación, así que satin hizo lo propio. Y con esto, ya estaba todo listo para el encuentro del día siguiente.
Sábado, día 16
Pasé por casa de satin para recogerla y nos dirigimos hacia el lugar del encuentro. Llegamos al hotel, nos registramos y subimos a inspeccionar la habitación. Era pequeña y funcional, típica de un hotel de paso. Una cama de matrimonio, una mesa, una silla, un pequeño aseo y un televisor LCD era todo lo que había. Bajamos hasta el restaurante. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, al llegar a recepción, vi a Sandra registrándose. Bueno, en realidad no fue el verla lo que me sorprendió, sino el reconocerla. La verdad es que nunca me he caracterizado por ser un buen fisonomista. Si veo a una persona en fotografía o por cam, es muy posible que luego no la reconozca en persona. Salimos del hotel y entramos en el restaurante, nos sentamos y esperamos. Sandra llegó un rato después, se sentó con nosotros y comenzamos a hablar los tres. La conversación se prolongó durante un buen rato tras haber acabado de comer. Después Sandra sacó un pedazo de papel del bolso y un bolígrafo y escribió: “Habitación 320, en 5 minutos”. “¿De acuerdo?”, preguntó. “De acuerdo”, contestamos nosotros. Pasados los cinco minutos subimos a la habitación de Sandra, llamamos a la puerta y entramos. Ella ya había colocado la silla en un rincón de la habitación para que satin tuviera una buena vista de lo que iba a ocurrir. “Bueno, tu chico me gusta”, dijo Sandra dirigiéndose a satin. “Siéntate”, añadió. Cuando satin se hubo acomodado, Sandra le dijo que la perdonase si no le hacía mucho caso, pero que iba a estar por mí. Acto seguido se acercó y comenzamos a… pero, en fin, no creo que estéis interesados en lo que sucedió durante las siguientes tres horas, así que mejor me lo salto. Pasamos el resto de la tarde hablando. Finalmente nos despedimos de Sandra, y satin y yo salimos de la habitación para volver a la nuestra. No pasó mucho tiempo hasta que abandonamos el hotel.
Bueno, este fue el regalo de cumpleaños de satin y esto es lo que ocurrió. Después volvimos a casa de satin, donde la recompensé como sólo ella se merece (de hecho la “recompensé” tres veces :p). Como podéis ver, decir que satin es la mejor sumisa del mundo, se queda muy corto. Gracias mil por el regalo, perrita!!! :).
Hellcat Barcelona 26 de septiembre de 2006
19/01/2006
Relatos: Yo, Vampiro (y VII)7. Guerra. Oscuridad y silencio. Aparté la pesada tapa del sarcófago y me incorporé, un poco atontado. Algo raro estaba ocurriendo. Había ruido en mi cabeza. Demasiadas voces. Intenté concentrarme para poder distinguirlas… Gritos, desesperación, órdenes… y aquella retumbar constante en mi cabeza que me recordaba las noches de borrachera de mi juventud. De pronto me percaté de que el sonido provenía del exterior. Salí del sarcófago y apoyé una mano en la pared. El sonido venía de allí. Se originara donde se originara, las paredes lo transmitían y convertían en un ruido sordo, molesto. El sarcófago de Isabelle estaba vacío, como cada noche. Ella se levantaba siempre antes que yo. Moví la piedra que sellaba la estancia donde descansábamos y subí las escaleras del sótano. Mi amada creadora no se encontraba en el palacio, aunque podía sentir su presencia. Ahora podía oír algunos de los sonidos que antes tan sólo podía detectar mediante mis poderes vampíricos. Algo realmente fuera de lo normal ocurría en la ciudad. Pese a la sed que sentía, decidí salir a la calle para averiguarlo. Nada más cruzar el umbral, un grupo de soldados estuvo a punto de atropellarme. Se dirigían, con paso apresurado, hacia las murallas. -¿Qué ocurre, soldado? –pregunté al oficial que comandaba la tropa. -¡Abrid paso! –contestó él con malos modos, mientras seguía su camino. La situación debía ser realmente grave. Ahora más que nunca debía saber qué estaba ocurriendo, así que paré a la primera persona que encontré y le hice la misma pregunta que al soldado. El hombre, muy alterado, me miró como si estuviera viendo una aparición. Sin embargo, no me atreví a atribuir esta reacción a mi aspecto –como vampiro que era, mi piel presentaba un aspecto anormalmente pálido. Más bien parecía que los acontecimientos que se estaban desarrollando en Constantinopla eran de tal magnitud que parecía imposible que alguien desconociera qué estaba ocurriendo. -¿Dónde habéis estado durante todo el día? –preguntó, a su vez- ¿acaso no tenéis ojos y oídos? -Disculpad mi ignorancia. Mi trabajo me ha tenido ocupado todo el día en el sótano de mi casa y no he podido salir hasta ahora a la calle. -¡Los Turcos! -¿Turcos? -¡Ante las murallas!¡Nos atacan! -No es la primera vez. Y probablemente no será la última. Las murallas resistirán, como han hecho siempre. -Eso está por ver –y, antes de que pudiera preguntar la razón de sus dudas, salió corriendo. Resuelto a averiguar por qué esta vez podía ser diferente, dirigí mis pasos hacia las murallas de la ciudad. Según me iba acercando, aumentaba el número de soldados en las calles y aquel sonido infernal que, no me cabía ya la menor duda, provenía de las murallas. También me llamo la atención el hecho que, durante el trayecto, viera gente que portaba colchones, fardos con ropa y similares, que iban en mi misma dirección. Me ofrecí a ayudar a una joven que apenas sí podía transportar su carga y la seguí por las escaleras que conducían a los baluartes. Una vez arriba, pude asomarme y ver con mis propios ojos lo que ocurría. Los turcos habían reunido a un ejército gigantesco. Decenas de miles -quizá incluso más de cien mil- soldados dispuestos a conquistar y saquear la cuidad se encontraban acampados a sus pies. Sin embargo, lo que más horror me causó fue el descubrir la causa del ruido, ahora ensordecedor, que llevaba atormentándome desde que me había alzado de mi sarcófago. El ejército turco poseía varias bombardas, de diversos tamaños, cuyos proyectiles golpeaban una y otra vez la muralla exterior. Esa era la razón de que los ciudadanos de Constantinopla cedieran sus colchones y cualquier otra cosa que pudiera amortiguar los impactos de las balas sobre la piedra. Especialmente espeluznante era la visión de una gigantesca bombarda atendida por decenas de artilleros. Aunque su cadencia de fuego era muy baja y a cada disparo sus servidores tardaban un buen rato en ponerla de nuevo en servicio, el estruendo que producía era realmente aterrador, amén de los graves daños que ocasionaba en la muralla exterior de la cuidad. Aquel hombre tenía razón. Quizá, esta vez, las murallas no resistirían. Necesitaba ver a Isabelle. ¡Y Claudia! Hacía tan sólo un par de semanas que la había dejado en el Noviciado y nos habíamos visto todos los días desde entonces. Sin duda debía de estar asustada. Bajé precipitadamente de la muralla mientras me concentraba en la presencia de Isabelle. La llamé con la mente y noté su reconocimiento, pero no obtuve contestación. De todos modos no importaba, pues ya la había localizado y podía ir a su encuentro. Deseaba moverme a toda velocidad, pero las calles estaban muy concurridas, así que decidí desplazarme por los tejados. Durante el camino, al llegar a la azotea de una casa abandonada noté dos presencias frente a mí. Me detuve inmediatamente y puse todos mis sentidos en alerta. Los vi casi de inmediato. Se trataba de dos vampiros macho de aspecto juvenil. Ambos debían de estar en la veintena cuando les fue otorgado el Don. “¿Qué queréis?”, inquirí. “A ti”, respondió uno de ellos. Enseguida comprendí de qué iba todo aquello. “Os ha enviado Arlén para matarme”. El que había hablado sonrió y, sin decir nada más, se lanzó contra mí a gran velocidad. Yo hice lo mismo, abalanzándome contra él. Sin embargo, en el último instante, cuando parecía que ambos íbamos a chocar, le esquivé y, sin aminorar mi velocidad, me dirigí hacia el otro vampiro. Mudo de asombro ante mi inesperada reacción, apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que le rompiera el cuello de un fuerte golpe. Entonces me giré rápidamente y encaré al que quedaba. “Arlén os ha enviado a la muerte”, mascullé. Lejos de arredrarse ante lo que le había ocurrido a su compañero, se dirigió hacia mí para atacarme. Sin embargo not me costó mucho deshacerme de él. Lo dejé tumbado en el suelo de la azotea, con la columna vertebral rota y gimiendo de dolor. Entonces bajé a la calle y me hice con una antorcha. Cuando volví, ambos vampiros intentaban alejarse de la azotea, pero sus cuerpos maltrechos se lo impedían. “¿Dónde está Arlén?”, le pregunté a uno. “En vez de preguntar por nuestra Señora, deberías preocuparte por la ramera que te creó”, contestó. “¿Isabelle?”, pregunté, alarmado. “¿Qué le ha ocurrido? ¿Dónde está?”. Intenté contactar de nuevo con su mente. Pero me fue imposible. De igual forma que me había ocurrido antes, podía notar su presencia, pero era incapaz de hablar con ella. Sin duda, alguien estaba interfiriendo. “Si le ha ocurrido algo…” “¿Tú qué?”, se rió el vampiro. Era increíble la insolencia con la que se dirigía a mí, sobretodo teniendo en cuenta la situación en la que se encontraba. “Tú no eres nada. Nuestra Señora tiene un objetivo más importante que tú. Y esa furcia que te creó es el señuelo”. “¿Nafir?”, pregunté. “No deseo hablar más contigo. No eres digno de mí. Ni siquiera deberías existir. El Consejo debería haber votado tu destrucción” Harto de tanto desprecio, acerqué la antorcha a las ropas de aquel desgraciado y les prendí fuego. Al poco rato su cuerpo, aún en el suelo, estaba completamente envuelto en llamas. Me dirigí hacia el otro vampiro y comencé a acercarle la antorcha poco a poco. “Bien, ya has visto lo que le ha ocurrido a tu compañero. Espero que tú seas un poco más cooperativo o tendré que aplicarte el mismo tratamiento”. “¡No, espera!”. “No tengo tiempo de esperar”. “¿Si te digo lo que sé me perdonarás la vida?” “Sí”. “Está bien. Tenemos a tu creadora. Le tendimos una emboscada”. “¿Arlén estaba con vosotros?”. “Sí, estaba. Sin su ayuda nos habría sido difícil tenderle la emboscada. Es más poderosa de lo que pensábamos. Éramos bastantes, pero aún así mató a varios de los nuestros. Sé Donde está, te puedo conducir hasta ella”. “No es necesario. Ya tengo toda la información que buscaba”. Acerqué la antorcha de nuevo a su cuerpo. "¡Me prometiste que me perdonarías la vida!”, gritó él, aterrado, ante la presencia del fuego. “Mentí”. Al poco rato, el cuerpo del otro vampiro también estaba envuelto en llamas. Solté la antorcha y aceleré todo lo que pude en dirección a la presencia que señalaba la posición de Isabelle. Decidí comunicar a Taiel lo que había ocurrido: mi encuentro con los dos vampiros y el secuestro de Isabelle, cuyo objetivo era atraer a Nafir. La venganza de Arlén se había puesto en marcha. La guerra había comenzado. “Voy a buscar a Isabelle”, le dije a Taiel tras explicarle los hechos. “No, espera. No debes ir solo. Sería demasiado peligroso. Convocaré a varios de los nuestros y te acompañaremos”. “No puedo esperar, Taiel. Debo encontrarla y hacer lo que pueda para ayudarla”. “Lo sé”. “Reúne a cuantos puedas y acude tan pronto como sea posible al lugar que te transmitiré. ¿Has visto a Claudia?”. “No te preocupes, está bien. Los turcos tardarán en poder entrar en la ciudad y ella estará segura aquí. Buena suerte, Esaú”. “Gracias. Creo que voy a necesitarla”. Mis sentidos me indicaban que Isabelle se encontraba en uno de los almacenes del puerto. Me dirigí hacia la zona, pero me detuve antes de divisar el edificio para sondear con mi mente los alrededores. No detecté a ningún vampiro en las inmediaciones. Sin embargo, había varios dentro del almacén. Al parecer, Arlén no era tan lista como creía. Ella sabía perfectamente que, si me libraba de los dos vampiros que había enviado en mi busca, iría directamente a enfrentarme con ella. O quizá fuera que se sentía tan segura de su victoria que no había considerado necesario el situar vigilancia fuera del edificio. En todo caso, tenía el camino libre para entrar. Me desplacé hasta el tejado del almacén y sondeé el interior. Noté la presencia de cinco vampiros. Uno de ellos era Isabelle. También estaba Arlén. No conocía a los otros tres. Seguramente ellos también habían notado mi presencia. Debía actuar rápidamente. Había una trampilla que permitía acceder al tejado desde el interior del edificio. Sin embargo, pensé que sería mejor entrar por un lugar menos evidente. Reuní todas mis fuerzas y, con un fuerte golpe de mis pies sobre las tejas, atravesé éstas y la cobertura de madera que las soportaba, cayendo sobre el piso del almacén. Pese a la oscuridad que reinaba en el interior y al polvo y los restos de materiales de construcción que arrastré en mi caída, no necesité que mi vista se adaptara. Arlén estaba frente a mí. Noté que sus tres seguidores estaban a mi espalda. Pero lo que consiguió turbarme fue la visión de Isabelle. La habían desnudado y atado por las muñecas y los tobillos, mediante cadenas, a un bastidor metálico con forma de letra “pi”. De este modo su cuerpo había sido forzado a adoptar una forma de X que lo hacía totalmente accesible. Marcas rojas, que sólo podían haber sido hechas con un látigo o algún objeto similar, cruzaban su cuerpo. Sus pechos, su cintura, sus piernas… todo su cuerpo había sido cruelmente azotado. Como prueba irrefutable, de un gancho situado a un costado de la estructura metálica, colgaba un látigo enrollado. No podía alcanzar a imaginar qué clase de poder tenía Arlén para haber podido obligar a Isabelle a permanecer en esa postura mientras era azotada. Si Arlén era tan poderosa, ¿qué podía hacer yo solo contra ella?. Intenté apartar estos pensamientos de mi mente para evitar que fueran captados por Arlén y los suyos. “Esaú…”. Aunque la voz de Isabelle sonaba firme, estaba claro que debía de haber sufrido mucho. Aunque yo podía encargarme de los otros tres vampiros, no podía estar seguro de si Isabelle estaría en condiciones de combatir contra Arlene. Quizá lo más prudente sería esperar a la llegada de Taiel. “Finalmente has venido”, dijo Arlén. “He venido a matarte”, respondí. Arlén rió. “Esaú, debes irte”. Las palabras de Isabelle me habían sorprendido. “No voy a dejarte aquí. No puedo dejarte”. “Por favor, Esaú. Si me amas, vete”. “Una escena realmente conmovedora”, dijo Arlén en tono burlón. “La zorra de tu creadora y yo hemos estado charlando un rato”, continuó. “Las marcas que ves en su cuerpo tan sólo han sido una pequeña parte de una conversación realmente interesante en la que hemos recordado los viejos tiempos”. “¿Cómo has podido mantenerla encadenada?”, pregunté con rabia. “¿Qué poder infernal has usado?”. “Tengo muchas habilidades. Pero no son más infernales que las tuyas. Tan solo diferentes”. Arlén avanzó hasta donde se encontraba Isabelle y rodeó su cintura con un brazo. “Pero no estamos aquí para hablar de mis poderes. Estamos esperando a alguien. Un invitado realmente especial. Por cierto, he enviado a varios vampiros para que entretengan a Taiel y sus aliados. De esta forma me aseguraré de que no seamos molestados”. La cosa iba realmente mal. La ayuda que estaba esperando no iba a llegar. Probablemente a estas horas ya estarían luchando para sobrevivir. Pensé en contactar con Taiel para conocer lo que estaba ocurriendo, pero decidí no hacerlo. Si Arlén captaba la comunicación, podía tomarlo como un signo de temor por mi parte. “¡No me toques, perra!”, exclamó Isabelle. “Este es un asunto entre tú y yo. Él no tiene nada que ver. “Oh, no, querida. Te equivocas… Tu discípulo tiene mucho que ver en todo esto”. Arlén abofeteó a Isabelle. “Y no vuelvas a insultarme”, añadió, “o probarás de nuevo el látigo”. “No sé qué pretendes con todo esto, Arlén, pero no conseguirás tu propósito”. “Eso ya lo veremos. De momento voy a darte algo en lo que pensar… ¿alguna vez le has preguntado a nuestra amiga por qué te salvó? Hace ya mucho tiempo que te sugerí la cuestión, pero por lo que veo, no le has dedicado el tiempo que requería”. Sus palabras despertaron en mí un recuerdo. Pregúntale por qué te salvó. Esas fueron las palabras que oí en mi cabeza hace ya mucho tiempo tras la reunión del Consejo que aceptó mi existencia como vampiro después de que Isabelle asumiera toda la responsabilidad por mis actos. Seguramente Arlén pensaba que si cometíamos algún error ella podría llevar el caso de nuevo ante el consejo, desacreditar a Isabelle y conseguir que aceptaran mi destrucción. “Fuiste tú…”. “Ciertamente. ¿Y bien? Ahora que estamos los tres reunidos creo que es un buen momento para resolver la cuestión, ¿no te parece?”. “No la escuches, Esaú. Sólo quiere enfrentarnos”, dijo Isabelle. “No voy a seguirte el juego, Arlén. Ya le hice esa pregunta al poco tiempo de otorgarme el Don”. Ella rió. “Esaú, cuando digo que le preguntes por qué te salvó, me refiero a que le preguntes por qué te salvo… realmente”. Giré la cabeza para mirar a Isabelle y de nuevo a Arlene. “No comprendo…”. “Lo sé. Nunca lo has comprendido. Pero ya va siendo hora de arrojar un poco de luz sobre este asunto, no crees?”. “¡No, maldita puta! ¡No la escuches, Esaú! ¡Sólo te dirá mentiras para vengarse! Es lo único que pretende!” “¡Te dije que no volvieras a insultarme!”, Arlén parecía furiosa. En un rápido movimiento cogió el látigo, lo desenrolló y se dispuso a azotar a Isabelle. Tan rápida fue su reacción que me habría sido imposible hacer nada por evitar el primer golpe. Sin embargo, antes de que el látigo tocara la pálida piel de mi creadora, un ser hizo aparición, como surgido de la nada, e interpuso su brazo en el camino del látigo, haciendo que éste se enrollara alrededor de su antebrazo. A continuación, de un fuerte tirón, arrebató el látigo a Arlén. Tuve que alzar la vista para poder mirar a la cara de aquel hombre que, sin duda, era un vampiro. Sin embargo, una capucha le cubría la cabeza y parte del rostro, de modo que sus facciones permanecían ocultas. La capa de la que formaba parte la capucha disimulaba sus formas, aunque podía adivinarse la corpulencia de su cuerpo. Su mente permanecía totalmente cerrada. Por eso no habíamos podido detectar su presencia. “Nafir…”, murmuró Isabelle. El corazón me dio un vuelco. ¡Era Nafir, el creador de Isabelle! Por fin iba a conocerlo. Tenía tantas preguntas que hacerle… “Yo no te enseñe a comportarte así, Arlén”, su voz era grave, poderosa. Por primera vez desde que la había conocido, parecía como si Arlén hubiera perdido su arrogancia. “¿De qué te sorprendes? Me estabas esperando, ¿no es cierto? Pues bien, ya estoy aquí”. En aquel instante, los tres vampiros que acompañaban a Arlén se abalanzaron sobre él, quizá creyendo que su líder estaba en peligro al contemplar su actitud ante la aparición de aquel extraño vampiro. Pero antes de que ninguno de ellos lograse siquiera rozar su capa, cayeron al suelo envueltos en llamas entre terribles gritos de agonía sin que aparentemente nada ni nadie los hubiera tocado. Las dos mujeres y yo asistimos al macabro espectáculo paralizados por la impresión. “Ya veo”, habló Nafir dirigiéndose a Arlén, “que no has sabido enseñarles modales a tus seguidores”. “No eres tú el más capacitado para hablar de modales después de lo que me hiciste”. “Yo no te hice nada”. Nafir avanzó hacia Isabelle y comenzó a romper las cadenas una a una. Arlén no lo impidió. “¡Me abandonaste!”. “Nunca te prometí nada”. Isabelle, ya libre, se abrazó a Nafir. Al verlo sentí una punzada de dolor en el pecho. Pero me dije a mí mismo que era una reacción normal. Al fin y al cabo Nafir la había creado y hacía muchísimos años que no le veía. “Y en cuanto a ti, pequeña”, dijo acariciando el cabello de Isabelle y dulcificando la voz “pensé que si me alejaba acabarían las disputas y tú estarías a salvo. Pero veo que me equivoqué y que el odio de Arlén no sólo no se ha extinguido sino que ha cobrado fuerza con los años”. Entonces Nafir se quitó la capa y cubrió con ella el cuerpo desnudo de Isabelle. Fue este simple gesto de caballerosidad el que hizo que mi mundo se desmoronara. Al mirar a Nafir a la cara obtuve la respuesta a la cuestión que Arlén me había formulado hacía tanto tiempo y que me había vuelto a plantear hacía tan solo unos momentos. ¡Su parecido conmigo era realmente asombroso! De hecho podríamos haber pasado por hermanos. Así, ¿eso era lo que realmente había entre Isabelle y yo? ¿Me otorgó el Don simplemente porque me parecía físicamente a su amado? Me sentí desfallecer. Un sustituto. Tan sólo fui eso... un miserable sustituto de alguien que la había abandonado. Tanto Arlén como Isabelle se dieron cuenta enseguida, por la expresión de mi rostro, de los pensamientos que cruzaban mi mente. La cara horrorizada de Isabelle mostraba que sufría por mí, por el daño que me estaba causando al no haberme contado la verdad. Pero no me importaba. La rabia de la traición había vuelto mi corazón de piedra. Por su parte, Arlén sonrió, triunfante. Su venganza, si no completa, se había cumplido en gran medida, pues había conseguido dañarnos en lo más profundo tanto a Isabelle como a mí. Comprendí que mi presencia estaba de más. En aquel edificio no había nadie que mereciera mi compañía y mi lealtad. Ya no. Sin pronunciar palabra, proyecté mi cuerpo hacia el agujero que había hecho en el techo al entrar y comencé a alejarme de allí. “¡Esaú, vuelve! Te lo ruego…Te explicaré…”, era la llamada de Isabelle. Mientras aumentaba la distancia que nos separaba, su voz aún me perseguía, llamándome. “Esaú… por favor...”. No respondí. EPILOGO Me dirigí rápidamente hacia el Noviciado. Debía abandonar la ciudad, pero no sin mi Claudia. Ahora ella era lo único que tenía. Juntos empezaríamos de nuevo en otro lugar alejado de aquellas tierras. Según me acercaba al Noviciado, presentí lucha. No provenía de la dirección de las murallas sino del propio edificio. Había vampiros luchando. Saltando desde el edificio contiguo llegué hasta la ventana de la habitación de Claudia. Para mi alivio la encontré allí, acurrucada en un rincón y asustada, junto a Kirios y Annel. -¡Amo!-gritó saltando sobre mí para abrazarme. -Prepárate, pequeña. Nos vamos de aquí. -Perdone, Señor –intervino Kirios- ¿Sabe donde está nuestra Ama? Estamos preocupados por ella. -Ella está bien. -¿Cómo es que no ha venido ella con Usted para buscarnos? Mi primer impulso fue el de responder de forma brusca, pero conseguí contenerme a tiempo. Al fin y al cabo ellos no tenían culpa ninguna de lo que había pasado. -Eso deberéis preguntárselo a ella cuando venga. -¿Cuándo nos vamos, Amo? –preguntó Claudia. -Cuanto antes mejor. Recoge tus cosas y espérame aquí. Yo voy a bajar. -Tenga cuidado, Amo. -No te preocupes. En las escaleras me encontré con dos vampiros. Les conocía. Eran amigos de Taiel. “¿Dónde está Taiel?”. “Aún está combatiendo. La victoria ya es nuestra pero un par de los enviados de Arlén aún se niegan a rendirse”, contestó uno de ellos. “Nosotros hemos subido para asegurarnos de que los humanos estén bien”, intervino el otro. Nos saludamos y siguieron su camino. Noté que el edificio presentaba varios daños a causa de los combates. Puertas arrancadas, impactos en las paredes, muebles destruidos… No me costó dar con Taiel. Cuando lo encontré, la batalla ya había terminado. De los dos vampiros quedaban, uno había sido destruido y el otro, al verse sólo, se había visto obligado a rendirse. “¡Esaú!”, dijo Taiel nada más verme. “Supe que venías hacia aquí. Menos mal que estás bien. ¿E Isabelle?”. “Ella también está bien. Veo que os han dado trabajo”. “Sí, no ha sido fácil vencerlos. Había algunos realmente poderosos. Por desgracia, la historia se ha repetido”. “Debéis abandonarla ciudad antes de que los turcos la tomen. Las murallas no resistirán mucho el fuego de las bombardas”. “Estamos esperando que los humanos sena recogidos por sus Amos, aunque me temo que, después de los combates, algunos ya no tienen Dueño”. Hizo una pausa que pretendía remarcar la gravedad de los hechos. “¿Tú te vas ya?”. “Sí. Recogeré a Claudia y me iré”. “Entiendo”. “Tú lo sabías todo”. Taiel bajo la cabeza, visiblemente apesadumbrado. “Desconocía la historia completa, pero había visto a Nafir cara a cara y podía imaginarme el resto”. “No te culpo por no habérmelo dicho. No era asunto tuyo”. “Gracias por entenderlo”. Me despedí de Taiel y volví al piso de arriba, donde Claudia me esperaba en el pasillo ya preparada para acompañarme fuera de la ciudad. -¿Vamos? -Sí, Amo. La tomé por la cintura y abandonamos el edificio por la azotea para evitar ser vistos. Saltando de tejado en tejado nos dirigimos hacia el Bósforo. No sabía si podría cruzarlo, pues nunca había intentado saltar tanta distancia. Sin embargo, mediante un gran salto, conseguí llegar a la otra orilla. Tras alcanzar el barrio genovés de Gálata, salté la muralla y salimos de la ciudad. FIN... o no... Hellcat Barcelona 19 de enero de 2006 NOTA DE HELLCAT: En la época en que se ambienta este capítulo –año 1453-, Constantinopla era tan solo una sombra de la magnífica ciudad que había sido siglos antes. Muchos de sus barrios estaban deshabitados y los magníficos recursos artísticos y económicos que tenía la cuidad habían desaparecido durante el saqueo de la Cuarta Cruzada, en 1204. Me he tomado ciertas licencias históricas a la hora de realizar este y otros capítulos por falta de tiempo, para no extenderme en demasía y para hacerlo más ameno. Por todo ello, me disculpo ante mí mismo y ante los lectores.
21/01/2005
Relatos: Yo, Vampiro (VI)6. Claudia.
Una noche, mientras jugábamos en el Noviciado con Kirios y Annel, decidí que ya iba siendo hora de poseer un mortal para mi propio uso y disfrute. Lo consulté con Isabelle y ella me dijo que quizá ese no era el momento adecuado. Yo repliqué que necesitaba sentir que la mortal con la que jugaba era de mi propiedad. “Annel accede a mis deseos sólo porque tú se lo ordenas. No es realmente mía. Necesito saber que la mortal con la que juego es de mi propiedad. Que me sirve únicamente a mí. Necesito su entrega absoluta e incondicional", le expliqué. Isabelle sonrió. “¿Y eso es compatible con tu amor por los mortales, Esaú? “Admito que tras todos estos años he cambiado. Pero recuerda que yo nunca negué que disfrutara sometiéndolos. Tan solo…”. “Tan solo decías que no debíamos obligar a los mortales a plegarse a nuestros deseos… pero lo haces. Decias que les forzábamos a servirnos en contra de nuestra voluntad. Decias que…”. “Lo sé, lo sé. Pero ambos sabíamos que yo iba a disfrutar dominando a una mortal y saciando mi Sed con ella. Cuando me decías que era uno de vosotros, un vampiro, y que sabías que iba a disfrutar con todo ello, en mi fuero interno yo sabía que decías la verdad, aunque me resistiera a reconocerlo. Pero no por eso he dejado de amar a los mortales”. “Ya te dije una vez que hicieras lo que quisieras al respecto, mientras no negaras tu verdadera naturaleza. Me parece bien que quieras tener una esclava propia… siempre y cuando eso no afecte a los preparativos para la guerra”. Le aseguré que no sería así y le pregunté si le molestaba que hubiera jugado con Annel durante tanto tiempo. Ella me contestó, riéndose, que, si le hubiera molestado, no me lo habría permitido. Sin embargo estuvo de acuerdo conmigo en que ya iba siendo hora de que tuviera mis propios esclavos, puesto que atender a dos vampiros al mismo tiempo, era una tarea agotadora incluso para dos mortales, puesto que, incluso en el caso de los esclavos del Noviciado, que recibían algunas gotas de la sangre de sus Amos para prolongar su vida y realzar su belleza natural, un vampiro seguía teniendo una resistencia y un apetito sexual mucho mayor. Isabelle me hizo ver que sería mejor que ella no estuviera en la casa cuando yo llegara con mi nueva esclava. Al menos hasta que le confesara mi verdadera naturaleza. Al principio me negué, puesto que estar lejos de mi creadora y amante era algo para lo que aún no me sentía preparado. Sin embargo, tuve que rendirme a la evidencia y aceptar lo que ella me decía. Así fue como comencé mi búsqueda. Tenía claro que debía ser una hembra, pero, ¿dónde debía buscar?. ¿Debía esperar a que una mortal me descubriese y me implorase que la hiciera mía? No podía esperar tanto. Yo mismo la buscaría. La elegiría y le revelaría mi condición. Si aceptaba, bien y, si no… bueno, entonces la usaría para saciar mi Sed y continuaría con la búsqueda. Sonreí ante aquel pensamiento. “Esaú, cuánto has cambiado”, pensé. Tan solo unos años antes, el hecho de utilizar a un mortal de esa forma me habría repugnado. Pero ahora mi naturaleza vampírica se mostraba como tal y en toda su plenitud. Tomaba lo que quería cuando quería. ¿Por qué? Pues, simplemente, porque podía hacerlo. Una lógica aplastante… Pero aún debía responderme la primera pregunta: ¿dónde debía buscar? Era importante determinar un perfil, pues así reduciría el abanico de búsqueda y tendría más posibilidades de éxito. Sería una muchacha de clase alta, joven, refinada, educada en las más exquisitas artes, que no hubiera conocido hombre, pura e inocente. Y yo la seduciría, me deleitaría corrompiendo su virtud, le mostraría el camino de la perversión, la atormentaría y la haría enloquecer de placer. Despertaría en ella los más bajos instintos y la convertiría en mi esclava. Mientras pensaba en ello, sentía mi lujuria creciendo en mí. Oh, sí… sin duda era una buena idea tener mi propia esclava. Habiendo pasado tantos años en Constantinopla, conocía muy bien las familias más acaudaladas e importantes de la cuidad. Los nobles y los comerciantes más ricos de la ciudad competían entre sí para organizar las más suntuosas y delirantes fiestas. Como ya he dicho, Isabelle y yo acudíamos a muchas de ellas buscando diversión. Y algunos de aquellos acaudalados anfitriones tenían hijas que podían servir a mis propósitos. Bastaba con que, mientras gozaba de la compañía de la gente y de los espectáculos preparados, estudiase a tan distinguidas jóvenes. Ahora bien, ante esta situación, se me presentaba un problema nada desdeñable. ¿Acaso, cuando la familia de la muchacha supiera de su desaparición no pondrían toda su fortuna e influencia para dar con ella allí donde se encontrase?. Decidí consultar este aspecto con Isabelle. “No debes preocuparte por ello”, me respondió. “El Noviciado está fuera de cualquier sospecha. A nadie se le ocurrirá buscar allí. Y, ni mucho menos, pensará en la existencia de vampiros. Muy probablemente, la familia creerá que ha sido secuestrada para pedir rescate o para ser vendida en algún mercado de esclavas”. Tranquilizado por sus explicaciones, decidí poner en marcha mi plan. Comencé a realizar descartes, hasta el punto de llegar a creer que no conocería a la persona adecuada. Incluso Isabelle llegó a decirme que quizá me estaba extralimitando en la búsqueda. ¿Estaría buscando un imposible?. Pero ella existía. Se llamaba Claudia, y era una criatura realmente exquisita. Y no sólo por su deslumbrante belleza, sino también por sus refinadas formas y la inocencia que destilaba todo su ser. Era la joven hija de un rico hombre de negocios que había hecho fortuna comerciando con especias. Desde el principio de la fiesta se vio rodeada de jóvenes que la pretendían y la agasajaban, siempre bajo la atenta mirada de una dama de compañía cuya misión era velar por la virtud de la joven. Vigilancia que, por otra parte, no era en absoluto necesaria, pues nunca vi que Claudia dedicara a sus galanes nada más que una tímida sonrisa o una mirada vacía de segundas intenciones. Sin duda, era perfecta para mí. El momento de la aproximación era crítico, así que lo preparé con sumo celo. Me dediqué a observarla durante un buen rato desde una distancia prudencial, intentando descubrir cualquier fallo en ella. Una vez satisfecho con su comportamiento, me acerqué a ella. Mientras avanzaba con paso firme y decidido, asegurándome de que ella me viera, toqué ligeramente las mentes de aquellos jovenzuelos inexpertos que la asediaban para evitar que me estorbaran. Al llegar al grupo, me dejaron pasar. No pude evitar sonreír al pensar en lo que sentían en esos momentos: una misteriosa fuerza dentro de su cerebro les obligaba a apartarse y franquear el camino a aquel extraño… aunque ellos no querían hacerlo. De hecho, ¿por qué lo hacían? Y sin embargo, no podían hacer otra cosa más que obedecer a esa fuerza. Sin duda Claudia pensó que mi sonrisa iba dirigida a ella, pues me la devolvió. Como correspondía a un caballero educado, me incliné y me presenté como un joven noble del norte de España en busca de conocimientos y aventuras antes de volver para hacerme cargo del título y las tierras de mi padre. Elogié la fiesta y le di las gracias por haber sido invitado. Ella correspondió amablemente a mi saludo y me invitó a tomar asiento. La dama de compañía carraspeó, sin duda en señal de desaprobación, pero ninguno de los dos le hizo caso. Probablemente, a esas alturas, Claudia ya estaba más que harta de tener que soportar a aquella mujer que se había convertido en su sombra. Estuvimos hablando durante varias horas. La puse a prueba en varios campos, pudiendo comprobar que era una joven cultivada. Sin duda su padre se había esmerado en procurarle los mejores tutores y maestros con la esperanza de poder casar a su hija con algún noble. De hecho no era nada extraño que familias nobles y de comerciantes casaran a sus hijos, sobre todo cuando la situación económica de las primeras era deficiente. Así, la familia noble aliviaba su precaria economía, y la familia de comerciantes entraba a formar parte de la nobleza, de forma que todos salían ganando… exceptuando, quizá, a los contrayentes, pues muchas veces esta clase de arreglos matrimoniales se llevaban a cabo en contra de su voluntad y, únicamente, por el bien de las familias. Al final de la fiesta conseguí arrancarle, con el consentimiento de su dama de compañía, la promesa de que preguntaría a su padre si me permitiría verla por segunda vez. Prefería hacerlo de esta forma, pues en ese momento me interesaba llevar las cosas de la forma más discreta posible. Por otro lado, estaba seguro de que mi persona ya había calado en ella lo suficiente como para tener toda su atención. Mi plan se desarrollaba tal y como lo había previsto. Sin embargo, un hecho vino a enturbiar su buena marcha. Al cabo de un par de días recibí una misiva de Claudia. En ella me comunicaba que, puesto que yo tan sólo podía verla por la noche, su padre se había negado en redondo a su petición. ¿Qué clase de señorita se veía de noche con un hombre? En esa situación, ni siquiera la presencia de una dama de compañía era garantía de virtud. La gente comenzaría a murmurar cosas desagradables. Los cotilleos crecerían hasta desbordar cualquier verdad. Y los negocios acabarían resintiéndose, pues ningún comerciante querría tener tratos con una familia de descarriados que permitían que su hija perdiera su buen nombre de aquella forma. Al final de la carta, Claudia me rogaba que ideara algo para que su padre cediera y pudiéramos vernos. Y, puesto que los negocios y el buen nombre de su familia me importaban muy poco y lo único que yo deseaba era conseguir mi presa, decidí acceder a la petición de Claudia y poner algo de mi parte para convencer a su padre. Cuando quiero ejercer un cierto control mental sobre alguien es necesario que esté ante esa persona o, en caso de no poder acercarme, conocerla personalmente y saber su ubicación aproximada para poder centrar mi mente en la de ella. Dado el nivel que habían alcanzado mis poderes, mi mente podía comunicarse con la del padre de Claudia incluso sin necesidad de moverme de casa. Así, envié una sonda mental inmediatamente en la dirección en la que se encontraba la residencia de Claudia para hallar a su padre. Una vez hecho esto, modificar sutilmente su estructura mental para que accediera a los deseos de su hija fue fácil. La noche siguiente, cuando desperté, Isabelle me entregó, sonriente, una nueva nota enviada por Claudia llena de agradecimientos en la que me citaba para vernos al día siguiente. Durante la segunda cita, caminamos por las calles de la ciudad, siempre bajo la atenta mirada de aquella mujer que estaba empezando a odiar. Nunca decía nada. Tan solo nos seguía a unos pocos pasos de distancia y nos observaba. Sentía clavada en mi espalda la mirada de aquella mujer horrible. Opté por darle a Claudia datos falsos sobre mi pasado en España, puesto que cuando desapareciera del mundo de los mortales, su padre muy probablemente emprendería su búsqueda. Y, claro está, yo no deseaba que mi familia tuviera que responder por un caso de secuestro por parte de un familiar que se suponía que había desaparecido durante la Primera Cruzada. Durante las citas que siguieron, constaté que la atracción que ejercía sobre Claudia había ido creciendo poco a poco. Era evidente que estaba enamorándose de mí, de modo que creí llegado el momento de hacerle partícipe de mi secreto. Durante la última cita que mantuvimos de esta forma, le pregunté si le gustaría que estuviéramos juntos para siempre y si estaría dispuesta a servirme. Naturalmente, ella creyó que hablaba de noviazgo y matrimonio. Y no dudó al contestar que sí. Naturalmente, yo era consciente de que la estaba engañando, pero en aquel momento me resultaba divertido observar su candidez e inocencia al creer que, a partir de ese día, su vida iba a ser como la de cualquier mujer casada. Decidí llevarla a casa de Isabelle. Claudia desaparecería esa noche sin dejar rastro. Nunca volvería a ver a su familia. Sería mi esclava para siempre. -¿Quieres venir a mi casa esta noche? Claudia no respondió en seguida. Se veía claramente que ella quería ir, pero su educación conservadora le indicaba lo contrario. Finalmente, respondió. -¿Y ella? –dijo, señalando disimuladamente a nuestra incómoda acompañante. -Yo hablaré con ella. -No conseguirás nada. -No te preocupes. Quédate aquí. Me dirigí hacia la mujer, que se quedó extrañada al verme avanzar hacia ella. Me concentré y toqué su mente con la mía. -Volverás a casa y dirás que, después de dejarme a mí, mientras acompañabas a Claudia a casa, dos hombres os atacaron y se la llevaron. -Sí, señor. -No sabes quienes eran ni recuerdas cómo iban vestidos debido a que todo ocurrió muy rápido. -Sí, señor. -Ahora vete. La mujer dio media vuelta y comenzó a alejarse de nosotros. Cuando volví con Claudia, está tenía los ojos como platos. -¿Cómo lo has conseguido? ¿Qué le has dicho? -Bueno, digamos que puedo ser muy persuasivo cuando quiero. ¿Vamos? –le ofrecí mi brazo y ella lo aceptó con una sonrisa. Paré un carruaje y la ayudé a subir. Una vez acomodados en el interior uno al lado del otro, le di al cochero la dirección de la casa de Isabelle. Con un chasquido del látigo, los caballos comenzaron a caminar a buen paso. Hicimos el camino en silencio. Sus manos estaban entrelazadas con las mías. De vez en cuando la sorprendía mirándome. No me cabía ninguna duda de que Claudia haría todo aquello que le pidiese. Y tras haber bebido algunas gotas de mi sangre, quedaría ligada a mí para siempre. -Tienes las manos frías. -Sí, me ocurre siempre. –dije- ¿Quieres que las retire? -No, no –respondió ella rápidamente-, me gusta que me tengas así. Llegamos a la casa en silencio. Tras comprobar que Isabelle no estaba allí, acompañé a mi joven y bella invitada al salón y, con un gesto de la mano, la invité a que se sentara. Ella en ningún momento apartó su mirada de mí. Sin duda Claudia se sentía muy impresionada por mi persona. Impresión que yo me había encargado de acentuar gracias a mis poderes sobrenaturales. Todo estaba ya preparado para los hechos que iban a acontecer esa misma noche. -¿Quieres una copa de vino? Ella asintió. Yo le sonreí y fui hacia una mesa sobre la que descansaban varias botellas de cristal de exquisita manufactura, que contenían diversos licores, así como media docena de copas a juego. Llené una de ellas con un exquisito vino importado y, cuidándome de la mirada de Claudia, me clavé la uña en la muñeca y dejé caer dentro de la copa unas gotas de mi sangre. Volví hasta donde estaba sentada ella y le tendí la bebida. Ella la tomó con sus finas manos y se la llevó a los labios. Antes de que estos tocaran el borde de la copa, pareció dudar. -¿Tú no bebes? -No tengo esa costumbre. El alcohol nubla los sentidos. Y yo necesito que los míos estén siempre despiertos y alerta. -Eres tan diferente de los otros hombres... tan extraño… Sonreí y ella me imitó. -Pero me gusta cómo eres. Y diciendo esto, se llevó la copa a los labios y bebió. Estaba hecho y ya no había nada ni nadie, humano o divino, que pudiera remediarlo. Claudia era mía, y lo sería para siempre. Me regocijé con este pensamiento mientras Claudia apuraba la copa. Al terminarla, la sostuvo en sus manos mientras me dedicaba otra de sus maravillosas sonrisas. Pero, de repente, su semblante se puso serio y soltó la copa que, cayendo al suelo, se rompió. -Lo siento –dijo ella con un hilo de voz. Y, entonces, pude verlo. Seguía siendo ella, mi Claudia, toda pureza e inocencia. Pero, al mismo tiempo, algo había cambiado. Sus ojos brillaban con una nueva fuerza, con renovada intensidad. Mi sangre había obrado el milagro. -No te preocupes. Ven conmigo. La cogí de la mano y la llevé al piso de arriba. Entramos en una de las múltiples alcobas de la casa y, cerrando la puerta, me situé frente a ella. En sus ojos vi que ella sabía lo que iba a suceder y que lo esperaba con ansia. Me alejé de ella un par de pasos. Ella me dedicó una tímida sonrisa y sus manos se dirigieron hacia su vestido y comenzó a desnudarse. Hirviendo de lujuria, luché contra el deseo de abalanzarme sobre ella, arrancarle el vestido y poseerla en aquel preciso instante. Pero sin duda, el espectáculo que me ofrecía Claudia desnudándose ante mí lentamente, dejando que pudiera contemplar todo el proceso, mientras se disponía a entregarse a mí, me ayudó a contener mis instintos. Finalmente, el vestido resbaló, cayendo al suelo y revelando su cuerpo. Aquel tesoro que muchos mortales habían pretendido, pero que sólo un inmortal había sido destinado a poseer. Me acerqué a ella y la besé. Noté con satisfacción que ella me recibía también con un deseo y una pasión que en otras circunstancias me habrían sorprendido, pero no después de que hubiera probado mi sangre. El deseo y la lujuria formaban parte de mí. Y ahora, ese deseo y esa lujuria, sintetizadas en las gotas de sangre que Claudia había bebido, estaban dentro de ella. Separé delicadamente mis labios de los de ella y, cogiéndola en brazos, la llevé hasta la cama, donde la deposité suavemente. Y allí fue donde la hice mía. Por fin mía. Aún ahora, siglos después de que ocurrieran aquellos hechos, siento dentro de mí la pasión que me consumía en esos momentos. El tacto de su piel. La forma de sus pequeños y redondos senos. Sus gemidos. Tanto tiempo después, y tan presente en la memoria aquella primera vez… Claudia se quedó en la casa durante un tiempo. En un par de días, con la ayuda de mi sangre, se habituó a la vida nocturna. Yo salía a cazar de la forma habitual, escudándome en que tenía que resolver ciertos asuntos. Ella nunca manifestó la menor queja. Hacíamos el amor a menudo, explorando nuestros cuerpos y buscando nuevas formas de placer que satisficieran al otro. Pasados unos días, decidí que debía saber la verdad sobre mí. Llegaba otro momento crítico. Debo admitir que, mientras se lo explicaba todo, me sentía inquieto ante la posibilidad de que saliera mal. Pero tras escucharme, Claudia se limitó a sonreír. -Lo sé. -¿Lo sabes? ¿Qué sabes? –pregunté estupefacto. -Bueno, no lo sabía exactamente. Pero intuía que algo así sucedía. Cuando me diste a beber la copa de vino… creo que fue en ese momento cuando se me reveló la verdad. Aunque no sabía concretamente de qué se trataba. Pero durante todo este tiempo que he pasado en tu casa, siempre he sabido que eres algo más que un simple hombre. “Me alegro de que haya sido así”. Ahora era Claudia la asombrada. -Te oigo en mi cabeza… pero no has movido los labios. “Es otro de mis poderes”. -¿Lo tendré yo algún día? ¿Podré tener tus poderes? –preguntó, con ansiedad. “Quizá algún día te haga como yo. Pero deberás tener paciencia”. -A tu lado puedo tener toda la paciencia del mundo. Exhalé un prolongado suspiro. -¿Qué ocurre? “¿Me amas?” -¿Por qué me preguntas eso? De sobra sabes que sí. “¿Deseas servirme?” -¿Qué quieres decir? “Escucha Claudia, si algún día deseas convertirte en vampiro, primero debes entregarte a mí en cuerpo y alma”. -¿Acaso no lo he hecho ya? Cuando yacemos juntos cada noche, ¿acaso no sientes mi entrega? “No se trata de eso. Hay algo que, si bien está relacionado con la entrega, va aún más allá. Estoy hablando de humildad, sumisión, placer y sufrimiento. Debes experimentar todo esto si quieres ser un vampiro”. -Sí... es decir... sí, creo que lo entiendo –dijo ella con voz débil.- Estos días que he pasado contigo... yo... -su voz se hizo más firme- Si es tu deso, lo haré. Por ti. “Hay algo más. No podrás estar a mi lado como hasta ahora, aunque el lugar donde serás adiestrada se encuentra en esta misma ciudad”. Le conté todo lo que sabía sobre el noviciado. Ella me escuchó sin proferir una palabra. ”Iré a visitarte con frecuencia. Quizá incluso cada día, para educarte y valorar tus avances”. -¿Tú también fuiste a ese lugar? –preguntó. No detecté en su voz animadversión alguna, sino una profunda curiosidad, lo que me calmó un poco. Sin embargo, permanecí en silencio durante unos instantes, no sabiendo qué decir. ¿Tenía derecho a pedirle a Claudia que hiciera por mí lo que yo no había hecho por Isabelle? Cierto que las circunstancias habían sido completamente diferentes, pero aún así las dudas me asaltaban. Tampoco podía dejar de pensar, como me ocurriera antaño, si era correcto aprovechar mi manifiesta superioridad física y mental para aprovecharme de un mortal, si bien Claudia, tras beber mi sangre ya era más que un mortal. Decidí contarle la historia de mi creación y le hable de Isabelle. Le conté todo. Lejos de sentirse celosa, Claudia pareció entenderme, lo cual me acabó de convencer de que estaba sobradamente preparada para acudir al Noviciado. Finalmente tomó su decisión. -Lo haré. Iré donde dices. Me entregaré en cuerpo y alma al adiestramiento. Y seré la mejor, porque te amo y quiero servirte como mereces. “Tus palabras me hacen inmensamente feliz.” dije, abrazándola “Mañana ingresarás en el Noviciado”.
Hellcat Barcelona 21 de enero de 2005
31/08/2004
Relatos: Yo, vampiro (V)5. Preparativos.
Los años siguientes fueron tranquilos, hasta el punto de instalarnos en una cómoda rutina nocturna. Noche tras noche, nos levantábamos de nuestros sarcófagos sedientos de sangre, cazábamos alguna presa y, a continuación, recorríamos la ciudad disfrutando de los placeres que nos ofrecía la noche. Asistíamos a alguna fiesta nocturna en alguno de los múltiples palacios de la ciudad, o bien íbamos al Noviciado, donde podíamos divertirnos con Kirios y Annel. Después, al retornar a nuestro hogar, Isabelle y yo hacíamos el amor una y otra vez hasta que las primeras luces del alba nos empujaban a refugiarnos en nuestros sarcófagos de nuevo. Aún hoy en día mi cuerpo se estremece de placer al recordar el contacto de nuestra piel, mis manos acariciando sus senos. Sus gemidos y mi nombre susurrado por sus labios, llenando mi mente. Jamás conocí mujer, mortal o inmortal, como Isabelle.
Con el transcurso del tiempo, mis poderes iban aumentando. Tras más de tres siglos de inmortalidad, podía medirme ya en igualdad de condiciones casi con cualquier vampiro. Practicaba a menudo con Isabelle. Tanto la lectura de mentes y la telepatía, como la fuerza física, eran poderes comunes a todo vampiro. Sin embargo, existían otros poderes que sólo dominaban ciertos grupos de vampiros, sobre todo si esos grupos estaban relacionados por vínculos de sangre, tal y como ocurría con Isabelle y conmigo. Nuestro poder más remarcable era la prodigiosa velocidad a la que podíamos desplazarnos. Junto con nuestra gran capacidad para dar saltos y trepar por paredes, podíamos dar la sensación casi de poder volar. Isabelle había heredado este poder de Nafir. Y yo, a mi vez, lo había heredado de ella. Pero, ¿qué otros poderes existían? Isabelle solía explicarme que había vampiros capaces de volverse prácticamente transparentes. Estos se habían esforzado en desarrollar también la capacidad para levantar barreras mentales de forma que no pudiera detectarse su presencia. De ese modo eran, a todos los efectos, invisibles. Otros –lo había podido comprobar por mí mismo durante la primera reunión del Consejo a la que asistí- podían mover objetos con la mente. Incluso se decía que había algunos capaces de adoptar figuras animales… En definitiva, el abanico de poderes era muy amplio.
En todo ese tiempo también asistimos a varias reuniones del Consejo. Desde la primera, todas habían transcurrido en calma. Sin embargo, un día, al salir de una de ellas, Taiel nos hizo una seña para que le esperásemos en su despacho. Mientras nos dirigíamos hacia allí, le expresé a Isabelle mi extrañeza por la situación. “¿Qué querrá decirnos?”. Isabelle suspiró. “Creo saberlo”. “¿Qué quieres decir?”. “Arlén”. “¿Arlén? ¿Qué tiene ella que ver?”. “Esaú, temo que Arlén esté preparándose para una guerra”. “¿Una guerra? ¿Pero cómo puede ser? Desde el Consejo en el que me presentaste no hemos tenido ningún problema. Todo ha transcurrido con normalidad”. “Precisamente. Conozco a Arlén. Tratándose de ella, la calma es la peor de las señales. Temo que durante estos años se haya dedicado a captar adeptos para su causa”. “¿Con el fin de destruirnos?” “Con el fin de destruir todo lo que tenga que ver con Nafir”. “Entonces, ¿crees que deberemos enfrentarnos a ella?”. “Me temo que tarde o temprano no nos quedará otro remedio”. “Bien, pues demos nosotros el primer paso. Acabemos con ella antes de que empiece la guerra”. “No”. “¿No? ¿Por qué no? La cogeríamos por sorpresa. Ella no espera que demos el primer paso”. “Esaú, tú no lo entiendes… yo no daré el primer paso… no esta vez”. “¿Esta vez?”. Isabelle suspiró. “Hay algo que no te he contado… La otra vez, en la guerra…” “Espera. Me contaste que la guerra la provocó Arlén ¿Acaso no es así?”. “Sí, sí, fue Arlén. Pero… la primera en atacar fui yo”. Calló durante unos instantes y me miró con sus preciosos ojos. Luego continuó hablando. “Cuando tuvimos la certeza de que la guerra era inevitable yo le dije a Nafir que debíamos atacar primero. Él se opuso. Dijo que no quería ser recordado como aquél que empezó una guerra –la única que ha habido hasta ahora- entre vampiros. Yo le presioné. Él respondió que esperaríamos… y yo le desobedecí”. “¿Hiciste eso?”. Isabelle asintió. “Arlén ya era por aquel entonces una vampiresa muy poderosa. Y yo tenía miedo por Nafir. Por supuesto, sus poderes también eran impresionantes, pero yo no quería que corriera ningún peligro. Sabía que no podría acceder a Arlén puesto que estaría rodeada de una guardia que la protegería. Eso sin tener en cuenta que mis poderes, por aquel entonces, no podían compararse a los suyos. Pero sí podía dar caza a alguno de sus adeptos y debilitar su facción. Y eso es lo que hice. Una noche salí en busca de ellos… y maté a dos. Fue una imprudencia y una temeridad por mi parte… y dio la excusa a Arlén para legitimar la guerra”. “Pero ganasteis, ¿no es así?”. “Oh, sí, ganamos. Claro que ganamos”. Isabelle sonrió amargamente. “Pero desde entonces no dejo de pensar que quizá, y sólo quizá, aún había alguna posibilidad de evitar la guerra. Y que mi acto lo impidió y nos lanzó hacia una carnicería”. Isabelle calló y yo permanecí meditando unos segundos. ¿Isabelle entristecida por haber causado una guerra? Podía entenderlo hasta cierto punto pero… ¡era Isabelle! No podía ser que aquello le hubiera afectado tanto. Sobre todo teniendo en cuenta que ella misma me había dicho que la guerra era ya inevitable cuando ella destruyó a aquellos dos vampiros. Había algo más. “Hay más, ¿no es cierto? No creo que estés así porque causaras la guerra. Hay algo más que te atormenta y que es la verdadera razón de que te arrepientas de lo que hiciste”. “Veo que tu agilidad mental crece pareja a tus poderes”, dijo, sonriendo. “Es cierto que hay algo más…”. “Y tiene que ver con Nafir”, la interrumpí. Ella asintió. “¿Crees que Nafir te abandonó por eso? ¿Por no haberle obedecido? ¿Por haber dado el primer paso a pesar de su deseo de dejar que Arlén atacara en primer lugar?”. “Creo que le decepcioné. Que no estuve a su altura. Y por eso se fue de mi lado. Me repudió”. Moví la cabeza para señalarle que no estaba de acuerdo con ella. “Eso no puedes asegurarlo. Después de tanto tiempo habiendo estado con él no creo que se hubiera ido sin haberte dicho nada. El te amaba, ¿no es así?”. “Sí, me amaba”. “Entonces no creo que se fuera por ello. No le decepcionaste. Simplemente se fue por alguna otra razón que desconoces”. “Esaú”, Isabelle me miró fijamente a los ojos, “no repitas la historia. No des el primer paso. El recuerdo seria demasiado doloroso”. “Si lo hiciera, ¿me abandonarías tú?”, pregunté, alarmado. Ella me acarició la mejilla con el dorso de la mano. “No”. Cogí su mano con la mía y la apreté contra mí. “Eres mi creadora y mi amante. No quiero decepcionarte. No daré el primer paso”. Isabelle sonrió de nuevo. “Gracias, Esaú”.
Cuando Taiel llegó, quedó claro que, fuera lo que fuera lo que nos iba a decir, era un asunto serio, puesto que su semblante distaba mucho de reflejar la jovialidad con la que siempre nos recibía y que le había hecho popular entre los vampiros de Constantinopla. “Perdonad que os haya hecho esperar, pero me temo que tengo malas noticias. No sé cómo decirlo…”. “Continúa. Creo que sé a qué te refieres”, dijo Isabelle. “Hace ya tiempo que oigo rumores de que Arlén está preparándose para…”. “¿Atacarnos a Esaú y a mí?”. “Eso me temo. No os había dicho nada antes para no alarmaros sin necesidad. Pero he estado indagando y me consta que los rumores son ciertos”. “Es lo que pensaba yo. Demasiada calma durante todo este tiempo”. Dirigiéndose aún a Isabelle, Taiel le preguntó “¿Te ves con fuerzas?” “Puedes hablar libremente. Mientras veníamos hacia tu despacho le he contado a Esaú lo que sucedió en la anterior guerra”. “Ya sabes que yo nunca te he reprochado nada. Y muchos otros piensan como yo. Tu reacción fue perfectamente lógica. Aunque no hubieras hecho nada, la guerra era inevitable. Y, por desgracia, creo que esta vez también lo es”. “Ojalá hubiera alguna forma de arreglar esto e impedirla”. “Pero vosotros sois vampiros muy poderosos”, intervine yo. “¿Por qué dudáis?”. “Dudamos porque estuvimos en la anterior guerra y no deseamos otra”. “Yo también he estado en guerras, y digo que luchemos”. Isabelle movió la cabeza. “No es lo mismo, Esaú. Para nosotros, los vampiros, la muerte significa algo muy distinto a lo que puede significar para los mortales”. “No te entiendo”. “Los vampiros somos una aberración en el orden natural de las cosas. No deberíamos existir, puesto que estamos al margen de todo y todos. Los mortales viven con la esperanza de la existencia de una vida tras la muerte. Pero, ¿qué esperanza nos queda a nosotros? Para los vampiros la perspectiva de la muerte es aún más terrible que para los mortales, pues tras haber vivido tanto tiempo y haber saboreado las sensaciones que nos proporciona nuestra naturaleza vampírica, la idea de vernos reducidos a la nada es una idea terrible”. “Comprendo lo que dices y comparto tu opinión. Pero si la guerra es inminente, entonces todas esas consideraciones quedan fuera de lugar. Si no podemos evitar la guerra, luchemos para ganar y conservar nuestra inmortalidad”. “Me temo”, dijo Taiel, “que es lo que tendremos que hacer”. La reunión tocó a su fin tras acordar que, tanto Taiel como Isabelle, comenzarían a entrevistarse con aquellos vampiros que prestaron su ayuda a Isabelle en la anterior guerra o con cualquier otro que tuviera alguna cuenta pendiente con Arlén para comunicarles la situación.
A partir de ese día, nuestras salidas nocturnas perdieron la mayor parte de su componente lúdico y se centraron en la tarea que teníamos por delante: captar al mayor número posible de vampiros que quisiera unirse a nosotros para enfrentarse a Arlén y sus seguidores. Visitamos a muchos vampiros. Algunos antiguos como el tiempo y otros más jóvenes. Pero todos más o menos convencidos de que, de algún modo, era necesario detener de una vez a Arlén. Dos guerras eran demasiado. Además, una guerra vampírica siempre ponía de manifiesto el peligro de que los mortales descubrieran nuestra existencia puesto que era imposible no dejar pistas. Y todos sabíamos que, en caso de ser descubiertos por los mortales, estaríamos irremediablemente perdidos.
Hellcat Barcelona 31 de agosto de 2004
19/07/2004
Relatos: Yo, Vampiro (IV)4. El Consejo.
Según me informó Isabelle mientras caminábamos, el Consejo se reunía de forma rutinaria una vez al mes, aunque cualquiera de sus miembros podía convocarlo de forma extraordinaria si se daba alguna circunstancia que así lo requiriera. Esta vez, el Consejo había sido convocado por Isabelle para informar de mi existencia y darme a conocer formalmente a la comunidad vampírica de Constantinopla. Eso significaba que ella no podría formar parte del Consejo en esa ocasión, al crearse un conflicto de intereses por ser mi creadora. Por lo tanto su puesto sería ocupado por otro vampiro, aunque desconocía quién iba a ser. El órgano ejecutivo del Consejo estaba formado por siete inmortales. Los únicos requisitos necesarios para pertenecer a este órgano eran residir en la ciudad correspondiente, en este caso, Constantinopla, o alrededores, y que la edad del vampiro no fuera inferior a un siglo de existencia inmortal. La renovación del mismo se llevaba a cabo cada año, mediante una simple votación de todos los vampiros que acudían al Consejo, sobre las candidaturas presentadas. De vez en cuando, por diversas circunstancias, uno de los puestos quedaba vacante. Entonces el presidente del órgano ejecutivo, elegido por los propios miembros, convocaba un Consejo extraordinario para cubrir el puesto. La mayoría de las veces los candidatos eran pactados entre los vampiros, pues siempre había algún miembro de la comunidad especialmente apreciado o apto para el puesto que era unánimemente aceptado por todos los vampiros de la ciudad. Sin embargo, de vez en cuando se presentaban dos o más candidatos con iguales posibilidades de salir elegidos. En esos casos era de la máxima importancia llegar a algún tipo de acuerdo, ya que, en caso de disputa, ésta podía degenerar en un enfrentamiento abierto entre las distintas facciones que apoyaban a los candidatos. Isabelle me comentó que tan sólo una vez la disputa fue lo suficientemente grave como para dar lugar a una guerra abierta entre vampiros… y que esperaba que nunca más volviera a ocurrir, puesto que fue una época oscura que nadie quería revivir. Cuando le pregunté qué vampiro había sido objeto de la disputa, la respuesta me sorprendió. “Fue Nafir. Se presentó candidato, pero algunos sectores descontentos con él a causa de sus excentricidades temían que su forma de ser perjudicaría las actividades del Consejo. Y se negaron a secundarle. Tuvimos muchas oportunidades de detener la disputa, pero no supimos hacerlo. Nafir, a pesar de mis intentos de que desistiera de presentar su candidatura, continuó adelante obstinadamente. Y se desató la guerra. Por supuesto, yo me puse inmediatamente de su parte, pues era mi creador y le amaba… La guerra fue terrible, Esaú. Muchos murieron defendiendo sus convicciones. Al final logramos vencer. Y cuando todo parecía volver a la normalidad… Nafir desapareció”. “Me habías dicho que él te dejó”. “Sí. Así fue. Después de la guerra, después de toda la sangre vertida… simplemente se fue”. “¿Estás enfadada con él?”. “Al principio lo estuve, y mucho. No entendía por qué había hecho eso. Luchamos por él… y se fue sin decirle nada a nadie. Ni siquiera a mí. Si hubiera hablado conmigo… Yo le habría dejado marchar. Me habría dolido, pero nunca me habría opuesto a sus deseos. Él siempre hacía las cosas por una razón. Le gustaba hacer las cosas a su manera. A veces no lo entendía, pero sabía que nunca tomaba una decisión a la ligera… Bueno, la verdad es que últimamente ya no pienso demasiado en ello. Él se fue y tú estás aquí”, dijo, sonriendo. Cada vez tenía más ganas de conocer a Nafir. Sin duda debió de ser un vampiro realmente poderoso y, al mismo tiempo, controvertido. Por desgracia, si ni la propia Isabelle, su creación, había sido capaz de contactar con él, ¿qué esperanzas podría albergar yo?. Bajamos a la planta inferior del palacio, donde vi que varios vampiros caminaban por uno de los pasillos hacia la puerta situada al fondo del mismo, que se encontraba abierta y por la que podía ver una sala que bullía de actividad. Mientras nos internábamos en el pasillo, oí la puerta de entrada. Sin duda se trataba de nuevos vampiros, que llegaban al edificio para asistir a la reunión. Estaba realmente extasiado y, por qué no decirlo, un poco cohibido por la situación, ya que yo iba a ser el centro de atención del evento. Los inmortales allí reunidos escucharían las explicaciones que Isabelle iba a ofrecerles sobre mi creación al margen del Noviciado. Pero, sin duda, mientras escuchasen a Isabelle, ellos no dejarían de estudiarme, preguntándose qué poderes tendría, por qué había suscitado la atención de un vampiro tan poderoso como Isabelle y, sobre todo, si tenían algo que temer de mí. Este último pensamiento me hizo esbozar una sonrisa incrédula… ¿qué podían temer de mí? Aún debía aprender muchas cosas sobre mí mismo. Mis poderes eran ya notables, eso era cierto. Pero qué duda cabía de que no serían ni remotamente comparables a los de la mayoría de inmortales que me rodearían, algunos de ellos, como la propia Isabelle, con varios siglos de existencia inmortal a sus espaldas. Al fin entramos en la sala. Tenía el mismo tamaño que la mazmorra o sala común que estaba situada en el piso de arriba, sobre ella. Separados por un pasillo central, había varias filas de bancos de madera, algunos ya ocupados por vampiros que hablaban entre sí usando su mente. Mientras caminábamos por el pasillo, algunas miradas curiosas se dirigieron hacia mí. Aún tenía dificultades para captar conversaciones cuyos interlocutores no se dirigieran directamente a mí. Sin embargo, pude captar algunos retazos de las mismas. No me pareció que fueran ofensivas, ni capté la más mínima animadversión hacia mí. Tan sólo una gran curiosidad por saber quién era “el nuevo”. De todos modos, me dije a mí mismo que no debía bajar la guardia en ningún momento, pues, aunque inmortal como ellos, no dejaba de ser un extraño en un lugar extraño. Era la primera vez que estaba entre un grupo tan numeroso de vampiros. Me fascinaba saber que cada uno de ellos contaba con su propia historia: su despertar a la inmortalidad, las enseñanzas que habría recibido de su creador, los lugares que habría visitado, las gentes que habría conocido, los poderes que habría desarrollado… y no pude dejar de pensar que algunos de ellos habrían sido creados después de la implantación de los Noviciados, soportando en ellos las duras pruebas impuestas por sus creadores antes de serles concedido el Don. Isabelle pareció captar mi nerviosismo. “Tranquilo. Conozco a muchos de estos vampiros, y ya has visto que el propio Taiel está de nuestra parte. Todo irá bien”. “Eso espero”. Llegamos hasta una tarima donde un único banco se encontraba situado frente a una tribuna que, supuse, sería ocupada por los miembros del órgano ejecutivo del Consejo. La tribuna, también de madera, estaba finamente tallada mostrando motivos relacionados con los vampiros. Pude distinguir una representación de la ceremonia en la que lo que parecía un mortal, recibía el Don de un vampiro, entre otras cosas. La sala estaba ya casi llena, e Isabel me indicó que me sentara en el banco, mientras ella se sentaba a mi lado. Al cabo de unos segundos los murmullos de las conversaciones mentales decrecieron hasta desaparecer. Me giré para ver qué ocurría y vi que entraban en la sala siete vampiros. No se distinguían de cualquiera de los otros que ocupaban la sala. Sin embargo estaba claro quienes eran: formaban el órgano ejecutivo del Consejo. Con gran alivio, vi entre ellos a Taiel. Al menos sabía que contaba con un apoyo seguro entre el Consejo. Los siete vampiros subieron a la tarima y se sentaron en la tribuna, ante nosotros. Eran cuatro hombres y tres mujeres. De nuevo me resultaba completamente imposible determinar su antigüedad. Sin embargo, dada su relevante posición dentro de la comunidad vampírica, estaba claro que todos debían tener más de un siglo y, estaba seguro que en la mayoría de los casos, varios más. Puesto que iban a ser ellos los que juzgarían si mi creación por parte de Isabelle se ajustaba a las leyes de los vampiros, intenté estudiarlos. Ninguno de ellos parecía superar los cuarenta o cuarenta y cinco años en términos mortales. En ese momento, oí a Isabelle. “Arlén”. Había usado un claro tono de desdén al pronunciar el nombre. Seguí su mirada hasta llegar a una de las mujeres que, precisamente, era la que más edad aparentaba. Llevaba el cabello corto y, con gran incomodidad por mi parte, descubrí que ella también me miraba como si me estuviera estudiando. Tenía el ceño fruncido y parecía sumamente concentrada en sus pensamientos. No intenté averiguar cuáles eran, pues sabía que podría detectar mi intrusión. Desvié la mirada hacia Isabelle y le pregunté quién era aquella mujer. “Su nombre es Arlén... y podría llegar a ser un problema. Digamos que no nos llevamos demasiado bien”. “¿Por qué?”. “Por celos. Estaba enamorada de Nafir y nunca soportó que él me amara. En realidad fue Arlén quien puso a algunos vampiros en contra de Nafir”. Isabelle suspiró. “Y ahora, de alguna forma, se las ha arreglado para ser mi sustituta en el Consejo en la reunión de hoy”. “¿Ella provocó la guerra?”, pregunté sorprendido. “Sí. Y temo que quiera hacer lo mismo ahora. Ha pasado de amar a Nafir a odiar todo lo que tenga algo que ver con él. Y tú has sido creado por su discípula...”. “Me dijiste que todo iría bien”. “Sólo es un pequeño contratiempo”. “¿Llamas “contratiempo” a tener como enemiga a alguien capaz de provocar una guerra entre vampiros? Francamente, me parece que es algo más que un simple “contratiempo””. “Veremos qué ocurre...”. Para tranquilizarme, seguí estudiando al resto de los ocupantes de la tribuna. Las otras dos mujeres eran más jóvenes, aunque una de ellas parecía haber superado la treintena cuando le fue dado el Don. Ambas parecían distraídas mirando al público que estaba acabando de ocupar los últimos asientos libres que quedaban en la sala. En ningún momento parecieron prestarme atención. El vampiro que estaba situado en el centro de los demás –el presidente del órgano ejecutivo, supuse- era un hombre delgado. Tras enviar una breve mirada a Isabelle pareció dedicarse a esperar pacientemente a que todo estuviera en orden para poder comenzar la reunión. Otro de los hombres era el propio Taiel, que me sonrió cuando nuestras miradas se cruzaron. Agradecí ese gesto suyo y le devolví la sonrisa. La verdad es que, aunque sabía que Isabelle se desenvolvería perfectamente, tras conocer a Arlén, necesitaba que me tranquilizaran un poco. Me acerqué lo más disimuladamente que pude a ella en el banco y cogí su mano con la mía. Ella dio un respingo al sentirla, y se giró para mirarme. Entonces sonrió y me apretó ligeramente la mano. Los otros dos vampiros que formaban el órgano ejecutivo del Consejo parecían estar conversando entre sí y tampoco nos prestaban atención ni a Isabelle ni a mí. Uno de ellos era realmente corpulento y mediría unos dos metros de altura, lo que, para la época, era una altura desmedida. El otro, por el cotnrario, era extremadamente delgado. La vista de ambos personajes hubiera sido cómica de no haber sabido que ambos eran vampiros, por lo que el aspecto físico nunca dejaba traslucir el poder real. Cuando al fin la sala estuvo al completo, el presidente cerró las puertas mediante un simple gesto de la mano. Pude detectar la corriente de energía que emanaba de él y actuaba sobre las puertas como algo casi tangible. Me quedé fascinado por aquella posibilidad de la que yo carecía, pues mis poderes eran una copia exacta de los de mi creadora y, al no tener ella ese poder, yo tampoco podía tenerlo. Me consolé pensando que seguramente yo tenía algún poder del que él carecía, aunque, lógicamente, no podía estar completamente seguro de ello… La reunión dio comienzo. El presidente explicó la razón de que se hubiera convocado el Consejo, así como quién era la convocante, y cedió la palabra a Isabelle. Ésta se levantó y dio unos pasos hasta situarse en la tarima de forma que fuera bien visible. Quizá fuera casualidad o tan sólo una coincidencia, pero lo cierto es que Isabelle se había situado justo delante del puesto que ocupaba Arlén en la tribuna, dándole la espalda completamente, pues estaba situada de cara al público asistente. Vi como ésta fruncía el ceño de forma imperceptible. Sin duda también se había percatado del detalle. Isabelle volvió a captar mi atención. Allí, de pie, vestida con aquellos lujosos ropajes que tanto le gustaban, y con la actitud de quien sabe que despierta expectación y admiración entre aquellos que la contemplan, aparecía revestida de una aura de digna distinción ¡Qué bella estaba!. Empezó a hablar. Explicó que se había visto obligada a concederme el Don a causa de ciertas circunstancias que seguidamente pasó a explicar. Contó cómo me había estado estudiando durante un tiempo, cómo siguió mis aventuras durante la Cruzada, cómo fui herido y, finalmente, cómo, ante la disyuntiva de si debía dejarme morir o concederme el Don, eligió esto último. Apeló, después, a su derecho, como miembro del Consejo, a conceder libremente el Don a quien ella desease, puesto que, tal y como explicó, un puesto en un Consejo avalaba a un vampiro como poseedor de la destreza, el poder y la sabiduría suficientes como para otorgar el Don y controlar, después, al vampiro novel hasta que aprendiera a controlar sus poderes y sentidos y no representase un peligro para sí mismo y para el resto de la comunidad vampírica. Terminado su alegato, Isabelle volvió a sentarse a mi lado y me sonrió. Yo le devolví la sonrisa. Sin duda había sido un buen discurso. Inteligente y sin fisuras que pudieran ser aprovechadas para atacarnos. A continuación, el presidente dio la palabra a los miembros de la tribuna que desearan realizar alguna pregunta. Arlén pidió la palabra. “Nuestra querida Isabelle”, comenzó Arlén, “ha hecho un magnífico discurso. Y sin duda ninguno de nosotros puede discutir el buen juicio que la ha acompañado durante todos estos años. Sin embargo...” Arlén adoptó una afectada pose de duda “...hay algo que me preocupa. Desde el punto de vista de Isabelle, quizá tenga totalmente claro que puede controlar a su discípulo. Pero, ¿y nosotros? ¿Quién de nosotros puede estar seguro de que podrá ser controlado? Yo conozco a Isabelle... y puedo confiar en ella. Pero no lo conozco a él y, por lo tanto, no puedo estar seguro de sus actos”. Arlén nos miró fijamente. “Yo digo que no podemos arriesgarnos a cometer un solo error, pues no tenemos margen de maniobra. ¿Qué ocurriría si los mortales descubrieran nuestra existencia? Hata ahora sólo somos para ellos cuentos y leyendas. Pero eso podría cambiar si entre nosotros hubiera algún elemento incontrolado… como él”, dijo, señalandome. “¿Y qué sugieres que se haga al respecto?”, preguntó el presidente. “Lo único que puede hacerse: destruirlo”. Al oir aquello, me giré hacia Isabelle, mientras el pánico comenzaba a apoderarse de mí. ¿Destruirme?. Aquello no iba bien. Nada, nada bien. “Tranquilo”, me dijo Isabelle, “ella sabe que no puede conseguir eso del Consejo. No sin mi consentimiento. Tan sólo ha sido una estrategia para ponernos nerviosos”. En la sala se alzaron murmullos mentales, unos a favor y otros en contra del discurso de Arlén. “Lo está haciendo otra vez. Maldita zorra”, oí que me decía Isabelle. “¿Qué está haciendo otra vez?”. “Dividirnos. Y eso sí es algo que me preocupa”. Y nada más decirme esto, Isabelle volvió a levantarse del banco y se dirigió a la tribuna. “Asumo toda la responsabilidad por los actos de mi discípulo”. Los murmullos comenzaron a apagarse. Arlén sonrió. El tribunal votó esta decisión, que fue aprobada por unanimidad y el presidente dio por concluída la reunión. Los vampiros comenzaron a abandonar la sala. Antes de que dejarla, Arlén cruzó su mirada con Isabelle. Si se dijeron algo, no pude percibirlo. Mientras salíamos, Taiel nos dio alcance. Quiso que fuéramos a su despacho para hablar, asi que le seguimos. Una vez allí, comenzó a hablar. “Siento que las cosas hayan ido así”. Taiel había abandonado el talente risueño que había mostrado en nuestro anterior encuentro y, ahora, su semblante era una máscara de seriedad. “Arlén es muy astuta”. “Siempre lo ha sido“, dijo Isabelle. “Pero hemos ganado, ¿no?”, pregunté yo. “El consejo ha aceptado que siga bajo custodia de Isabelle”. “No es tan sencillo”, respondió Taiel. “Creo que eso era lo que ella pretendía desde un principio. Esperará que cometas algún error… o te inducirá a cometerlo. Y ella estárá allí para dar cuenta de ello. Entonces tendrá una razón para que el Consejo apruebe tu destrucción sin que sea necesario el consentimiento de Isabelle. Y, de paso, provocará la caída en desgracia de ella”. “Lo que más me preocupa en estos momentos es que Arlén pueda volver a dividirnos”, dijo Isabelle. “Es cierto que sigue teniendo algunos seguidores incondicionales. Pero de momento están aislados y sin apoyos”. “Pues esperemos que sigan así”, intervine yo. Tras despedirnos de Taiel abandonamos el palacio y nos dirigimos hacia nuestra casa.
Mientras cabalgábamos por las calles empredradas de la ciudad, sucedió algo muy extraño. Una voz susurrante en mi cabeza -ni siquiera podría haber asegurado si había sido real o tan sólo imaginaciones mías- pareció dirigirse a mí. Entre el sonido de los cascos de mi caballo resonando en mi cabeza, creí distinguir que la voz me decía: “Pregúntale por qué te salvó”.
Hellcat Barcelona 19 de julio de 2004
28/06/2004
Relatos: Yo, Vampiro (III)3. El Noviciado.
A partir de ese momento, Isabelle comenzó a ausentarse de vez en cuando del palacio. Cuando me despertaba y salía de la cámara donde estaban nuestros sarcófagos, ella ya no estaba. Volvía unas horas después, ya ahíta de sangre, y entonces ambos salíamos para que yo pudiera cazar. Al principio no le di mayor importancia. Pero poco después comencé a darme cuenta de que, para mí, sí lo era, pues el hecho de cazar junto a mi creadora reforzaba nuestros lazos. Sin embargo, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, ahora Isabelle renunciaba a ello y salía a cazar en solitario. Me sentía molesto por ello. ¿Era por lo que le había dicho cuando me preguntó si me arrepentía de ser un vampiro? Quizá ella consideraba que ya me había enseñado todo lo que debía aprender. Pero yo la necesitaba. No se trataba de sus enseñanzas. La necesitaba a ella, a Isabelle. Mi Isabelle... Decidí seguirla. Así, un día, cuando ella salió del palacio montada en su caballo, yo la seguí. Recorrimos las calles de Constantinopla mientras el último resplandor del sol desaparecía en el horizonte. Después de cazar una presa en los barrios bajos de la ciudad, momento que yo aproveché para hacer lo propio, se dirigió cabalgando hacia la zona de los palacios y las grandes casa señoriales. Al llegar ante una gran casa, desmontó y entró en el patio mientras el guarda, un mortal, se hacía cargo del caballo. Mis ojos no daban crédito a lo que estaba viendo. ¿Isabelle se relacionaba con mortales? Desmonté a mi vez y decidí esperar, escondido en una esquina, a que ella saliera, pues no podía arriesgarme a entrar por una ventana y ser descubierto. Al cabo de unos segundos, escuché una voz a mi espalda. “¿Y bien? ¿No piensas entrar? ¿O me has seguido sólo para quedarte aquí plantado?”. Me giré rápidamente mientras sentí la vergüenza del chiquillo que ha sido pillado a punto de realizar una travesura. Balbucí unas palabras incoherentes. Ella alzó la mano en señal de silencio. “Nada de excusas. Sabía que tarde o temprano me seguirías. Lo que me extraña es que hayas tardado tanto”. Me enfurecí. Pero no contra Isabelle, sino contra mí mismo, por ser tan previsible. Por ser como un libro abierto para ella. “Vamos, entremos. Trae el caballo, lo dejaremos dentro.”, dijo mientras comenzaba a andar hacia la puerta. Al llegar a la maciza puerta de entrada, Isabelle usó la pesada aldaba de bronce para llamar. Se abrió una pequeña portilla y, al otro lado, unos ojos nos escudriñaron durante breves instantes antes de que oyéramos el ruido de pasadores y cerrojos y la puerta se abriera dándonos paso a un gran patio. Junto a la puerta había un hombre de mediana edad. Nos sonrió e hizo una profunda reverencia antes de volver a cerrar la puerta. Dejé el caballo a aquel hombre y seguimos andando hasta el edificio principal por un camino de tierra con árboles frutales a lado y lado del mismo. Esta vez, la puerta del edificio se abrió antes de que llegáramos a ella. En el umbral aparecieron un hombre y una mujer de gran belleza. Él era bastante corpulento, ancho de hombros, con el pelo corto e iba vestido con unos pantalones holgados hasta los tobillos. Ella era algo más baja, de facciones delicadamente trabajadas por la naturaleza, con miembros finos, pero bien formados. Sus pechos eran redondos y firmes y su cabello, negro y largo, estaba recogido en una cola que caía como una cascada por su espalda. Llevaba una falda por encima de la rodilla. Tanto el hombre como la mujer iban descalzos y desnudos de cintura para arriba. Nos recibieron con grandes muestras de respeto, sobre todo a Isabelle. Cuando cerraron la puerta, ambos se arrodillaron ante ella adoptando una curiosa postura: las rodillas separadas y el dorso de las manos apoyado en las piernas. Ninguno de los dos nos miraba. Sondee sus mentes. No había miedo en ellas. Percibí un profundo respeto y devoción por Isabelle. Ella hizo las presentaciones: él se llamaba Kirios y ella, Annel. Después les dijo que se retiraran. El hombre y la mujer se alzaron, hicieron un reverencia y se fueron por uno de los pasillos laterales, dejándonos solos. Era un palacio de grandes dimensiones, frente a la puerta de entrada, dos grandes escalinatas de mármol blanco conducían al piso superior. A derecha e izquierda, un doble arco daba paso a pasillos profusamente ornados. “¿Qué es todo esto?”, pregunté a Isabelle. “Es el Noviciado”. “¿Un noviciado?”. “Un lugar donde aquellos mortales que desean el Don son educados y adiestrados mediante la sumisión y la servidumbre hacia nosotros. Tras un periodo de aprendizaje, si el Consejo que dirige el noviciado así lo considera, pasarán a ser de los nuestros. Pero el aprendizaje no es sencillo. Deben pasar duras pruebas y, aún así, eso no garantiza que algún día pertenezcan a nuestra especie. No podemos ir creando vampiros así como así, o llegaría un momento en que la población de mortales sería insuficiente para mantenernos. Eso nos conduciría a enfrentarnos entre nosotros. Sería terrible”. “Entonces, ¿hay mortales que conocen nuestra existencia? ¡Pero eso es peligroso!”. Isabelle sonrió, “no somos unos necios, querido. Nosotros tenemos algo que algunos mortales desean desesperadamente: la inmortalidad. Y estarán dispuestos a hacer lo que sea para conseguirla. Incluso pasar el durísimo periodo de adiestramiento a que los sometemos aquí. No nos delatarán, porque entonces perderían la oportunidad de acceder a esa inmortalidad que tanto desean”. “¿Y yo?. ¿Por qué no me trajiste aquí? ¿Por qué me convertiste directamente?” “Tu caso es distinto. Estabas muriéndote en aquel lugar infecto que algunos llaman hospital y tuve que intervenir. Además, tengo otras razones…”. Pareció sumirse en sus pensamientos, pero a mí aún me quedaba una pregunta por hacer”. “¿Eres tú la que dirige este lugar?” Ella pareció volver de un lugar lejano y respondió. “No… no soy yo. Pero pertenezco al Consejo. En realidad cualquier vampiro, aunque no pertenezca al Consejo, tiene el paso franco a este lugar. Sin embargo, cada uno debe traer a sus propios mortales. Ningún vampiro puede tocar a un mortal mientras éste pertenezca a otro, a menos que se le dé permiso expreso para ello”. “Entonces, debo entender que tú has traído aquí algún mortal”. “Hay dos mortales que me pertenecen y que están ingresados aquí: un hombre y una mujer”. “¿Te refieres a Kirios y a Annel?”. “Eso es”. “Supongo que se habrán extrañado de verme contigo. ¿No suscitará eso envidias?” “Les he educado para que tengan paciencia y no cuestionen mis métodos. Todo tiene una razón de ser y ellos lo saben. El hecho de que tú estés aquí y seas un vampiro no es un hecho casual. Ellos así lo entienden”. “Pero…” “No más preguntas. Ya tendremos tiempo de seguir hablando. Ahora vamos arriba. Quiero presentarte a alguien”. “¿Otro vampiro?” “Sí. Se encarga de la dirección del Noviciado, aunque debe rendir cuentas al Consejo”. Me sentí excitado. ¡Por fin iba a conocer a otro inmortal!. Subimos por la escalinata y avanzamos por un largo pasillo. A lado y lado del mismo se sucedían, a intervalos regulares un sinfín de puertas cerradas. Algunas de ellas eran dobles, dándome la sensación de que la estancia que guardaban debía tener unas dimensiones considerables. De repente, a unas cinco o seis puertas de distancia de donde nos encontrábamos, se abrió una puerta. Apareció un hombre, que nos miró con manifiesta curiosidad. Enseguida me di cuenta de que era uno de los nuestros: un vampiro. Era la primera vez que veía otro vampiro que no fuera Isabelle. Aparentaba tener unos pocos años más que yo, aunque no muchos más. Sin embargo, era imposible determinar su edad real. Podría haber sido convertido hacía tan sólo unos meses... o quizá arrastrara ya varios siglos de existencia inmortal. Isabelle no aflojó el paso y yo lo mantuve para no quedar atrás. Me fijé en que el vampiro sujetaba con una mano una especie de correa. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, al final de la correa, apareció una mujer, una mortal, completamente desnuda, excepto por el collar de cuero que rodeaba su cuello y al que estaba sujeto el otro extremo de la correa. Mientras cruzaba la puerta, puede ver que sus manos estaban atadas a la espalda. Era una mujer joven y bonita, de piel muy morena. No pude apreciar sus facciones todo lo bien que hubiera querido, puesto que mantuvo la cabeza baja en todo momento. La pareja se cruzó con nosotros en el pasillo. Nadie dijo nada. “¿Quién es? ¿Lo conoces?”, pregunté a Isabelle. “No, pero eso no es extraño. Aquí vienen vampiros de muchos lugares para dejar a sus mortales. No existen muchos noviciados en el mundo”. Isabelle sonrió cuando vio mi expresión de sorpresa. “Entonces, ¿hay más noviciados?” “Oh, sí. Hay unos cuantos más, repartidos por las ciudades más importantes de Europa. Pero el de Constantinopla es uno de los más importantes por la cantidad de mortales en él ingresados”. “Entonces, la mujer que acompañaba al vampiro es su… ¿cómo los llamáis?” “Sumisa… esclava… depende de las circunstancias…”. “¿Esclava…? Por cierto, antes has hablado de “pertenencia”…”, inquirí. “No se trata de una esclavitud propiamente dicha, sino más bien de la entrega de la sumisa o sumiso al vampiro al que pertenecen, de su confianza y de su respeto. En el noviciado, el mortal sirve al inmortal a cambio de protección, alimento y educación”. “Educación en su entrega al vampiro al que pertenecen”. “Eso es. Sin embargo, la relación es mucho más profunda, puesto que, en cierto modo, el vampiro también se entrega al mortal, al aceptarle, pues se debe a él como maestro suyo”. “Creo que lo entiendo. La recompensa ofrecida es la inmortalidad. Y mientras se preparan para ello, nos sirven y nos dan placer. Como una especie de simbiosis”. “Exacto”. “¿Y qué ocurre cuando el Consejo considera que un mortal no es apto para recibir el Don?” “Por nuestra propia seguridad, no podemos permitir que haya mortales fuera de los noviciados que conozcan nuestra existencia y nuestros secretos”. “Entiendo… ¿Conocen ellos esta norma del noviciado?”. “La conocen… y la aceptan”. Seguimos caminando por el pasillo hasta llegar a una puerta de una sola hoja. Isabelle llamó con los nudillos a la puerta. Yo la miré, sorprendido. “De vez en cuando nos gusta usar las viejas fórmulas”, dijo. “Es…” “¿Divertido?”, completé la frase. “Por así decirlo”, dijo ella. “Oí” la contestación que llegaba del otro lado de la puerta, e Isabelle la abrió. Entramos en una estancia amplia y lujosamente amueblada, con alfombras en el suelo y una pequeña en la que pude ver algunos libros manuscritos y papiros. Un hombre, que aparentaba algo menos de cuarenta años cuando fue creado se levantó de la silla donde estaba, tras una maciza mesa de madera, para recibirnos. “Mi querida Isabelle”, dijo, abrazándola, “te echábamos de menos”. “He estado ocupada. Quiero presentarte a alguien”. Rodeó mi cintura con su brazo. “Esaú, te presento a Taiel. Somos amigos desde hace mucho tiempo”. Nos dimos la mano. Su apretón fue firme, pero cordial. Taiel era delgado y bastante más bajo que yo. Si fuera mortal, podría haberse dicho que no era en absoluto atractivo. Sin embargo, el aura que lo envolvía gracias al Don, unida a la gran vitalidad que se desprendía de él, lo compensaban de sobras. “Vaya, en efecto veo que no has estado perdiendo el tiempo”, dijo Taiel separándose de mí para observarme mejor. “Es un joven muy atractivo. Lástima que no lo hubieras traído aquí antes de concederle el Don”. “Las circunstancias me obligaron a actuar antes”. “Sin duda, sin duda. No pongo en tela de juicio las razones que hayas tenido para ello. Ya sabes que confío en ti plenamente y que está permitido a los integrantes de los Consejos conceder el Don a quien deseen, siempre que lo comuniquen. Desgraciadamente”, dijo dirigiéndose a mí, “no todos los vampiros gozan del buen hacer de Isabelle. Por eso se crearon los noviciados”. “Para eso he venido. En realidad esta visita es más oficial que otra cosa. Espero que me perdones por ello. Quería presentar a Esaú al Consejo.”. “Oh, vamos, vamos. Conmigo no tienes que disculparte. Son muchos años ya…”. Isabelle sonrió. “Más vale que aproveches el momento. Ya sabes que o soy muy dada a las disculpas…”. “Muy cierto…”, Taiel se dirigió a mí, “recuerdo una vez, en Francia, cuando…”. “Taiel, no creo que a nuestro invitado le interesen nuestras viejas historias. Sobre todo “esa” historia… En cuanto tienes la menor oportunidad, no dudas en explicarla. Y sabes que no me gusta que lo hagas…” Taiel rió. “Oh, seguro que sí le interesaría… pero en fin…”, me guiñó un ojo, “me parece que no me va a dejar que la explique…”. Y añadió, “Me encanta sacarla de sus casillas”. “Sin duda es algo que se te da muy bien”, dijo Isabelle también riendo. Me uní a las risas, aunque hubiera dado casi cualquier cosa con tal de haber escuchado la historia. “Ahora debemos dejarte. Nos veremos dentro de unas horas, en la reunión del Consejo”. “Claro, claro. Nos veremos luego”. Taiel nos acompañó a la puerta. Caminamos de nuevo por el pasillo hacia una puerta doble que pude ver al final de éste. “Taiel es un personaje curioso”. “En efecto, lo es. Pero no dejes que su aspecto o su jovialidad te engañen. Es uno de los vampiros más poderosos que conozco. Tal vez incluso más que yo”. Casi me resultaba imposible imaginar que alguien fuera más poderoso que Isabelle, pues, desde que la conocía, la había visto hacer cosas increíbles. Por lo tanto, el poder de Taiel debía ser realmente sobrecogedor. Mientras caminaba sumido en mis pensamientos, había podido sentir la presencia de mortales e inmortales detrás de las puertas a las que nos dirigíamos, pero nada me había preparado para la escena que pude contemplar cuando Isabelle las abrió y pude entrar en aquella estancia. Era muy amplia. Probablemente ocupaba todo el extremo de aquella planta del edificio. Había dos vampiros en ella, que saludaron a Isabelle con un gesto de la cabeza. Ella hizo lo propio mientras caminaba delante de mí. La habitación estaba equipada con toda clase de mobiliario –no sabría definirlo de otra forma- y artilugios con aspecto de haber sido sacados de una sala de tormentos: potros, cruces de San Andrés, mesas con argollas… y armarios repletos de material: látigos, paletas, pinzas de extrañas formas, cadenas, grilletes, muñequeras, pesas… También puede ver que había varios sofás y sillas repartidos por la sala. Pero lo que más me llamó la atención fueron los mortales. Había tres: dos mujeres y un hombre completamente desnudos. Ninguno de ellos hizo el menor gesto al entrar nosotros. Su atención se centraba, única y exclusivamente, en los que, sin duda, eran sus Amos. Uno de los vampiros, un hombre joven, mantenía a su esclava mortal atada con cadenas a una pared. Su cuerpo mostraba signos recientes de haber sido azotada. Ahora su dueño la miraba mientras le hablaba con palabras que enviaba directamente a su mente. Sorprendentemente, ella no mostraba miedo u odio tras haber sufrido aquel castigo. En su mirada solo vi devoción. El otro vampiro era una mujer. Estaba sentada en uno de los sofás, mientras contemplaba a sus mortales, el hombre y la otra mujer, que permanecían arrodillados ante ella en una curiosa posición: con las rodillas separadas, las nalgas apoyadas en los talones y el dorso de las manos apoyados en las piernas. No la miraban a ella, sino que mantenían la mirada fija en algún punto del suelo. “Esta es una de las dos mazmorras o salas comunes de que dispone el noviciado. Aquí podemos disciplinar a los mortales, ya sea porque hayan cometido una falta o, simplemente, porque su Amo inmortal considere que debe hacerlo como parte de su educación”, explicó Isabelle. “La otra sala se encuentra en el lado opuesto de esta planta y es exactamente igual que ésta”. Me sentí fascinado por aquel lugar. Todos aquellos instrumentos que seguramente habrían sido utilizados cientos de veces con los mortales. Me imaginé los látigos, unas veces tan sólo rozando, otras veces azotando los cuerpos desnudos de los mortales allí recluidos... los gemidos... las palabras de consuelo que les dirigirían sus dueños... Cerré los ojos por un instante. La excitación inducida por mis pensamientos me hacía perder la concentración. Pero eso no era todo. Me aturdía la realidad de todo aquello: el hecho de que hubiera mortales capaces de soportar todo aquel dolor, toda aquella humillación, a cambio de la lejana posibilidad de que un día pudieran alcanzar la inmortalidad. ¿Tanta era su desesperación? Era un contrasentido. Intentaban ganar la inmortalidad… arriesgándose a morir en caso de que el Consejo decidiera que no eran aptos para ello. Dilapidaban sus efímeras vidas en su entrega a nosotros, jugándoselo todo a una carta: o la inmortalidad, o una corta vida de sumisión y sufrimiento. Hice partícipe a Isabelle de mis pensamientos. “Te haces demasiadas preguntas. Nosotros no les obligamos a servirnos. Lo hacen por propia iniciativa.” “Pero, ¿cómo contactan con nosotros?”. “Unas veces lo descubren por sí mismos, bien por un descuido de alguno de los nuestros, bien por simple casualidad. Pero la mayoría de las veces somos nosotros quienes los elegimos, tras estudiarlos detenidamente, tal y como yo hice contigo. Es mejor de esta forma, pues, como ya te dije, no todos los mortales son aptos para recibir el Don. Sin embargo, incluso cuando son ellos los que descubren nuestra existencia, les damos la oportunidad de demostrar que son dignos de convertirse en uno de los nuestros”. “¿Y qué ocurre cuando se niegan a servirnos?”. “Ya te dije que no podemos permitir que ningún mortal, fuera de los muros de los noviciados, conozca nuestra existencia”. “Entonces sí les estamos obligando a servirnos. Les seleccionamos y les forzamos a elegir entre la servidumbre o la muerte”. “Siguiendo tu línea de razonamiento, tu caso es peor. A ti ni siquiera te di ocasión de decidir. Simplemente te di el Don. ¿Acaso me odias por ello?” “De sobra sabes que no es así. Pero mi caso era diferente. Mi muerte era inminente”. “¿Inminente? Debes aprender a ver las cosas desde nuestro punto de vista, Esaú. ¿Qué es la corta vida de un mortal comparada con nuestra dilatada existencia? Morir a los veinte años o a los sesenta… la diferencia no es palpable para nosotros”. Intenté un último argumento. “Entonces tratamos a los humanos sin ningún respeto. Más aún si tenemos en cuenta que, una vez, nosotros también fuimos mortales. Y, en cierto modo, al faltarles al respeto a ellos nos lo faltamos a nosotros mismos”. Isabelle sonrió. “Hablas y hablas sobre respeto y amor hacia los mortales. Pero yo te he visto cazar. Te vi jugando con aquella pobre mujer… como entraste en su mente… como la manipulaste… Disfrutas cazando, Esaú. Gozas con el placer y el dolor que proporcionas a los mortales. Y, finalmente, acabas con sus vidas. Está en nuestra naturaleza, querido. No puedes luchar contra ello”. Negar lo evidente no conducía a ninguna parte. Sí, disfruté profundamente con aquello. Morder a la víctima, poseerla física y mentalmente, saciar mi Sed con su sangre… “Te conozco Esaú. Ahora eres de los nuestros. Te gustará el Noviciado”. Mi intuición me decía que así sería. Por mucho que me esforzara en negárselo a ella y a mí mismo, mi naturaleza había cambiado. Era un vampiro… con todo lo que eso conllevaba. Pero aún así, una parte de mí se resistía a aceptarlo con todas sus fuerzas. “Ven conmigo”, dijo Isabelle. “¿Adónde?”. “A mis habitaciones privadas, donde están Annel y Kirios. Tenemos tiempo de jugar con ellos antes de que se reúna el Consejo.”. Salimos de la sala y cerramos las puertas cuidadosamente, procurando no hacer ruido. Andamos por el pasillo hasta llegar a una puerta lateral. Isabelle se comunicó mentalmente con sus esclavos y abrió la puerta, que no estaba cerrada. Ambos se encontraban arrodillados tras la puerta, en la misma posición que mantenían los dos esclavos que había visto en la sala común. De nuevo me extasié ante la belleza de aquel hombre y aquella mujer. ¿Cómo era posible que, siendo mortales, fueran tan hermosos?. Se me ocurrió que quizá Isabelle les había dado unas gotas de su propia sangre. No en cantidad suficiente como para concederles el Don, pero sí como para que su aspecto fuera digno de servir a los propósitos de su dueña. Entramos en la estancia, rodeando a Kirios y a Annel, que continuaron arrodillados sin mover un solo músculo. Mientras, Isabelle se dedicaba a mostrarme las dependencias que componían sus habitaciones. El recibidor, donde se encontraban arrodillados los mortales, era una pequeña estancia limitada por la puerta exterior que daba al pasillo que habíamos recorrido y otra puerta interior que se abria a una amplia estancia que hacía las veces de salón. Como el resto del edificio, estaba lujosamente adornado, con muebles construidos a base de maderas nobles con cristaleras del más fino material, alfombras y tapices, divanes y un largo etcétera que haría las delicias de cualquier persona, mortal o inmortal, por muy refinados que fueran sus gustos. A un lado del salón de abrían otras dos puertas. Una de ellas daba paso al dormitorio de Kirios y Annel. Si bien la decoración no era tan lujosa como la del salón, la estancia estaba limpia y bien acondicionada. La otra habitación era una reproducción de la sala común que acabábamos de visitar, aunque de menor tamaño y con menos mobiliario. Sin embargo, estaba perfectamente adaptada a su función. “Todas las habitaciones privadas”, explicó Isabelle, “tienen esta misma disposición, aunque son sus inquilinos quienes la decoran según sus gustos y preferencias”. Volvimos al salón. Con un ademán, Isabelle me invitó a tomar asiento en un amplio sofá. Me senté en un extremo y ella se sentó junto a mí. La puerta del recibidor estaba abierta y podía ver a Kirios y Annel de espaldas a nosotros, aún de rodillas. Isabelle sonrió. “Sé que quieres jugar con ellos. Lo veo en tus ojos”. A continuación “oí” cómo los llamaba. “Kirios, Annel, venid aquí”. Los mortales se levantaron y, sin decir nada, vinieron hasta el sofá y volvieron a arrodillarse, ahora ante nosotros. “Míralos, Esaú. Dentro de unos minutos estarás jugando con ellos… y disfrutarás con su sufrimiento, con cada gemido… Antes me hablaste de amor y respeto… pero hay muchos caminos para llegar al amor y al respeto”. “Me confundes con tus palabras. Juegas a atormentarme. ¿También disfrutas con mi sufrimiento?”. “No te atormento, querido. La lucha tan sólo tiene lugar en tu interior. Yo sólo intento mostrarte un nuevo camino. Ama y respeta a los mortales… pero hazlo a nuestra manera. De hecho no tienes alternativa, pues tu naturaleza…”. “Conozco mi naturaleza… y a lo que me condena”. “¿A qué, según tú, te condena?”. “Me condena a matar a aquellos a los que amo. ¿No te das cuenta de la contradicción? Mi naturaleza inmortal me empuja a amar y envidiar a los mortales por lo que son… pero, al mismo tiempo, debo matarlos para sobrevivir”. “Ciertamente, debes cazar para sobrevivir. Pero hay una parte de ti que sigue empeñada en verlo todo desde un punto de vista mortal. ¿Cuándo te darás cuenta de que ya no eres uno de ellos?”. “¿Cómo lo haces? ¿Cómo lograste superarlo?”. “Con tiempo. En realidad no planteas nada nuevo, Esaú. Todo vampiro ha hecho estas mismas preguntas a su creador desde que el Don existe. Pero más allá de ellas, el resultado siempre es el mismo. Tu naturaleza acabará imponiéndose y dejarás de cuestionarte a ti mismo”. Isabelle miró a Kirios y Annel. “¿Crees que yo no los amo? Yo los elegí, he saciado mi Sed con ellos, les he enseñado a servirme, soy su dueña... Sí, Esaú, les amo. Pero el amor que siento por ellos es diferente del que sentiría si fuera mortal, pues el amor entre mortales es vulnerable a la distancia y al paso del tiempo. En cambio, el amor que yo les ofrezco trasciende estos límites que, para nosotros, los inmortales, no significan nada. ¿Es esto reprobable? Kirios y Annel son afortunados por haber sido elegidos”. “¿Y si el Consejo decide finalmente que no son dignos de recibir el Don? ¿No verán en tus palabras una cáscara vacía?”. “Si eso sucediera, aún podrán decir que han tenido acceso a un mundo con el que jamás hubieran soñado. Han experimentado sentimient |