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Master Hellcat

Artículos sobre BDSM: Fauna

Después de estar algún tiempo en el mundo BDSM, aún me siguen sorprendiendo ciertas actitudes, digamos prepotentes o chulescas, que pretenden pasar por “dominantes”.

La verdad es que el tema que os voy a exponer a continuación no tiene tanto que ver con el BDSM como con el comportamiento y la actitud de la gente, independientemente de a qué se dedique o qué haga con su vida. Sin embargo, me ha parecido interesante plasmarlo en el blog para que, en caso de que os encontréis ante una situación similar, tengáis alguna referencia.

Como bien sabéis, tanto satin como yo nos movemos no sólo por el mundo BDSM, sino también por el mundo Swinger o de intercambio de parejas. Además, existe la posibilidad de que satin pueda ser alquilada. Debido a esto, solemos mantener correspondencia, via e-mail o foros de contactos, con diversas personas que se interesan por satin. Generalmente es ella la que atiende las peticiones, consultándome qué debe contestar. Si todo va bien, después soy yo quien continúa las conversaciones para fijar los términos en los que se producirá el encuentro.

Normalmente el tono de la conversación es correcto y respetuoso, como debe ser. Pero de vez en cuando nos encontramos con cierta fauna que no se atiene a lo que yo considero ciertas normas básicas de caballerosidad y buenas maneras. Y digo caballerosidad porque siempre han sido hombres, nunca mujeres, los que han “dado la nota”.

He aquí varios casos típicos de la fauna a la que me refiero:

 

1) El ginecólogo. Es aquel que en el primer mensaje ya nos hace una descripción pormenorizada de lo que piensa hacer con satin, no obviando ningún detalle, por escatológico o desagradable que sea. Normalmente suele ser gente que acaba de leer el perfil de satin en el foro de contactos (no aparece con este nombre, sino con otro) lo que les ha provocado un repentino aumento de la temperatura corporal que les sofríe los sesos y les impide pensar con claridad.

 

2) El “disimulao”. Aquel que emplea un tono general respetuoso, aunque de vez en cuando se dirige a satin como “perra”, “puta”, etc. o en general se expresa o mantiene una actitud inapropiada hacia ella. Siempre he considerado una gran falta de respeto tratar a una sumisa como si fuera propia, sobre todo sabiendo que ya tiene Dueño. Y está claro que expresiones de ese tipo sólo pueden usarse con sumisas propias, nunca ajenas. Esta gente basa su juego en que no sabemos si es que son así de irrespetuosos siempre o si en ese momento estaban adoptando un rol dominante. De este modo, al llamarles la atención, pueden excusarse diciendo “es que estaba en el rol dominante”. Lo siento, pero no cuela.

 

3) El sorprendido. Es aquel que cree que está escribiendo a una chica tímida, inocente, incapaz de pensar por sí misma y que va a depender totalmente de él. De esta forma, puede sentirse superior. Y claro, se encuentra con satin. Tras la sorpresa inicial, su frase más repetida es del tipo “Por tu forma de contestar, veo que no eres una buena sumisa”. ¿Y quién es él para decidir si mi sumisa es buena o mala? ¿Quién es él para ir repartiendo carnés de buena o mala sumisa? Sobre todo de alguien a quien sólo conoce por un par de comentarios o correos electrónicos. Por esa regla de tres yo puedo decir que él es un mal dominante, ¿no? Total, tampoco le conozco de nada así que el comentario es totalmente gratuito.

 

4) El borde. Se trata de gente que, al referirse a su propia sumisa, lo hace en un tono irrespetuoso. Esto me hace pensar: “si se comporta así con su propia sumisa, ¿cómo se comportará con la mía?”.

 

5) El “Estocolmo”. El que cree, sin conocerte de nada, que te identificas con él o que eres igual que él. Naturalmente, tarde o temprano hay que dejarle claro que no es así.

 

6) El ciego. Es aquel que no ha querido leer en el perfil del foro de contactos que satin ya tiene Dueño (y mira que está bien clarito) o que sí lo ha leído pero piensa que yo soy gilipollas y él es muy listo. Cuando descubre que el gilipollas ha sido él por pensar que algo así iba a colar, sufre una metamorfosis que le suele transformar en un personaje normal y respetuoso (aunque ya se le ha visto el plumero). Sin embargo, no puede descartarse que la transformación desemboque en un personaje del tipo 7. En fin, de todo ha de haber...

 

7) El psicópata. Es aquel sujeto que, perteneciendo a cualquiera de los tipos anteriores, se pone hecho un energúmeno cuando lo descubres. Realmente desagradable.

 

8) El plato combinado. Lógicamente, existen variantes que son mezcla de los anteriores casos. Por ejemplo, el caso 2 hace buenas migas con los casos del 1 al 6 aunque siente predilección por el 3 y el 4. El caso 5 puede combinarse con los casos 1, 2 y 4… En fin, las variantes pueden ser muchas.

 

Si se os ocurre algún caso que conozcáis y que no hayáis visto en este artículo, no dudéis en escribir un comentario. También se admiten combinaciones de casos ;).

 

Hellcat

Barcelona

2 de febrero de 2006

Relatos: Yo, Vampiro (y VII)

7. Guerra.

Oscuridad y silencio. Aparté la pesada tapa del sarcófago y me incorporé, un poco atontado. Algo raro estaba ocurriendo. Había ruido en mi cabeza. Demasiadas voces.
Intenté concentrarme para poder distinguirlas… Gritos, desesperación, órdenes… y aquella retumbar constante en mi cabeza que me recordaba las noches de borrachera de mi juventud.
De pronto me percaté de que el sonido provenía del exterior. Salí del sarcófago y apoyé una mano en la pared. El sonido venía de allí. Se originara donde se originara, las paredes lo transmitían y convertían en un ruido sordo, molesto.
El sarcófago de Isabelle estaba vacío, como cada noche. Ella se levantaba siempre antes que yo. Moví la piedra que sellaba la estancia donde descansábamos y subí las escaleras del sótano. Mi amada creadora no se encontraba en el palacio, aunque podía sentir su presencia.
Ahora podía oír algunos de los sonidos que antes tan sólo podía detectar mediante mis poderes vampíricos. Algo realmente fuera de lo normal ocurría en la ciudad. Pese a la sed que sentía, decidí salir a la calle para averiguarlo.
Nada más cruzar el umbral, un grupo de soldados estuvo a punto de atropellarme. Se dirigían, con paso apresurado, hacia las murallas.
-¿Qué ocurre, soldado? –pregunté al oficial que comandaba la tropa.
-¡Abrid paso! –contestó él con malos modos, mientras seguía su camino.
La situación debía ser realmente grave. Ahora más que nunca debía saber qué estaba ocurriendo, así que paré a la primera persona que encontré y le hice la misma pregunta que al soldado. El hombre, muy alterado, me miró como si estuviera viendo una aparición. Sin embargo, no me atreví a atribuir esta reacción a mi aspecto –como vampiro que era, mi piel presentaba un aspecto anormalmente pálido. Más bien parecía que los acontecimientos que se estaban desarrollando en Constantinopla eran de tal magnitud que parecía imposible que alguien desconociera qué estaba ocurriendo.
-¿Dónde habéis estado durante todo el día? –preguntó, a su vez- ¿acaso no tenéis ojos y oídos?
-Disculpad mi ignorancia. Mi trabajo me ha tenido ocupado todo el día en el sótano de mi casa y no he podido salir hasta ahora a la calle.
-¡Los Turcos!
-¿Turcos?
-¡Ante las murallas!¡Nos atacan!
-No es la primera vez. Y probablemente no será la última. Las murallas resistirán, como han hecho siempre.
-Eso está por ver –y, antes de que pudiera preguntar la razón de sus dudas, salió corriendo.
Resuelto a averiguar por qué esta vez podía ser diferente, dirigí mis pasos hacia las murallas de la ciudad. Según me iba acercando, aumentaba el número de soldados en las calles y aquel sonido infernal que, no me cabía ya la menor duda, provenía de las murallas. También me llamo la atención el hecho que, durante el trayecto, viera gente que portaba colchones, fardos con ropa y similares, que iban en mi misma dirección.
Me ofrecí a ayudar a una joven que apenas sí podía transportar su carga y la seguí por las escaleras que conducían a los baluartes. Una vez arriba, pude asomarme y ver con mis propios ojos lo que ocurría.
Los turcos habían reunido a un ejército gigantesco. Decenas de miles -quizá incluso más de cien mil- soldados dispuestos a conquistar y saquear la cuidad se encontraban acampados a sus pies.
Sin embargo, lo que más horror me causó fue el descubrir la causa del ruido, ahora ensordecedor, que llevaba atormentándome desde que me había alzado de mi sarcófago. El ejército turco poseía varias bombardas, de diversos tamaños, cuyos proyectiles golpeaban una y otra vez la muralla exterior. Esa era la razón de que los ciudadanos de Constantinopla cedieran sus colchones y cualquier otra cosa que pudiera amortiguar los impactos de las balas sobre la piedra.
Especialmente espeluznante era la visión de una gigantesca bombarda atendida por decenas de artilleros. Aunque su cadencia de fuego era muy baja y a cada disparo sus servidores tardaban un buen rato en ponerla de nuevo en servicio, el estruendo que producía era realmente aterrador, amén de los graves daños que ocasionaba en la muralla exterior de la cuidad.
Aquel hombre tenía razón. Quizá, esta vez, las murallas no resistirían.
Necesitaba ver a Isabelle. ¡Y Claudia! Hacía tan sólo un par de semanas que la había dejado en el Noviciado y nos habíamos visto todos los días desde entonces. Sin duda debía de estar asustada.
Bajé precipitadamente de la muralla mientras me concentraba en la presencia de Isabelle. La llamé con la mente y noté su reconocimiento, pero no obtuve contestación. De todos modos no importaba, pues ya la había localizado y podía ir a su encuentro.
Deseaba moverme a toda velocidad, pero las calles estaban muy concurridas, así que decidí desplazarme por los tejados.
Durante el camino, al llegar a la azotea de una casa abandonada noté dos presencias frente a mí. Me detuve inmediatamente y puse todos mis sentidos en alerta. Los vi casi de inmediato. Se trataba de dos vampiros macho de aspecto juvenil. Ambos debían de estar en la veintena cuando les fue otorgado el Don.
“¿Qué queréis?”, inquirí.
“A ti”, respondió uno de ellos.
Enseguida comprendí de qué iba todo aquello.
“Os ha enviado Arlén para matarme”.
El que había hablado sonrió y, sin decir nada más, se lanzó contra mí a gran velocidad. Yo hice lo mismo, abalanzándome contra él. Sin embargo, en el último instante, cuando parecía que ambos íbamos a chocar, le esquivé y, sin aminorar mi velocidad, me dirigí hacia el otro vampiro. Mudo de asombro ante mi inesperada reacción, apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que le rompiera el cuello de un fuerte golpe. Entonces me giré rápidamente y encaré al que quedaba.
“Arlén os ha enviado a la muerte”, mascullé.
Lejos de arredrarse ante lo que le había ocurrido a su compañero, se dirigió hacia mí para atacarme. Sin embargo not me costó mucho deshacerme de él. Lo dejé tumbado en el suelo de la azotea, con la columna vertebral rota y gimiendo de dolor.
Entonces bajé a la calle y me hice con una antorcha. Cuando volví, ambos vampiros intentaban alejarse de la azotea, pero sus cuerpos maltrechos se lo impedían.
“¿Dónde está Arlén?”, le pregunté a uno.
“En vez de preguntar por nuestra Señora, deberías preocuparte por la ramera que te creó”, contestó.
“¿Isabelle?”, pregunté, alarmado. “¿Qué le ha ocurrido? ¿Dónde está?”. Intenté contactar de nuevo con su mente. Pero me fue imposible. De igual forma que me había ocurrido antes, podía notar su presencia, pero era incapaz de hablar con ella. Sin duda, alguien estaba interfiriendo. “Si le ha ocurrido algo…”
“¿Tú qué?”, se rió el vampiro. Era increíble la insolencia con la que se dirigía a mí, sobretodo teniendo en cuenta la situación en la que se encontraba. “Tú no eres nada. Nuestra Señora tiene un objetivo más importante que tú. Y esa furcia que te creó es el señuelo”.
“¿Nafir?”, pregunté.
“No deseo hablar más contigo. No eres digno de mí. Ni siquiera deberías existir. El Consejo debería haber votado tu destrucción”
Harto de tanto desprecio, acerqué la antorcha a las ropas de aquel desgraciado y les prendí fuego. Al poco rato su cuerpo, aún en el suelo, estaba completamente envuelto en llamas.
Me dirigí hacia el otro vampiro y comencé a acercarle la antorcha poco a poco.
“Bien, ya has visto lo que le ha ocurrido a tu compañero. Espero que tú seas un poco más cooperativo o tendré que aplicarte el mismo tratamiento”.
“¡No, espera!”.
“No tengo tiempo de esperar”.
“¿Si te digo lo que sé me perdonarás la vida?”
“Sí”.
“Está bien. Tenemos a tu creadora. Le tendimos una emboscada”.
“¿Arlén estaba con vosotros?”.
“Sí, estaba. Sin su ayuda nos habría sido difícil tenderle la emboscada. Es más poderosa de lo que pensábamos. Éramos bastantes, pero aún así mató a varios de los nuestros. Sé Donde está, te puedo conducir hasta ella”.
“No es necesario. Ya tengo toda la información que buscaba”. Acerqué la antorcha de nuevo a su cuerpo.
"¡Me prometiste que me perdonarías la vida!”, gritó él, aterrado, ante la presencia del fuego.
“Mentí”. Al poco rato, el cuerpo del otro vampiro también estaba envuelto en llamas.
Solté la antorcha y aceleré todo lo que pude en dirección a la presencia que señalaba la posición de Isabelle.
Decidí comunicar a Taiel lo que había ocurrido: mi encuentro con los dos vampiros y el secuestro de Isabelle, cuyo objetivo era atraer a Nafir. La venganza de Arlén se había puesto en marcha. La guerra había comenzado.
“Voy a buscar a Isabelle”, le dije a Taiel tras explicarle los hechos.
“No, espera. No debes ir solo. Sería demasiado peligroso. Convocaré a varios de los nuestros y te acompañaremos”.
“No puedo esperar, Taiel. Debo encontrarla y hacer lo que pueda para ayudarla”.
“Lo sé”.
“Reúne a cuantos puedas y acude tan pronto como sea posible al lugar que te transmitiré. ¿Has visto a Claudia?”.
“No te preocupes, está bien. Los turcos tardarán en poder entrar en la ciudad y ella estará segura aquí. Buena suerte, Esaú”.
“Gracias. Creo que voy a necesitarla”.
Mis sentidos me indicaban que Isabelle se encontraba en uno de los almacenes del puerto. Me dirigí hacia la zona, pero me detuve antes de divisar el edificio para sondear con mi mente los alrededores.
No detecté a ningún vampiro en las inmediaciones. Sin embargo, había varios dentro del almacén. Al parecer, Arlén no era tan lista como creía. Ella sabía perfectamente que, si me libraba de los dos vampiros que había enviado en mi busca, iría directamente a enfrentarme con ella. O quizá fuera que se sentía tan segura de su victoria que no había considerado necesario el situar vigilancia fuera del edificio. En todo caso, tenía el camino libre para entrar.
Me desplacé hasta el tejado del almacén y sondeé el interior. Noté la presencia de cinco vampiros. Uno de ellos era Isabelle. También estaba Arlén. No conocía a los otros tres. Seguramente ellos también habían notado mi presencia. Debía actuar rápidamente.
Había una trampilla que permitía acceder al tejado desde el interior del edificio. Sin embargo, pensé que sería mejor entrar por un lugar menos evidente. Reuní todas mis fuerzas y, con un fuerte golpe de mis pies sobre las tejas, atravesé éstas y la cobertura de madera que las soportaba, cayendo sobre el piso del almacén.
Pese a la oscuridad que reinaba en el interior y al polvo y los restos de materiales de construcción que arrastré en mi caída, no necesité que mi vista se adaptara. Arlén estaba frente a mí. Noté que sus tres seguidores estaban a mi espalda. Pero lo que consiguió turbarme fue la visión de Isabelle. La habían desnudado y atado por las muñecas y los tobillos, mediante cadenas, a un bastidor metálico con forma de letra “pi”. De este modo su cuerpo había sido forzado a adoptar una forma de X que lo hacía totalmente accesible. Marcas rojas, que sólo podían haber sido hechas con un látigo o algún objeto similar, cruzaban su cuerpo. Sus pechos, su cintura, sus piernas… todo su cuerpo había sido cruelmente azotado. Como prueba irrefutable, de un gancho situado a un costado de la estructura metálica, colgaba un látigo enrollado.
No podía alcanzar a imaginar qué clase de poder tenía Arlén para haber podido obligar a Isabelle a permanecer en esa postura mientras era azotada. Si Arlén era tan poderosa, ¿qué podía hacer yo solo contra ella?. Intenté apartar estos pensamientos de mi mente para evitar que fueran captados por Arlén y los suyos.
“Esaú…”. Aunque la voz de Isabelle sonaba firme, estaba claro que debía de haber sufrido mucho. Aunque yo podía encargarme de los otros tres vampiros, no podía estar seguro de si Isabelle estaría en condiciones de combatir contra Arlene. Quizá lo más prudente sería esperar a la llegada de Taiel.
“Finalmente has venido”, dijo Arlén.
“He venido a matarte”, respondí. Arlén rió.
“Esaú, debes irte”. Las palabras de Isabelle me habían sorprendido.
“No voy a dejarte aquí. No puedo dejarte”.
“Por favor, Esaú. Si me amas, vete”.
“Una escena realmente conmovedora”, dijo Arlén en tono burlón. “La zorra de tu creadora y yo hemos estado charlando un rato”, continuó. “Las marcas que ves en su cuerpo tan sólo han sido una pequeña parte de una conversación realmente interesante en la que hemos recordado los viejos tiempos”.
“¿Cómo has podido mantenerla encadenada?”, pregunté con rabia. “¿Qué poder infernal has usado?”.
“Tengo muchas habilidades. Pero no son más infernales que las tuyas. Tan solo diferentes”. Arlén avanzó hasta donde se encontraba Isabelle y rodeó su cintura con un brazo. “Pero no estamos aquí para hablar de mis poderes. Estamos esperando a alguien. Un invitado realmente especial. Por cierto, he enviado a varios vampiros para que entretengan a Taiel y sus aliados. De esta forma me aseguraré de que no seamos molestados”.
La cosa iba realmente mal. La ayuda que estaba esperando no iba a llegar. Probablemente a estas horas ya estarían luchando para sobrevivir. Pensé en contactar con Taiel para conocer lo que estaba ocurriendo, pero decidí no hacerlo. Si Arlén captaba la comunicación, podía tomarlo como un signo de temor por mi parte.
“¡No me toques, perra!”, exclamó Isabelle. “Este es un asunto entre tú y yo. Él no tiene nada que ver.
“Oh, no, querida. Te equivocas… Tu discípulo tiene mucho que ver en todo esto”. Arlén abofeteó a Isabelle. “Y no vuelvas a insultarme”, añadió, “o probarás de nuevo el látigo”.
“No sé qué pretendes con todo esto, Arlén, pero no conseguirás tu propósito”.
“Eso ya lo veremos. De momento voy a darte algo en lo que pensar… ¿alguna vez le has preguntado a nuestra amiga por qué te salvó? Hace ya mucho tiempo que te sugerí la cuestión, pero por lo que veo, no le has dedicado el tiempo que requería”.
Sus palabras despertaron en mí un recuerdo. Pregúntale por qué te salvó. Esas fueron las palabras que oí en mi cabeza hace ya mucho tiempo tras la reunión del Consejo que aceptó mi existencia como vampiro después de que Isabelle asumiera toda la responsabilidad por mis actos. Seguramente Arlén pensaba que si cometíamos algún error ella podría llevar el caso de nuevo ante el consejo, desacreditar a Isabelle y conseguir que aceptaran mi destrucción.
“Fuiste tú…”.
“Ciertamente. ¿Y bien? Ahora que estamos los tres reunidos creo que es un buen momento para resolver la cuestión, ¿no te parece?”.
“No la escuches, Esaú. Sólo quiere enfrentarnos”, dijo Isabelle.
“No voy a seguirte el juego, Arlén. Ya le hice esa pregunta al poco tiempo de otorgarme el Don”. Ella rió.
“Esaú, cuando digo que le preguntes por qué te salvó, me refiero a que le preguntes por qué te salvo… realmente”.
Giré la cabeza para mirar a Isabelle y de nuevo a Arlene.
“No comprendo…”.
“Lo sé. Nunca lo has comprendido. Pero ya va siendo hora de arrojar un poco de luz sobre este asunto, no crees?”.
“¡No, maldita puta! ¡No la escuches, Esaú! ¡Sólo te dirá mentiras para vengarse! Es lo único que pretende!”
“¡Te dije que no volvieras a insultarme!”, Arlén parecía furiosa. En un rápido movimiento cogió el látigo, lo desenrolló y se dispuso a azotar a Isabelle.
Tan rápida fue su reacción que me habría sido imposible hacer nada por evitar el primer golpe. Sin embargo, antes de que el látigo tocara la pálida piel de mi creadora, un ser hizo aparición, como surgido de la nada, e interpuso su brazo en el camino del látigo, haciendo que éste se enrollara alrededor de su antebrazo. A continuación, de un fuerte tirón, arrebató el látigo a Arlén.
Tuve que alzar la vista para poder mirar a la cara de aquel hombre que, sin duda, era un vampiro. Sin embargo, una capucha le cubría la cabeza y parte del rostro, de modo que sus facciones permanecían ocultas. La capa de la que formaba parte la capucha disimulaba sus formas, aunque podía adivinarse la corpulencia de su cuerpo. Su mente permanecía totalmente cerrada. Por eso no habíamos podido detectar su presencia.
“Nafir…”, murmuró Isabelle.
El corazón me dio un vuelco. ¡Era Nafir, el creador de Isabelle! Por fin iba a conocerlo. Tenía tantas preguntas que hacerle…
“Yo no te enseñe a comportarte así, Arlén”, su voz era grave, poderosa.
Por primera vez desde que la había conocido, parecía como si Arlén hubiera perdido su arrogancia.
“¿De qué te sorprendes? Me estabas esperando, ¿no es cierto? Pues bien, ya estoy aquí”.
En aquel instante, los tres vampiros que acompañaban a Arlén se abalanzaron sobre él, quizá creyendo que su líder estaba en peligro al contemplar su actitud ante la aparición de aquel extraño vampiro. Pero antes de que ninguno de ellos lograse siquiera rozar su capa, cayeron al suelo envueltos en llamas entre terribles gritos de agonía sin que aparentemente nada ni nadie los hubiera tocado. Las dos mujeres y yo asistimos al macabro espectáculo paralizados por la impresión.
“Ya veo”, habló Nafir dirigiéndose a Arlén, “que no has sabido enseñarles modales a tus seguidores”.
“No eres tú el más capacitado para hablar de modales después de lo que me hiciste”.
“Yo no te hice nada”. Nafir avanzó hacia Isabelle y comenzó a romper las cadenas una a una. Arlén no lo impidió.
“¡Me abandonaste!”.
“Nunca te prometí nada”.
Isabelle, ya libre, se abrazó a Nafir. Al verlo sentí una punzada de dolor en el pecho. Pero me dije a mí mismo que era una reacción normal. Al fin y al cabo Nafir la había creado y hacía muchísimos años que no le veía.
“Y en cuanto a ti, pequeña”, dijo acariciando el cabello de Isabelle y dulcificando la voz “pensé que si me alejaba acabarían las disputas y tú estarías a salvo. Pero veo que me equivoqué y que el odio de Arlén no sólo no se ha extinguido sino que ha cobrado fuerza con los años”.
Entonces Nafir se quitó la capa y cubrió con ella el cuerpo desnudo de Isabelle. Fue este simple gesto de caballerosidad el que hizo que mi mundo se desmoronara. Al mirar a Nafir a la cara obtuve la respuesta a la cuestión que Arlén me había formulado hacía tanto tiempo y que me había vuelto a plantear hacía tan solo unos momentos. ¡Su parecido conmigo era realmente asombroso! De hecho podríamos haber pasado por hermanos. Así, ¿eso era lo que realmente había entre Isabelle y yo? ¿Me otorgó el Don simplemente porque me parecía físicamente a su amado? Me sentí desfallecer. Un sustituto. Tan sólo fui eso... un miserable sustituto de alguien que la había abandonado.
Tanto Arlén como Isabelle se dieron cuenta enseguida, por la expresión de mi rostro, de los pensamientos que cruzaban mi mente. La cara horrorizada de Isabelle mostraba que sufría por mí, por el daño que me estaba causando al no haberme contado la verdad. Pero no me importaba. La rabia de la traición había vuelto mi corazón de piedra.
Por su parte, Arlén sonrió, triunfante. Su venganza, si no completa, se había cumplido en gran medida, pues había conseguido dañarnos en lo más profundo tanto a Isabelle como a mí.
Comprendí que mi presencia estaba de más. En aquel edificio no había nadie que mereciera mi compañía y mi lealtad. Ya no. Sin pronunciar palabra, proyecté mi cuerpo hacia el agujero que había hecho en el techo al entrar y comencé a alejarme de allí.
“¡Esaú, vuelve! Te lo ruego…Te explicaré…”, era la llamada de Isabelle.
Mientras aumentaba la distancia que nos separaba, su voz aún me perseguía, llamándome.
“Esaú… por favor...”.
No respondí.


EPILOGO

Me dirigí rápidamente hacia el Noviciado. Debía abandonar la ciudad, pero no sin mi Claudia. Ahora ella era lo único que tenía. Juntos empezaríamos de nuevo en otro lugar alejado de aquellas tierras.
Según me acercaba al Noviciado, presentí lucha. No provenía de la dirección de las murallas sino del propio edificio. Había vampiros luchando.
Saltando desde el edificio contiguo llegué hasta la ventana de la habitación de Claudia. Para mi alivio la encontré allí, acurrucada en un rincón y asustada, junto a Kirios y Annel.
-¡Amo!-gritó saltando sobre mí para abrazarme.
-Prepárate, pequeña. Nos vamos de aquí.
-Perdone, Señor –intervino Kirios- ¿Sabe donde está nuestra Ama? Estamos preocupados por ella.
-Ella está bien.
-¿Cómo es que no ha venido ella con Usted para buscarnos?
Mi primer impulso fue el de responder de forma brusca, pero conseguí contenerme a tiempo. Al fin y al cabo ellos no tenían culpa ninguna de lo que había pasado.
-Eso deberéis preguntárselo a ella cuando venga.
-¿Cuándo nos vamos, Amo? –preguntó Claudia.
-Cuanto antes mejor. Recoge tus cosas y espérame aquí. Yo voy a bajar.
-Tenga cuidado, Amo.
-No te preocupes.
En las escaleras me encontré con dos vampiros. Les conocía. Eran amigos de Taiel.
“¿Dónde está Taiel?”.
“Aún está combatiendo. La victoria ya es nuestra pero un par de los enviados de Arlén aún se niegan a rendirse”, contestó uno de ellos.
“Nosotros hemos subido para asegurarnos de que los humanos estén bien”, intervino el otro. Nos saludamos y siguieron su camino.
Noté que el edificio presentaba varios daños a causa de los combates. Puertas arrancadas, impactos en las paredes, muebles destruidos…
No me costó dar con Taiel. Cuando lo encontré, la batalla ya había terminado. De los dos vampiros quedaban, uno había sido destruido y el otro, al verse sólo, se había visto obligado a rendirse.
“¡Esaú!”, dijo Taiel nada más verme. “Supe que venías hacia aquí. Menos mal que estás bien. ¿E Isabelle?”.
“Ella también está bien. Veo que os han dado trabajo”.
“Sí, no ha sido fácil vencerlos. Había algunos realmente poderosos. Por desgracia, la historia se ha repetido”.
“Debéis abandonarla ciudad antes de que los turcos la tomen. Las murallas no resistirán mucho el fuego de las bombardas”.
“Estamos esperando que los humanos sena recogidos por sus Amos, aunque me temo que, después de los combates, algunos ya no tienen Dueño”. Hizo una pausa que pretendía remarcar la gravedad de los hechos. “¿Tú te vas ya?”.
“Sí. Recogeré a Claudia y me iré”.
“Entiendo”.
“Tú lo sabías todo”.
Taiel bajo la cabeza, visiblemente apesadumbrado.
“Desconocía la historia completa, pero había visto a Nafir cara a cara y podía imaginarme el resto”.
“No te culpo por no habérmelo dicho. No era asunto tuyo”.
“Gracias por entenderlo”.
Me despedí de Taiel y volví al piso de arriba, donde Claudia me esperaba en el pasillo ya preparada para acompañarme fuera de la ciudad.
-¿Vamos?
-Sí, Amo.
La tomé por la cintura y abandonamos el edificio por la azotea para evitar ser vistos. Saltando de tejado en tejado nos dirigimos hacia el Bósforo. No sabía si podría cruzarlo, pues nunca había intentado saltar tanta distancia. Sin embargo, mediante un gran salto, conseguí llegar a la otra orilla. Tras alcanzar el barrio genovés de Gálata, salté la muralla y salimos de la ciudad.

FIN... o no...

Hellcat
Barcelona
19 de enero de 2006


NOTA DE HELLCAT: En la época en que se ambienta este capítulo –año 1453-, Constantinopla era tan solo una sombra de la magnífica ciudad que había sido siglos antes. Muchos de sus barrios estaban deshabitados y los magníficos recursos artísticos y económicos que tenía la cuidad habían desaparecido durante el saqueo de la Cuarta Cruzada, en 1204.
Me he tomado ciertas licencias históricas a la hora de realizar este y otros capítulos por falta de tiempo, para no extenderme en demasía y para hacerlo más ameno.
Por todo ello, me disculpo ante mí mismo y ante los lectores.

¡Cincuenta mil visitas desde el cuatro de febrero de 2004!

Bueno, quién lo iba a decir: cincuenta mil visitas, y subiendo, jeje. Pero a ver si ponéis algún comentario en los artículos, ¿eh? Que hay que darle vidilla al blog :P.
El ranking de países desde los que nos visitáis es, de más a menos:

España, México, Argentina, Estados Unidos, Chile, Alemania, Colombia, Perú, Venezuela, Uruguay, Italia, Reino Unido, Francia, Portugal, Brasil ,Países Bajos, Bélgica, Suecia, Canadá, Puerto Rico, Andorra, Ecuador, Suiza, Japón, Guatemala, Panamá, Bolivia, República Dominicana, Costa Rica, Dinamarca, Luxemburgo, Austria, Australia, El Salvador, Israel, Polonia, Kenia, Grecia, Cuba, Arabia Saudí, República Checa, China, Rusia, Paraguay, Nueva Zelanda, Emiratos Árabes Unidos, Noruega, Finlandia, Nicaragua, Taiwán, Turquía, Irlanda, Kuwait, Corea del Sur, Sudáfrica, Ucrania, Serbia y Montenegro, Malta, Rumania, Lituania, India, Hungría, Tailandia, Argelia, Eslovenia, Marruecos, Barbados, Moldavia, Brunei, Malasia, Letonia, Bielorrusia, Sudán, Namibia, Bulgaria, Bahrein, Islandia, Hong Kong, Gibraltar, Irán, Omán, Pakistán, Croacia, Eslovaquia, Cabo Verde y Senegal.

Pues eso, muchas gracias por leernos y, aunque sea con algunos días de retraso, feliz año 2006 a todos.

Pensamientos: ¡Feliz Navidad!

Pues eso mismo: os deseo a todos una feliz Navidad. Y no hagáis muchos excesos con la comida estos días, ¿eh?. Que luego estas cosas pasan factura...
Sed buenos... aunque no demasiado :P.

Artículos sobre BDSM: Fiesta del tercer aniversario del Club Rosas 5

Ayer tuvo lugar la fiesta del tercer aniversario del Club Rosas 5, a la que asistí, esta vez, sin satin debido a que estaba malita (pobesita, un bechitu).
Hacía ya varios meses que no iba al club, aunque no dudaba de que la afluencia de gente en fecha tan señalada sería importante. Y, efectivamente, las previsiones se cumplieron.
Como sucede siempre en estos eventos, el local se quedó pequeño, de lo cual debemos congratularnos pues cada vez es más la gente que se interesa por el BDSM.
El único punto negativo de este aspecto de la velada (daños colaterales, que dirían los americanos, Wink) fue, quizá, el humo del tabaco, lo que hizo que en algunos momentos, a los no fumadores nos costara, literalmente, respirar, especialmente en el piso superior.
La noche transcurrió entre juegos en la mazmorra, conversaciones, bromas... En definitiva, todo lo que una fiesta de aniversario debe tener y donde, una vez más, el buen rollo estuvo presente en todo momento.
Felicitaciones al Clubmaster en particular y a todos los asistentes en general. Y, como no, mis mejores deseos para el Club. Ojalá podamos asistir aún a muchas fiestas como esta.

Pensamientos: Hoy es mi cumpleeeeeeeeee!!!!!

Pos sí, hoy ha sido mi cumple y casi me da miedo decir la edad que tengo ya… así que mejor no la digo, jaja.
Bueno, ¿adivináis quién ha sido la primera persona en felicitarme? Pos quién va a ser. Mi perrita satin, que me felicitó exactamente a las 00:02 horas de hoy, jeje.
Aps, y además me ha hecho un regalo muy chulo, ¿eh? Me ha invitado a cenar en un restaurante pijo junto a la playa. El local estaba muy bien ambientado y veíamos la playa. Y la comida estaba muy buena.
En fin, ya se acaba el día, y me lo he pasado muy bieeeeeeeeeen. Gracias, perrita :*****.

Artículos sobre bdsm: Amo bueno, Amo malo

Todos aquellos que hayan leído mis artículos y comentarios en este y otros blogs sabrán que defiendo encarecidamente la opinión de que cada uno vive y entiende el bdsm a su manera y que ninguna forma de entenderlo es mejor o peor que otra, siempre que se cumpla la regla SSC.
Por lo tanto, debo decir que no entiendo el concepto que algunos defienden sobre la existencia de buenos o malos Amos, o buenas o malas sumisas. ¿Buenos o malos en función de qué? ¿Comparados con qué? En el mundo del bdsm no existe ningún marco de referencia absoluto por el cual nos podamos guiar. No hay una marca a partir de la cual uno pueda ser considerado “bueno” o “malo”.
Os pondré un ejemplo. ¿Podemos decir que un objeto situado a diez metros de altura está alto? Bueno, eso viene a ser como unos tres pisos de altura. Desde luego no es, por ejemplo, una caída agradable. Así que podemos considerar que sí que está alto. ¿Y un objeto situado a mil metros de altura? La respuesta, evidentemente, es que sí que está alto. Ahora bien, el hecho de tener un objeto a mil metros de altura hace que el que está situado a diez metros esté bajo? Bueno, antes ya hemos dicho que no. Entonces, ¿cómo se entiende esto? Pues bien, la respuesta es que el objeto situado a diez metros de altura está MÁS BAJO, que el que está situado a mil metros, pero eso no significa que esté situado BAJO. No existe un marco de referencia absoluto por el que podamos decir que algo está alto o bajo. Sólo podemos hacer comparaciones tomando como marco de referencia relativo la altura de otros objetos.
Trasladando esto al mundo del bdsm, imaginemos que un Amo X azota a su sumisa X con una fuerza y frecuencia determinadas y que otro Amo Y azota a su sumisa Y con menos fuerza y frecuencia*. ¿Acaso el Amo X es mejor Amo por azotar más fuerte y más a menudo? Quizá debería preguntarse si eso es lo que su sumisa espera de él. Quizá a la sumisa X lo que le gustaría es que su Amo practicase más bondage con ella en vez de azotarla tanto. Recordad que el diálogo es siempre fundamental.
La conclusión que saco de todo esto es que UN BUEN AMO ES AQUÉL QUE SATISFACE LAS NECESIDADES DE SU SUMISA. Y, del mismo modo, UNA BUENA SUMISA ES AQUÉLLA QUE SATISFACE LAS NECESIDADES DE SU AMO. Así de sencillo.
“Ah –dirán algunos- pero es que el Amo debe mostrarse inflexible y, si bien su sumisa no desea ser azotada, debe hacerlo, aunque sea de forma simbólica”. De acuerdo, es una posición aceptable… siempre y cuando se cumpla la regla SSC y, además de azotarla, el Amo también intente satisfacer la afición de la sumisa por el bondage. De esta forma, ambos habrán cedido parte de terreno para satisfacer las necesidades de la otra parte sin que nadie haya salido dañado, y todos contentos.
“Pero –dirán otros-, ¿por qué hacerlo de forma simbólica? ¿Acaso no soy yo el Amo? Lo que ésta sumisa necesita es mano dura y no que me ande con tonterías. Ella está para servirme y la azotaré todo lo fuerte que me plazca”. Bueno, en ese caso volvemos al tema de siempre. Si la sumisa está de acuerdo con esta postura y se cumple la regla SSC, los demás podremos estar de acuerdo o no con la sumisa, pero es su elección y debemos aceptarla. Ahora bien, el problema viene cuando no es consensuado y/o no cumple la regla SSC y, por lo tanto, ya no es BDSM. Ya escribí una vez que lo que algunos Amos necesitarían es un tratamiento para su complejo de inferioridad. Y desde luego lo sigo pensando.
Resumiendo, siempre que se cumpla la regla SSC, no creo que nadie sea mejor o peor que nadie por tener su particular visión del BDSM. Y, en todo caso, me quedo con la conclusión a la que he llegado antes sobre cómo saber quién es un buen Amo o sumisa.
Pero bueno, esta es sólo mi opinión.

* Lo siento, soy de ciencias. Se nota, ¿no? Jajaja.

Hellcat
Barcelona
28 de febrero de 2005

Relatos: Yo, vampiro (V)

5. Preparativos.

Los años siguientes fueron tranquilos, hasta el punto de instalarnos en una cómoda rutina nocturna. Noche tras noche, nos levantábamos de nuestros sarcófagos sedientos de sangre, cazábamos alguna presa y, a continuación, recorríamos la ciudad disfrutando de los placeres que nos ofrecía la noche. Asistíamos a alguna fiesta nocturna en alguno de los múltiples palacios de la ciudad, o bien íbamos al Noviciado, donde podíamos divertirnos con Kirios y Annel.
Después, al retornar a nuestro hogar, Isabelle y yo hacíamos el amor una y otra vez hasta que las primeras luces del alba nos empujaban a refugiarnos en nuestros sarcófagos de nuevo.
Aún hoy en día mi cuerpo se estremece de placer al recordar el contacto de nuestra piel, mis manos acariciando sus senos. Sus gemidos y mi nombre susurrado por sus labios, llenando mi mente. Jamás conocí mujer, mortal o inmortal, como Isabelle.

Con el transcurso del tiempo, mis poderes iban aumentando. Tras más de tres siglos de inmortalidad, podía medirme ya en igualdad de condiciones casi con cualquier vampiro. Practicaba a menudo con Isabelle. Tanto la lectura de mentes y la telepatía, como la fuerza física, eran poderes comunes a todo vampiro. Sin embargo, existían otros poderes que sólo dominaban ciertos grupos de vampiros, sobre todo si esos grupos estaban relacionados por vínculos de sangre, tal y como ocurría con Isabelle y conmigo.
Nuestro poder más remarcable era la prodigiosa velocidad a la que podíamos desplazarnos. Junto con nuestra gran capacidad para dar saltos y trepar por paredes, podíamos dar la sensación casi de poder volar. Isabelle había heredado este poder de Nafir. Y yo, a mi vez, lo había heredado de ella.
Pero, ¿qué otros poderes existían? Isabelle solía explicarme que había vampiros capaces de volverse prácticamente transparentes. Estos se habían esforzado en desarrollar también la capacidad para levantar barreras mentales de forma que no pudiera detectarse su presencia. De ese modo eran, a todos los efectos, invisibles. Otros –lo había podido comprobar por mí mismo durante la primera reunión del Consejo a la que asistí- podían mover objetos con la mente. Incluso se decía que había algunos capaces de adoptar figuras animales… En definitiva, el abanico de poderes era muy amplio.

En todo ese tiempo también asistimos a varias reuniones del Consejo. Desde la primera, todas habían transcurrido en calma. Sin embargo, un día, al salir de una de ellas, Taiel nos hizo una seña para que le esperásemos en su despacho.
Mientras nos dirigíamos hacia allí, le expresé a Isabelle mi extrañeza por la situación.
“¿Qué querrá decirnos?”.
Isabelle suspiró.
“Creo saberlo”.
“¿Qué quieres decir?”.
“Arlén”.
“¿Arlén? ¿Qué tiene ella que ver?”.
“Esaú, temo que Arlén esté preparándose para una guerra”.
“¿Una guerra? ¿Pero cómo puede ser? Desde el Consejo en el que me presentaste no hemos tenido ningún problema. Todo ha transcurrido con normalidad”.
“Precisamente. Conozco a Arlén. Tratándose de ella, la calma es la peor de las señales. Temo que durante estos años se haya dedicado a captar adeptos para su causa”.
“¿Con el fin de destruirnos?”
“Con el fin de destruir todo lo que tenga que ver con Nafir”.
“Entonces, ¿crees que deberemos enfrentarnos a ella?”.
“Me temo que tarde o temprano no nos quedará otro remedio”.
“Bien, pues demos nosotros el primer paso. Acabemos con ella antes de que empiece la guerra”.
“No”.
“¿No? ¿Por qué no? La cogeríamos por sorpresa. Ella no espera que demos el primer paso”.
“Esaú, tú no lo entiendes… yo no daré el primer paso… no esta vez”.
“¿Esta vez?”.
Isabelle suspiró.
“Hay algo que no te he contado… La otra vez, en la guerra…”
“Espera. Me contaste que la guerra la provocó Arlén ¿Acaso no es así?”.
“Sí, sí, fue Arlén. Pero… la primera en atacar fui yo”. Calló durante unos instantes y me miró con sus preciosos ojos. Luego continuó hablando. “Cuando tuvimos la certeza de que la guerra era inevitable yo le dije a Nafir que debíamos atacar primero. Él se opuso. Dijo que no quería ser recordado como aquél que empezó una guerra –la única que ha habido hasta ahora- entre vampiros. Yo le presioné. Él respondió que esperaríamos… y yo le desobedecí”.
“¿Hiciste eso?”.
Isabelle asintió. “Arlén ya era por aquel entonces una vampiresa muy poderosa. Y yo tenía miedo por Nafir. Por supuesto, sus poderes también eran impresionantes, pero yo no quería que corriera ningún peligro. Sabía que no podría acceder a Arlén puesto que estaría rodeada de una guardia que la protegería. Eso sin tener en cuenta que mis poderes, por aquel entonces, no podían compararse a los suyos. Pero sí podía dar caza a alguno de sus adeptos y debilitar su facción. Y eso es lo que hice. Una noche salí en busca de ellos… y maté a dos. Fue una imprudencia y una temeridad por mi parte… y dio la excusa a Arlén para legitimar la guerra”.
“Pero ganasteis, ¿no es así?”.
“Oh, sí, ganamos. Claro que ganamos”. Isabelle sonrió amargamente. “Pero desde entonces no dejo de pensar que quizá, y sólo quizá, aún había alguna posibilidad de evitar la guerra. Y que mi acto lo impidió y nos lanzó hacia una carnicería”.
Isabelle calló y yo permanecí meditando unos segundos. ¿Isabelle entristecida por haber causado una guerra? Podía entenderlo hasta cierto punto pero… ¡era Isabelle! No podía ser que aquello le hubiera afectado tanto. Sobre todo teniendo en cuenta que ella misma me había dicho que la guerra era ya inevitable cuando ella destruyó a aquellos dos vampiros. Había algo más.
“Hay más, ¿no es cierto? No creo que estés así porque causaras la guerra. Hay algo más que te atormenta y que es la verdadera razón de que te arrepientas de lo que hiciste”.
“Veo que tu agilidad mental crece pareja a tus poderes”, dijo, sonriendo. “Es cierto que hay algo más…”.
“Y tiene que ver con Nafir”, la interrumpí.
Ella asintió.
“¿Crees que Nafir te abandonó por eso? ¿Por no haberle obedecido? ¿Por haber dado el primer paso a pesar de su deseo de dejar que Arlén atacara en primer lugar?”.
“Creo que le decepcioné. Que no estuve a su altura. Y por eso se fue de mi lado. Me repudió”.
Moví la cabeza para señalarle que no estaba de acuerdo con ella. “Eso no puedes asegurarlo. Después de tanto tiempo habiendo estado con él no creo que se hubiera ido sin haberte dicho nada. El te amaba, ¿no es así?”.
“Sí, me amaba”.
“Entonces no creo que se fuera por ello. No le decepcionaste. Simplemente se fue por alguna otra razón que desconoces”.
“Esaú”, Isabelle me miró fijamente a los ojos, “no repitas la historia. No des el primer paso. El recuerdo seria demasiado doloroso”.
“Si lo hiciera, ¿me abandonarías tú?”, pregunté, alarmado.
Ella me acarició la mejilla con el dorso de la mano. “No”.
Cogí su mano con la mía y la apreté contra mí. “Eres mi creadora y mi amante. No quiero decepcionarte. No daré el primer paso”.
Isabelle sonrió de nuevo. “Gracias, Esaú”.

Cuando Taiel llegó, quedó claro que, fuera lo que fuera lo que nos iba a decir, era un asunto serio, puesto que su semblante distaba mucho de reflejar la jovialidad con la que siempre nos recibía y que le había hecho popular entre los vampiros de Constantinopla.
“Perdonad que os haya hecho esperar, pero me temo que tengo malas noticias. No sé cómo decirlo…”.
“Continúa. Creo que sé a qué te refieres”, dijo Isabelle.
“Hace ya tiempo que oigo rumores de que Arlén está preparándose para…”.
“¿Atacarnos a Esaú y a mí?”.
“Eso me temo. No os había dicho nada antes para no alarmaros sin necesidad. Pero he estado indagando y me consta que los rumores son ciertos”.
“Es lo que pensaba yo. Demasiada calma durante todo este tiempo”.
Dirigiéndose aún a Isabelle, Taiel le preguntó “¿Te ves con fuerzas?”
“Puedes hablar libremente. Mientras veníamos hacia tu despacho le he contado a Esaú lo que sucedió en la anterior guerra”.
“Ya sabes que yo nunca te he reprochado nada. Y muchos otros piensan como yo. Tu reacción fue perfectamente lógica. Aunque no hubieras hecho nada, la guerra era inevitable. Y, por desgracia, creo que esta vez también lo es”.
“Ojalá hubiera alguna forma de arreglar esto e impedirla”.
“Pero vosotros sois vampiros muy poderosos”, intervine yo. “¿Por qué dudáis?”.
“Dudamos porque estuvimos en la anterior guerra y no deseamos otra”.
“Yo también he estado en guerras, y digo que luchemos”.
Isabelle movió la cabeza. “No es lo mismo, Esaú. Para nosotros, los vampiros, la muerte significa algo muy distinto a lo que puede significar para los mortales”.
“No te entiendo”.
“Los vampiros somos una aberración en el orden natural de las cosas. No deberíamos existir, puesto que estamos al margen de todo y todos. Los mortales viven con la esperanza de la existencia de una vida tras la muerte. Pero, ¿qué esperanza nos queda a nosotros? Para los vampiros la perspectiva de la muerte es aún más terrible que para los mortales, pues tras haber vivido tanto tiempo y haber saboreado las sensaciones que nos proporciona nuestra naturaleza vampírica, la idea de vernos reducidos a la nada es una idea terrible”.
“Comprendo lo que dices y comparto tu opinión. Pero si la guerra es inminente, entonces todas esas consideraciones quedan fuera de lugar. Si no podemos evitar la guerra, luchemos para ganar y conservar nuestra inmortalidad”.
“Me temo”, dijo Taiel, “que es lo que tendremos que hacer”.
La reunión tocó a su fin tras acordar que, tanto Taiel como Isabelle, comenzarían a entrevistarse con aquellos vampiros que prestaron su ayuda a Isabelle en la anterior guerra o con cualquier otro que tuviera alguna cuenta pendiente con Arlén para comunicarles la situación.

A partir de ese día, nuestras salidas nocturnas perdieron la mayor parte de su componente lúdico y se centraron en la tarea que teníamos por delante: captar al mayor número posible de vampiros que quisiera unirse a nosotros para enfrentarse a Arlén y sus seguidores.
Visitamos a muchos vampiros. Algunos antiguos como el tiempo y otros más jóvenes. Pero todos más o menos convencidos de que, de algún modo, era necesario detener de una vez a Arlén. Dos guerras eran demasiado. Además, una guerra vampírica siempre ponía de manifiesto el peligro de que los mortales descubrieran nuestra existencia puesto que era imposible no dejar pistas. Y todos sabíamos que, en caso de ser descubiertos por los mortales, estaríamos irremediablemente perdidos.

Hellcat
Barcelona
31 de agosto de 2004