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Master Hellcat

Literatura y comics bdsm: Los infortunios de Janice

Con guión y dibujos de Erich von Gotha, este comic se ha convertido en mi favorito, en cuanto a temática BDSM se refiere, debido su estética y ambientación.
Formado, hasta la fecha, por cuatro volúmenes, la obra es una saga histórica que tiene lugar en la Inglaterra del siglo XVIII y se centra en una joven mujer llamada Janice McCormick. La tetralogía da comienzo cuando, para evitar permanecer en la cárcel a causa de un aborto, Janice se convierte en la esclava sexual de un depravado aristócrata y entra a formar parte de su serrallo.
A continuación se expone el argumento de cada uno de los cuatro volúmenes.

-Los infortunios de Janice (I): Para escapar de la Prisión de Newgate, en Londres, Janice accede a formar parte del harén particular de un infame noble inglés: el vizconde Vauxhall. En su casa de campo, donde todos son villanos o esclavos, comienza su adiestramiento como esclava.

-Los infortunios de Janice (II): Ahora Janice es la esclava sexual del vizconde Vauxhall, quien decide casarla con el crédulo Lord Mitchcombe. Janice parece encontrar la felicidad a su lado, pero cuando Mitchcombe descubre el pasado de Janice, la devuelve al vizconde para un humillante readiestramiento. Por otro lado, cuando el examante de Janice, escapado de la prisión, aparece en escena, su vida toma un giro aún más agónico.

-Los infortunios de Janice (III): Tras padecer nuevas crueldades y traiciones, Janice se ve por fin libre de sus enemigos y hereda la fortuna de su difunto marido.

-Los infortunios de Janice (IV): Janice deja Inglaterra y viaja hacia Venecia. En este nuevo episodio de sus venturas se detalla la historia de sus viajes y encuentros.

Otras obras de Erich von Gotha son: “La insaciable curiosidad de Sophie”, “Una prisión muy especial”, “Twenty”, “El sueño de Cecilia” y “Una familia especial”.

Relatos: Yo, Vampiro (VI)

6. Claudia.

Una noche, mientras jugábamos en el Noviciado con Kirios y Annel, decidí que ya iba siendo hora de poseer un mortal para mi propio uso y disfrute. Lo consulté con Isabelle y ella me dijo que quizá ese no era el momento adecuado. Yo repliqué que necesitaba sentir que la mortal con la que jugaba era de mi propiedad.
“Annel accede a mis deseos sólo porque tú se lo ordenas. No es realmente mía. Necesito saber que la mortal con la que juego es de mi propiedad. Que me sirve únicamente a mí. Necesito su entrega absoluta e incondicional", le expliqué.
Isabelle sonrió.
“¿Y eso es compatible con tu amor por los mortales, Esaú?
“Admito que tras todos estos años he cambiado. Pero recuerda que yo nunca negué que disfrutara sometiéndolos. Tan solo…”.
“Tan solo decías que no debíamos obligar a los mortales a plegarse a nuestros deseos… pero lo haces. Decias que les forzábamos a servirnos en contra de nuestra voluntad. Decias que…”.
“Lo sé, lo sé. Pero ambos sabíamos que yo iba a disfrutar dominando a una mortal y saciando mi Sed con ella. Cuando me decías que era uno de vosotros, un vampiro, y que sabías que iba a disfrutar con todo ello, en mi fuero interno yo sabía que decías la verdad, aunque me resistiera a reconocerlo. Pero no por eso he dejado de amar a los mortales”.
“Ya te dije una vez que hicieras lo que quisieras al respecto, mientras no negaras tu verdadera naturaleza. Me parece bien que quieras tener una esclava propia… siempre y cuando eso no afecte a los preparativos para la guerra”.
Le aseguré que no sería así y le pregunté si le molestaba que hubiera jugado con Annel durante tanto tiempo. Ella me contestó, riéndose, que, si le hubiera molestado, no me lo habría permitido. Sin embargo estuvo de acuerdo conmigo en que ya iba siendo hora de que tuviera mis propios esclavos, puesto que atender a dos vampiros al mismo tiempo, era una tarea agotadora incluso para dos mortales, puesto que, incluso en el caso de los esclavos del Noviciado, que recibían algunas gotas de la sangre de sus Amos para prolongar su vida y realzar su belleza natural, un vampiro seguía teniendo una resistencia y un apetito sexual mucho mayor.
Isabelle me hizo ver que sería mejor que ella no estuviera en la casa cuando yo llegara con mi nueva esclava. Al menos hasta que le confesara mi verdadera naturaleza. Al principio me negué, puesto que estar lejos de mi creadora y amante era algo para lo que aún no me sentía preparado. Sin embargo, tuve que rendirme a la evidencia y aceptar lo que ella me decía.
Así fue como comencé mi búsqueda. Tenía claro que debía ser una hembra, pero, ¿dónde debía buscar?. ¿Debía esperar a que una mortal me descubriese y me implorase que la hiciera mía? No podía esperar tanto. Yo mismo la buscaría. La elegiría y le revelaría mi condición. Si aceptaba, bien y, si no… bueno, entonces la usaría para saciar mi Sed y continuaría con la búsqueda. Sonreí ante aquel pensamiento. “Esaú, cuánto has cambiado”, pensé. Tan solo unos años antes, el hecho de utilizar a un mortal de esa forma me habría repugnado. Pero ahora mi naturaleza vampírica se mostraba como tal y en toda su plenitud. Tomaba lo que quería cuando quería. ¿Por qué? Pues, simplemente, porque podía hacerlo. Una lógica aplastante…
Pero aún debía responderme la primera pregunta: ¿dónde debía buscar? Era importante determinar un perfil, pues así reduciría el abanico de búsqueda y tendría más posibilidades de éxito. Sería una muchacha de clase alta, joven, refinada, educada en las más exquisitas artes, que no hubiera conocido hombre, pura e inocente. Y yo la seduciría, me deleitaría corrompiendo su virtud, le mostraría el camino de la perversión, la atormentaría y la haría enloquecer de placer. Despertaría en ella los más bajos instintos y la convertiría en mi esclava. Mientras pensaba en ello, sentía mi lujuria creciendo en mí. Oh, sí… sin duda era una buena idea tener mi propia esclava.
Habiendo pasado tantos años en Constantinopla, conocía muy bien las familias más acaudaladas e importantes de la cuidad. Los nobles y los comerciantes más ricos de la ciudad competían entre sí para organizar las más suntuosas y delirantes fiestas. Como ya he dicho, Isabelle y yo acudíamos a muchas de ellas buscando diversión.
Y algunos de aquellos acaudalados anfitriones tenían hijas que podían servir a mis propósitos. Bastaba con que, mientras gozaba de la compañía de la gente y de los espectáculos preparados, estudiase a tan distinguidas jóvenes.
Ahora bien, ante esta situación, se me presentaba un problema nada desdeñable. ¿Acaso, cuando la familia de la muchacha supiera de su desaparición no pondrían toda su fortuna e influencia para dar con ella allí donde se encontrase?. Decidí consultar este aspecto con Isabelle.
“No debes preocuparte por ello”, me respondió. “El Noviciado está fuera de cualquier sospecha. A nadie se le ocurrirá buscar allí. Y, ni mucho menos, pensará en la existencia de vampiros. Muy probablemente, la familia creerá que ha sido secuestrada para pedir rescate o para ser vendida en algún mercado de esclavas”.
Tranquilizado por sus explicaciones, decidí poner en marcha mi plan. Comencé a realizar descartes, hasta el punto de llegar a creer que no conocería a la persona adecuada. Incluso Isabelle llegó a decirme que quizá me estaba extralimitando en la búsqueda. ¿Estaría buscando un imposible?.
Pero ella existía. Se llamaba Claudia, y era una criatura realmente exquisita. Y no sólo por su deslumbrante belleza, sino también por sus refinadas formas y la inocencia que destilaba todo su ser. Era la joven hija de un rico hombre de negocios que había hecho fortuna comerciando con especias. Desde el principio de la fiesta se vio rodeada de jóvenes que la pretendían y la agasajaban, siempre bajo la atenta mirada de una dama de compañía cuya misión era velar por la virtud de la joven. Vigilancia que, por otra parte, no era en absoluto necesaria, pues nunca vi que Claudia dedicara a sus galanes nada más que una tímida sonrisa o una mirada vacía de segundas intenciones. Sin duda, era perfecta para mí.
El momento de la aproximación era crítico, así que lo preparé con sumo celo. Me dediqué a observarla durante un buen rato desde una distancia prudencial, intentando descubrir cualquier fallo en ella. Una vez satisfecho con su comportamiento, me acerqué a ella. Mientras avanzaba con paso firme y decidido, asegurándome de que ella me viera, toqué ligeramente las mentes de aquellos jovenzuelos inexpertos que la asediaban para evitar que me estorbaran. Al llegar al grupo, me dejaron pasar. No pude evitar sonreír al pensar en lo que sentían en esos momentos: una misteriosa fuerza dentro de su cerebro les obligaba a apartarse y franquear el camino a aquel extraño… aunque ellos no querían hacerlo. De hecho, ¿por qué lo hacían? Y sin embargo, no podían hacer otra cosa más que obedecer a esa fuerza.
Sin duda Claudia pensó que mi sonrisa iba dirigida a ella, pues me la devolvió. Como correspondía a un caballero educado, me incliné y me presenté como un joven noble del norte de España en busca de conocimientos y aventuras antes de volver para hacerme cargo del título y las tierras de mi padre. Elogié la fiesta y le di las gracias por haber sido invitado. Ella correspondió amablemente a mi saludo y me invitó a tomar asiento. La dama de compañía carraspeó, sin duda en señal de desaprobación, pero ninguno de los dos le hizo caso. Probablemente, a esas alturas, Claudia ya estaba más que harta de tener que soportar a aquella mujer que se había convertido en su sombra.
Estuvimos hablando durante varias horas. La puse a prueba en varios campos, pudiendo comprobar que era una joven cultivada. Sin duda su padre se había esmerado en procurarle los mejores tutores y maestros con la esperanza de poder casar a su hija con algún noble. De hecho no era nada extraño que familias nobles y de comerciantes casaran a sus hijos, sobre todo cuando la situación económica de las primeras era deficiente. Así, la familia noble aliviaba su precaria economía, y la familia de comerciantes entraba a formar parte de la nobleza, de forma que todos salían ganando… exceptuando, quizá, a los contrayentes, pues muchas veces esta clase de arreglos matrimoniales se llevaban a cabo en contra de su voluntad y, únicamente, por el bien de las familias.
Al final de la fiesta conseguí arrancarle, con el consentimiento de su dama de compañía, la promesa de que preguntaría a su padre si me permitiría verla por segunda vez. Prefería hacerlo de esta forma, pues en ese momento me interesaba llevar las cosas de la forma más discreta posible. Por otro lado, estaba seguro de que mi persona ya había calado en ella lo suficiente como para tener toda su atención. Mi plan se desarrollaba tal y como lo había previsto.
Sin embargo, un hecho vino a enturbiar su buena marcha. Al cabo de un par de días recibí una misiva de Claudia. En ella me comunicaba que, puesto que yo tan sólo podía verla por la noche, su padre se había negado en redondo a su petición. ¿Qué clase de señorita se veía de noche con un hombre? En esa situación, ni siquiera la presencia de una dama de compañía era garantía de virtud. La gente comenzaría a murmurar cosas desagradables. Los cotilleos crecerían hasta desbordar cualquier verdad. Y los negocios acabarían resintiéndose, pues ningún comerciante querría tener tratos con una familia de descarriados que permitían que su hija perdiera su buen nombre de aquella forma.
Al final de la carta, Claudia me rogaba que ideara algo para que su padre cediera y pudiéramos vernos. Y, puesto que los negocios y el buen nombre de su familia me importaban muy poco y lo único que yo deseaba era conseguir mi presa, decidí acceder a la petición de Claudia y poner algo de mi parte para convencer a su padre.
Cuando quiero ejercer un cierto control mental sobre alguien es necesario que esté ante esa persona o, en caso de no poder acercarme, conocerla personalmente y saber su ubicación aproximada para poder centrar mi mente en la de ella. Dado el nivel que habían alcanzado mis poderes, mi mente podía comunicarse con la del padre de Claudia incluso sin necesidad de moverme de casa. Así, envié una sonda mental inmediatamente en la dirección en la que se encontraba la residencia de Claudia para hallar a su padre. Una vez hecho esto, modificar sutilmente su estructura mental para que accediera a los deseos de su hija fue fácil.
La noche siguiente, cuando desperté, Isabelle me entregó, sonriente, una nueva nota enviada por Claudia llena de agradecimientos en la que me citaba para vernos al día siguiente.
Durante la segunda cita, caminamos por las calles de la ciudad, siempre bajo la atenta mirada de aquella mujer que estaba empezando a odiar. Nunca decía nada. Tan solo nos seguía a unos pocos pasos de distancia y nos observaba. Sentía clavada en mi espalda la mirada de aquella mujer horrible.
Opté por darle a Claudia datos falsos sobre mi pasado en España, puesto que cuando desapareciera del mundo de los mortales, su padre muy probablemente emprendería su búsqueda. Y, claro está, yo no deseaba que mi familia tuviera que responder por un caso de secuestro por parte de un familiar que se suponía que había desaparecido durante la Primera Cruzada.
Durante las citas que siguieron, constaté que la atracción que ejercía sobre Claudia había ido creciendo poco a poco. Era evidente que estaba enamorándose de mí, de modo que creí llegado el momento de hacerle partícipe de mi secreto.
Durante la última cita que mantuvimos de esta forma, le pregunté si le gustaría que estuviéramos juntos para siempre y si estaría dispuesta a servirme. Naturalmente, ella creyó que hablaba de noviazgo y matrimonio. Y no dudó al contestar que sí. Naturalmente, yo era consciente de que la estaba engañando, pero en aquel momento me resultaba divertido observar su candidez e inocencia al creer que, a partir de ese día, su vida iba a ser como la de cualquier mujer casada.
Decidí llevarla a casa de Isabelle. Claudia desaparecería esa noche sin dejar rastro. Nunca volvería a ver a su familia. Sería mi esclava para siempre.
-¿Quieres venir a mi casa esta noche?
Claudia no respondió en seguida. Se veía claramente que ella quería ir, pero su educación conservadora le indicaba lo contrario.
Finalmente, respondió.
-¿Y ella? –dijo, señalando disimuladamente a nuestra incómoda acompañante.
-Yo hablaré con ella.
-No conseguirás nada.
-No te preocupes. Quédate aquí.
Me dirigí hacia la mujer, que se quedó extrañada al verme avanzar hacia ella. Me concentré y toqué su mente con la mía.
-Volverás a casa y dirás que, después de dejarme a mí, mientras acompañabas a Claudia a casa, dos hombres os atacaron y se la llevaron.
-Sí, señor.
-No sabes quienes eran ni recuerdas cómo iban vestidos debido a que todo ocurrió muy rápido.
-Sí, señor.
-Ahora vete.
La mujer dio media vuelta y comenzó a alejarse de nosotros. Cuando volví con Claudia, está tenía los ojos como platos.
-¿Cómo lo has conseguido? ¿Qué le has dicho?
-Bueno, digamos que puedo ser muy persuasivo cuando quiero. ¿Vamos? –le ofrecí mi brazo y ella lo aceptó con una sonrisa.
Paré un carruaje y la ayudé a subir. Una vez acomodados en el interior uno al lado del otro, le di al cochero la dirección de la casa de Isabelle. Con un chasquido del látigo, los caballos comenzaron a caminar a buen paso.
Hicimos el camino en silencio. Sus manos estaban entrelazadas con las mías. De vez en cuando la sorprendía mirándome. No me cabía ninguna duda de que Claudia haría todo aquello que le pidiese. Y tras haber bebido algunas gotas de mi sangre, quedaría ligada a mí para siempre.
-Tienes las manos frías.
-Sí, me ocurre siempre. –dije- ¿Quieres que las retire?
-No, no –respondió ella rápidamente-, me gusta que me tengas así.
Llegamos a la casa en silencio. Tras comprobar que Isabelle no estaba allí, acompañé a mi joven y bella invitada al salón y, con un gesto de la mano, la invité a que se sentara.
Ella en ningún momento apartó su mirada de mí. Sin duda Claudia se sentía muy impresionada por mi persona. Impresión que yo me había encargado de acentuar gracias a mis poderes sobrenaturales. Todo estaba ya preparado para los hechos que iban a acontecer esa misma noche.
-¿Quieres una copa de vino?
Ella asintió. Yo le sonreí y fui hacia una mesa sobre la que descansaban varias botellas de cristal de exquisita manufactura, que contenían diversos licores, así como media docena de copas a juego. Llené una de ellas con un exquisito vino importado y, cuidándome de la mirada de Claudia, me clavé la uña en la muñeca y dejé caer dentro de la copa unas gotas de mi sangre. Volví hasta donde estaba sentada ella y le tendí la bebida. Ella la tomó con sus finas manos y se la llevó a los labios. Antes de que estos tocaran el borde de la copa, pareció dudar.
-¿Tú no bebes?
-No tengo esa costumbre. El alcohol nubla los sentidos. Y yo necesito que los míos estén siempre despiertos y alerta.
-Eres tan diferente de los otros hombres... tan extraño…
Sonreí y ella me imitó.
-Pero me gusta cómo eres.
Y diciendo esto, se llevó la copa a los labios y bebió. Estaba hecho y ya no había nada ni nadie, humano o divino, que pudiera remediarlo. Claudia era mía, y lo sería para siempre. Me regocijé con este pensamiento mientras Claudia apuraba la copa.
Al terminarla, la sostuvo en sus manos mientras me dedicaba otra de sus maravillosas sonrisas. Pero, de repente, su semblante se puso serio y soltó la copa que, cayendo al suelo, se rompió.
-Lo siento –dijo ella con un hilo de voz.
Y, entonces, pude verlo. Seguía siendo ella, mi Claudia, toda pureza e inocencia. Pero, al mismo tiempo, algo había cambiado. Sus ojos brillaban con una nueva fuerza, con renovada intensidad. Mi sangre había obrado el milagro.
-No te preocupes. Ven conmigo.
La cogí de la mano y la llevé al piso de arriba. Entramos en una de las múltiples alcobas de la casa y, cerrando la puerta, me situé frente a ella. En sus ojos vi que ella sabía lo que iba a suceder y que lo esperaba con ansia.
Me alejé de ella un par de pasos. Ella me dedicó una tímida sonrisa y sus manos se dirigieron hacia su vestido y comenzó a desnudarse. Hirviendo de lujuria, luché contra el deseo de abalanzarme sobre ella, arrancarle el vestido y poseerla en aquel preciso instante. Pero sin duda, el espectáculo que me ofrecía Claudia desnudándose ante mí lentamente, dejando que pudiera contemplar todo el proceso, mientras se disponía a entregarse a mí, me ayudó a contener mis instintos.
Finalmente, el vestido resbaló, cayendo al suelo y revelando su cuerpo. Aquel tesoro que muchos mortales habían pretendido, pero que sólo un inmortal había sido destinado a poseer.
Me acerqué a ella y la besé. Noté con satisfacción que ella me recibía también con un deseo y una pasión que en otras circunstancias me habrían sorprendido, pero no después de que hubiera probado mi sangre. El deseo y la lujuria formaban parte de mí. Y ahora, ese deseo y esa lujuria, sintetizadas en las gotas de sangre que Claudia había bebido, estaban dentro de ella.
Separé delicadamente mis labios de los de ella y, cogiéndola en brazos, la llevé hasta la cama, donde la deposité suavemente. Y allí fue donde la hice mía. Por fin mía.
Aún ahora, siglos después de que ocurrieran aquellos hechos, siento dentro de mí la pasión que me consumía en esos momentos. El tacto de su piel. La forma de sus pequeños y redondos senos. Sus gemidos. Tanto tiempo después, y tan presente en la memoria aquella primera vez…
Claudia se quedó en la casa durante un tiempo. En un par de días, con la ayuda de mi sangre, se habituó a la vida nocturna. Yo salía a cazar de la forma habitual, escudándome en que tenía que resolver ciertos asuntos. Ella nunca manifestó la menor queja. Hacíamos el amor a menudo, explorando nuestros cuerpos y buscando nuevas formas de placer que satisficieran al otro.
Pasados unos días, decidí que debía saber la verdad sobre mí. Llegaba otro momento crítico. Debo admitir que, mientras se lo explicaba todo, me sentía inquieto ante la posibilidad de que saliera mal. Pero tras escucharme, Claudia se limitó a sonreír.
-Lo sé.
-¿Lo sabes? ¿Qué sabes? –pregunté estupefacto.
-Bueno, no lo sabía exactamente. Pero intuía que algo así sucedía. Cuando me diste a beber la copa de vino… creo que fue en ese momento cuando se me reveló la verdad. Aunque no sabía concretamente de qué se trataba. Pero durante todo este tiempo que he pasado en tu casa, siempre he sabido que eres algo más que un simple hombre.
“Me alegro de que haya sido así”.
Ahora era Claudia la asombrada.
-Te oigo en mi cabeza… pero no has movido los labios.
“Es otro de mis poderes”.
-¿Lo tendré yo algún día? ¿Podré tener tus poderes? –preguntó, con ansiedad.
“Quizá algún día te haga como yo. Pero deberás tener paciencia”.
-A tu lado puedo tener toda la paciencia del mundo.
Exhalé un prolongado suspiro.
-¿Qué ocurre?
“¿Me amas?”
-¿Por qué me preguntas eso? De sobra sabes que sí.
“¿Deseas servirme?”
-¿Qué quieres decir?
“Escucha Claudia, si algún día deseas convertirte en vampiro, primero debes entregarte a mí en cuerpo y alma”.
-¿Acaso no lo he hecho ya? Cuando yacemos juntos cada noche, ¿acaso no sientes mi entrega?
“No se trata de eso. Hay algo que, si bien está relacionado con la entrega, va aún más allá. Estoy hablando de humildad, sumisión, placer y sufrimiento. Debes experimentar todo esto si quieres ser un vampiro”.
-Sí... es decir... sí, creo que lo entiendo –dijo ella con voz débil.- Estos días que he pasado contigo... yo... -su voz se hizo más firme- Si es tu deso, lo haré. Por ti.
“Hay algo más. No podrás estar a mi lado como hasta ahora, aunque el lugar donde serás adiestrada se encuentra en esta misma ciudad”.
Le conté todo lo que sabía sobre el noviciado. Ella me escuchó sin proferir una palabra.
”Iré a visitarte con frecuencia. Quizá incluso cada día, para educarte y valorar tus avances”.
-¿Tú también fuiste a ese lugar? –preguntó.
No detecté en su voz animadversión alguna, sino una profunda curiosidad, lo que me calmó un poco. Sin embargo, permanecí en silencio durante unos instantes, no sabiendo qué decir. ¿Tenía derecho a pedirle a Claudia que hiciera por mí lo que yo no había hecho por Isabelle? Cierto que las circunstancias habían sido completamente diferentes, pero aún así las dudas me asaltaban. Tampoco podía dejar de pensar, como me ocurriera antaño, si era correcto aprovechar mi manifiesta superioridad física y mental para aprovecharme de un mortal, si bien Claudia, tras beber mi sangre ya era más que un mortal.
Decidí contarle la historia de mi creación y le hable de Isabelle. Le conté todo. Lejos de sentirse celosa, Claudia pareció entenderme, lo cual me acabó de convencer de que estaba sobradamente preparada para acudir al Noviciado. Finalmente tomó su decisión.
-Lo haré. Iré donde dices. Me entregaré en cuerpo y alma al adiestramiento. Y seré la mejor, porque te amo y quiero servirte como mereces.
“Tus palabras me hacen inmensamente feliz.” dije, abrazándola “Mañana ingresarás en el Noviciado”.

Hellcat
Barcelona
21 de enero de 2005

¡Veinticinco mil visitas desde el 4 de febrero de 2004!

Uf, quién lo iba a decir cuando empecé este blog. Muchas gracias a todos por vuestras visitas y comentarios.
Los países, por orden de mayor a menor visitas, son: España, México, Argentina, Estados Unidos, Alemania, Chile, Colombia, Perú, Venezuela, Uruguay, Reino Unido, Italia, Brasil, Portugal, Paises Bajos, Francia, Andorra, Canadá, Guatemala, Puerto Rico, Bélgica, Ecuador, Bolivia, República Dominicana, Suecia, Kenia, Suiza, Panamá, Costa Rica, Dinamarca, Austria, Grecia, Luxemburgo, Polonia, Israel, Nueva Zelanda, Finlandia, Australia, Cuba, El Salvador, Emiratos Árabes Unidos, Japón, Noruega, China, Ucrania, República Checa, Arabia Saudí, Irlanda, Eslovenia, Cabo Verde, Turquía, Kuwait, Eslovaquia, Serbia y Montenergro, Rumania, Taiwan, Marruecos. Un total de... ¡cincuenta y siete países!
A ver si continúa la racha ;).

Feliz Año Nuevo a todos

Desde aquí, tanto satin como yo mismo os deseamos un feliz Año Nuevo a todos y aprovechamos para agradeceros vuestro interés en este proyecto, así como vuestros comentarios que, sin duda, han contribuido a enriquecerlo.
Pues eso... feliz 2005... y mucho bdsm para todos!!! :P

Hellcat y satin

Relatos interactivos: Introducción e Instrucciones

INTRODUCCIÓN

Un relato interactivo es, básicamente, un relato escrito con la idea de que la sumisa, al leerlo, pueda ir realizando las acciones que en él se relatan. Algo así como una obra de teatro cuyo guión se ha escrito en forma novelada.
El autor comprende que al estar sola, la sumisa tendrá ciertas limitaciones a la hora de seguir las indicaciones del relato. Sin embargo, se confía en su imaginación para suplir esta carencia. La sumisa podrá llegar tan lejos como le permita su imaginación o sus circunstancias personales.
Este tipo de relatos está especialmente dirigido a sumisas sin Amo o que aún tengan dudas sobre su posible entrada en el mundo BDSM y quieran probarlo sin intervención de otras personas. También puede servir de actividad que un Amo ordene realizar a su sumisa.

INSTRUCCIONES

La sumisa leerá el relato e irá realizando las acciones que se relatan, simulando ser la protagonista de la historia.
Si fuera necesario algún tipo de material para facilitar la implementación del relato, habrá un apartado en el que se enumere ese material. Queda entendido que el autor siempre tendrá en cuenta que las circunstancias de las sumisas que pueden leer el relato pueden ser diferentes. Por lo tanto, el relato será escrito de forma que el material enumerado no sea absolutamente imprescindible, aunque en algunos casos pueda ser recomendable su uso para una adecuada interpretación del papel de la sumisa.
Las historias pueden ir precedidas de una introducción cuyo objetivo es poner a la sumisa en antecedentes de lo que va a leer en el relato. No es necesario que la sumisa interprete lo que pone en la introducción. Sin embargo, si encuentra algún elemento que sea de su agrado, no hay ningún problema si también desea representarlo.
A continuación se describen varios ejemplos. Las citas entrecomilladas serían parte del texto del relato y, al lado, se explica qué se espera que haga la sumisa y algunas ideas y consejos al respecto.

--"Te levantas de la silla"/"Te arrodillas delante de él"--> En estos casos bastará con que la sumisa realice la acción indicada.

--"Te ata las manos a la espalda"--> En este caso la sumisa puede hacer dos cosas. Puede poner las manos a la espalda imaginando que han sido atadas o, si dispone de un trozo de cuerda, goma para el pelo o similar, ponérselo alrededor de las muñecas para simular que ha sido atada.

--"Te dejan atada de esta forma una hora"--> Escala temporal 60:1. Por cada 60 minutos que el relato diga que la sumisa pasa en una determinada posición o haciendo una determinada cosa, bastará con que pase un minuto. Es conveniente que la sumisa disponga de un reloj en un lugar adecuado para que pueda ir controlando los tiempos.

--"Te observa durante unos instantes"--> En caso de que los tiempos no sean estipulado de manera concisa, será la sumisa la que decida el tiempo que desea permanecer llevando a cabo la acción.

--"El desconocido te posee"--> En este caso, en que no se especifica demasiado, la sumisa también tiene dos opciones. Puede optar por masturbarse con la mano sin penetrarse o hacerlo penetrándose con dedos u objetos. Si se especificara la forma, entonces la sumisa deberá seguir las instrucciones dadas.

--"-¿Cómo te llamas?"/"Te pregunta tu nombre"--> Siempre que algún personaje se dirija a la sumisa, conviene que ésta conteste en voz alta (dependiendo de las circunstancias) de forma que pueda vivir el papel que está representando de forma más realista.

--"-Arrodíllate"--> Siempre que un personaje dé una orden a la sumisa, esta deberá obedecerla. Para indicar esto, tras la orden dada, podrá leerse una frase del tipo "Obedeces", "Obedeces la orden", "Haces lo que te ordena", "Respondes" o similar.

--"Túmbate sobre el diván"--> La sumisa puede sustituir el diván por un sillón, un sofá, una cama, etc.

--"Te hace fotos"--> El autor entiende que no es posible que la sumisa se haga fotos así misma mientras mantiene una determinada postura. Por lo tanto, hay dos posibles soluciones. Una es que la sumisa se ponga delante de un espejo y haga fotos de su imagen reflejada en el mismo. La otra es que apunte el objetivo de la cámara directamente hacia ella. en ambos casos se permitiría que la sumisa abandone la postura ordenada mientras realiza esta tarea, debiendo adoptarla de nuevo cuando termine de hacerse las fotos.

--"Acercas tus labios a su miembro y comienzas a lamerlo"--> En este caso sería necesario que la sumisa dispusiera de algún objeto que simulara el miembro masculino. Por ejemplo, una vela o un vibrador. Aunque también puede lamer sus propios dedos para simularlo.

--"Te tumbas en la cama con los brazos en forma de X"--> Es conveniente que la sumisa imprima el relato para poder ir leyéndolo mientras realiza lo que en él se indica. Sin embargo, en algunas posiciones será difícil mantener la lectura del mismo. En este ejemplo, la sumisa puede sujetar el relato con la mano mientras gira la cabeza para poder leerlo. Otra solución es dejar una única mano en forma de X mientras la otra sujeta los papeles para poder seguir el relato. En caso de mantener las manos a la espalda, la sumisa puede situarse ante una mesa o silla donde deje los papeles para que pueda leerlos.

--"Él te acaricia los pechos"--> Cuando se hable de caricias, lógicamente, deberá ser la sumisa la que se acaricie a sí misma.

--"El hombre te deja tendida en el suelo"--> Para representar esto, la sumisa puede tenderse realmente en el suelo, pero si prevé que la incomodidad será excesiva, también puede hacerlo sobre la cama.

En términos generales, la sumisa deberá mantener la última postura ordenada hasta que se le ordene explícitamente en le texto que la deje o se le ordene una nueva.
Como puede verse, es imprescindible usar grandes dosis de imaginación para leer estos relatos. Pero cada vez que lo lea, la sumisa podrá ir añadiendo nuevos elementos que no pudo añadir en otras lecturas.

Agradeceré que aquellas sumisas que prueben el relato dejen sus comentarios en el blog o en mi dirección de correo explicando qué partes fueron más difíciles de representar, qué partes fueron más fáciles, si representaron alguna parte de alguna forma especial gracias a alguna idea que se les ocurrió, qué parte les resultó más excitante, etc. Se agradecerá material gráfico (que nooooooooo, que es brooooooma :P). Cuanta más información obtenga sobre cualquier cosa que se os ocurra, mayores posibilidades tendré de mejorar los próximos relatos y hacerlos más atractivos para la sumisa que los represente.

Hellcat
Barcelona
9 de septiembre de 2004

Relatos interactivos: Trata de blancas

MATERIAL RECOMENDADO

-Dos cuerdas, gomas para el pelo o similar para atar muñecas y tobillos.
-Un pañuelo o similar para amordazar.
-Un reloj para controlar tiempos.
-Cámara de fotos.

INTRODUCCIÓN

Eres una estudiante. Una mañana, mientras vas a la escuela, notas que una furgoneta te sigue. De pronto, oyes que el motor acelera. La furgoneta para a tu lado. Se abre una puerta lateral y unos brazos te agarran y te introducen en la furgoneta. Notas que alguien te tapa la nariz y la boca con un trapo. Al poco tus sentidos se nublan y pierdes el conocimiento.

EL RELATO

Cuando despiertas, poco a poco recuerdas lo sucedido. Estás tumbada en la cama, en una habitación que no conoces. Te levantas e intentas abrir la puerta, pero está cerrada con llave.
Mientras estás en ello, oyes el ruido de la cerradura. La puerta se abre. Aparece un hombre. Te amordaza y te ata las manos a la espalda. Te conduce por la casa hasta llegar al garaje adosado a la misma. Te introduce en la furgoneta y allí te echa sobre el suelo. Te ata los pies y te deja allí mientras él monta en la parte delantera y arranca.
Tras un trayecto de una hora, aproximadamente, la furgoneta se detiene. Oyes que la puerta del conductor se abre y se cierra. A continuación, ves que la puerta lateral se abre. El hombre te desata los pies y te ayuda a levantarte. Al salir de la furgoneta, ves que estás frente a una gran casa de campo.
El hombre llama al timbre. La puerta se abre y aparece otro hombre vestido elegantemente. Es el mayordomo.
-Traigo la mercancía.
El mayordomo te mira.
-Pase –dice-. El señor le recibirá ahora mismo.
El hombre te empuja dentro de la casa. El mayordomo os hace de guía. Subís por unas escaleras, recorréis un pasillo y, al llegar a una puerta, el mayordomo llama por con los nudillos.
-Adelante –dice una voz.
El mayordomo abre y entráis los tres. Es una habitación excepcionalmente amplia y llena de muebles. El hombre de la furgoneta te conduce hasta el dueño de la casa. Te quedas de pie, frente a él, con las manos atadas aún a la espalda. Es un hombre alto y bien formado. Es evidente que posee una gran fuerza física. Te mira con unos ojos profundos y llenos de expresión. Tú sólo puedes bajar la mirada ante ellos.
El hombre camina a tu alrededor, estudiándote. Cuando se encuentra detrás de ti los pasos se detienen. Oyes su voz.
-¿Cómo te llamas?
Respondes.
-¿Cuántos años tienes?
Respondes.
El sonido de los pasos se reanuda y el hombre vuelve a ponerse ante ti. Pero ahora se dirige a tu secuestrador.
-Todo es correcto. Puede retirarse. Mi mayordomo le pagará los honorarios estipulados.
Oyes que la puerta se cierra a tu espalda. Estás a solas con él. Te habla.
-Seguro que te estás haciendo muchas preguntas. Veamos si puedo responder a algunas. Sí, te han secuestrado. Yo he sido el que lo ha ordenado. Bueno, para ser exactos he contratado a una organización que se ha encargado de secuestrarte para mí. Mi nombre no es importante. Para ti soy el Amo, y así me llamarás siempre que debas dirigirte a mí -su mano se posa en tu barbilla para obligarte a alzar la cabeza y que tus ojos se encuentren con los suyos.- Y esos hombres te han secuestrado por una única razón: a partir de ahora serás mi esclava.
Cuando te suelta, vuelves a bajar la mirada. De nuevo, tu nuevo Amo camina hasta situarse detrás de ti. Sientes que las ligaduras ceden. Te ha desatado. Te frotas las manos para restablecer la circulación.
-Eres muy hermosa. Quiero verte. Quítate la ropa.
No puedes hacer nada por evitarlo. Si no obedeces sumisamente, intuyes que Él te hará obedecer por la fuerza. Te desnudas completamente, pero tapas tus pechos con un brazo y tu sexo con la otra mano.
Ves como tu Amo frunce el ceño.
-Descubre tu cuerpo. Pon tus manos a la espalda y separa las piernas.
Lentamente obedeces su orden y te muestras desnuda ante Él.
-Una esclava nunca debe cubrir su desnudez ante su Amo a menos que este así lo indique expresamente.
Tu Amo te observa durante un rato. Sientes cómo sus ojos se posan en tu pecho, acariciándolos con su mirada. Sus ojos descienden. Ahora miran tu sexo. ¿Qué estará pensando? Sin duda puedes esperar lo peor. Tu situación es desesperada. Estás sola, en una casa extraña, desnuda ante un desconocido. Nadie sabe dónde te encuentras y sabes que nadie va acudir en tu ayuda. Sólo queda un camino: obedecer.
-Es hora de comenzar tu adiestramiento, esclava. Arrodíllate.
Obedeces la orden y te arrodillas en el suelo con las piernas juntas.
-Esa no es forma de arrodillarse, esclava. Apoya las nalgas en los talones y separa las rodillas.
Obedeces la orden.
-Ahora apoya el dorso de las manos sobre las piernas. Mantén la espalda recta y los hombros hacia atrás, ofreciéndome tus pechos.
Haces lo que te ordena.
-Eso es –dice, visiblemente satisfecho-. Es importante que una esclava esté siempre ofrecida a su Amo.
Él comienza a caminar a tu alrededor, lentamente. Oyes el sonido de sus pasos amortiguados por la alfombra.
-Ahora pon los brazos detrás de la cabeza.
Obedeces.
Tu Amo se detiene ante ti y observa tus pechos erguidos durante unos segundos. Sientes cómo se alzan y descienden al ritmo de la respiración. ¿Se habrá dado cuenta Él de esto? Te gustaría no tener que respirar para que no llamaran tanto su atención.
Tu Amo camina hasta un sillón y se sienta. Sigue observándote. ¿Cuándo se dará por satisfecho?
-Sé que tienes ganas de cubrirte. Pero no lo vas a hacer. ¿Sabes por qué?
Respondes con un “No”.
-Esa respuesta no es adecuada. No has de usar palabras sueltas para responder. Siempre que debas usar una única palabra para contestar, debes añadir “Amo”. ¿Entendido?
Respondes con un “Sí, Amo”.
-Bien, porque si me desobedeces serás castigada. Y aunque puedo adivinar que te gustaría saber cuál sería tu castigo, no te lo voy a decir. Lo descubrirás cuando me desobedezcas.
Respondes con un “Sí, Amo”.
Te asusta pensar en el castigo. Ahora estás en su poder y, mientras no puedas escapar de él, te conviene obedecerle. Si no, es muy posible que te haga daño.
Señalando un sofá situado enfrente de él te da una nueva orden.
-Siéntate en ese sofá.
Obedeces. Pero olvidas lo dicho anteriormente y lo haces con las rodillas juntas y pones los brazos a tu lado. Él frunce el ceño.
-No cambies nunca una postura si no te dicen expresamente lo contrario. Antes te he dicho que mantuvieras las rodillas separadas. Además, en ningún momento te he ordenado que quitaras los brazos de detrás de tu cabeza.
Te disculpas con un “Lo siento, Amo”. Separas las rodillas y vuelves a poner los brazos sobre tu cabeza.
-Así está mejor, esclava. Puedes bajar los brazos.
Obedeces.
-Ahora vas a masturbarte para mí, pero no deseo que llegues al orgasmo. Así que lo en el momento en que notes que llegas al límite, pararás, volverás a poner tus brazos detrás de la cabeza y esperarás instrucciones. Quiero que mientras te masturbas me mires a los ojos.
Obedeces su orden mientras notas sus ojos clavados en los tuyos. Cuando notas que vas a llegar al orgasmo, te detienes y adoptas la postura que te ha ordenado.
-Puedo notar que estás muy excitada, pero aún vas a tener que esperar un rato antes de poder correrte. Levántate y ponte ahí –te señala una zona despejada de la habitación.
Obedeces.
-Tiéndeme tus manos.
Obedeces y adelantas tus manos hacia Él. De una bolsa que no habías visto antes, situada debajo del sillón donde estaba sentado, tu Amo saca unas muñequeras que te coloca. Mientras lo hace miras hacia arriba y ves que sobre tu cabeza pende una barra horizontal sujeta a una cadena que cuelga de una polea en el techo.
Cuando ha terminado, con las muñequeras, sujeta cada una de éstas a cada extremo de la barra, de forma que tus brazos quedan colgando de la misma, aunque flexionados.
Tu Amo camina hasta una manivela sujeta a la pared. Comienza a darle vueltas y la barra comienza a subir, tensando tus brazos. Tu cuerpo adopta la forma de una Y.
-Separa las piernas.
Obedeces. Ahora tu cuerpo adopta forma de X. Eres accesible desde cualquier punto. Te das cuenta de que podría hacer cualquier cosa contigo y no podrías impedirlo de ninguna forma.
-Voy a dejarte aquí durante una hora para que puedas reflexionar sobre tu nueva condición de esclava.
Oyes cómo la puerta de la sala se cierra y te quedas sola.
Transcurrido el tiempo, el sonido de la puerta abriéndose te indica que tu Amo ha vuelto. Sin embargo, tu sorpresa es mayúscula cuando ante ti aparece, no tu Amo, sino el mayordomo, con una cámara de fotos en la mano. Sin decir nada, comienza a hacerte fotos. Después, camina hasta la manivela que gobierna la polea. Accionándola, tus brazos se destensan. El mayordomo desengancha las muñequeras de la barra y te las quita. Te frotas las muñecas para reactivar la circulación.
A continuación se dirige a ti con aire muy digno.
-El Señor me ha pedido que le comunique su deseo de que se ponga a cuatro patas sobre el sofá, con las piernas separadas. Él vendrá dentro de una hora. Me ha pedido que no abandone la habitación hasta estar seguro de que adopta la postura correcta.
Obedeces la orden y adoptas la postura requerida.
Una hora más tarde vuelves a oír el sonido de la puerta. Sabes que tu Amo está allí, pero no te atreves a girar la cabeza para mirarlo.
Por los sonidos, crees averiguar que se ha sentado en el sillón de antes, por lo que puede ver tu cuerpo de perfil, la curvas de tus nalgas recortadas sobre el respaldo del sofá y la redondez de tus pechos.
-Unas fotos realmente preciosas, esclava. Las añadiré a mi archivo personal.
¿Archivo personal? Eso significa que no has sido la única chica que ha pasado por sus manos. Pero, si ha habido más, ¿dónde están ahora?
-Cambiando de tema, creo que ya va siendo hora de permitirte llegar al orgasmo. Así que en la posición en la que estás ahora, te masturbarás hasta correrte. No me importaría hacerlo yo mismo, pero ya tendremos tiempo para ello… y para más cosas.
Obedeces su orden y te masturbas con una mano, manteniendo la posición hasta llegar al orgasmo.
Después, continúas en la misma postura durante unos segundos, hasta que Él te da la siguiente orden.
-Arrodíllate.
Conocedora ya de qué postura debes adoptar al arrodillarte, cumples la orden.
-Dime, esclava. ¿Te ha gustado correrte?
Respondes con un “Sí, Amo”.
-Entonces dame las gracias.
Tu instinto te dice que no le bastará con un simple “Gracias”. Respondes con un “Gracias, Amo, por el placer que me ha proporcionado ”.

Hellcat
Barcelona
9 de septiembre de 2004

Pensamientos: Hoy es mi cumpleeeeeeeeeeeee!!!

Pos eso, que hoy, durante todo el día :P, es mi cumple, jeje. Muchas felicidades para mí!!!!!

Artículos sobre bdsm: Día internacional del bdsm en el Club Social Rosas 5

Artículos sobre bdsm: Día internacional del bdsm en el Club Social Rosas 5

Desde hace ya un tiempo se está intentando promocionar, por parte de algunas organizaciones internacionales, 24 de julio como día internacional del bdsm.
¿Por qué este día y no otro? Como ya habéis podido leer en algunos artículos y comentarios que han aparecido en este blog, se trata de jugar con las siglas 24/7, que representan el mantenimiento de la relación bdsm 24 horas al día, 7 días a la semana. Es decir, de forma permanente.

En el marco de esta celebración, se van a llevar a cabo una serie de eventos en el Club Rosas 5 de Barcelona. A continuación os transcribo aquí el texto íntegro publicado en su página web (ver enlace a la izquierda).

El proximo viernes 23 de julio el Club abrirá las puertas a las 20:00 horas (8 de la tarde) para, a las 12 de la noche, dar comienzo a la fiesta BDSM "Dia internacional BDSM 24/7".

La fiesta será inagurada por una sesión del Maestro Michael y su esposa y esclava Ingrid. Todos recordamos a Michael & Ingrid del seminario de Bondage o bien de su actuación en la última fiesta BarnaPerve.

A lo largo de la noche y del día 24 de julio habrá actuaciones en la mazmorra y el Club estará abierto las 24 horas del sábado y hasta bien entrada la madrugada del domingo día 25 de julio.

Cerrar, ciera el certamen Domina Zara y su equipo el día 24 por la noche a las 24:00 horas, o sea en la medianoche del sábado al domingo.

No hay codigo de vestimienta.

No se cobra ninguna entrada.

Como el año pasado, habrá DESAYUNO en el Club a un precio reducido a partir de las 8 de la mañana y hasta las 12 del mediodía del sábado, día 24.

Todavía quedan algunas horas (horas pares, 10, 12, 14, 16 h) a lo largo del día para que hagas tu sesión en la mazmorra. Tendras dos horas para ti y tu pareja de juego.

Ponte en contacto con el Clubmaster, sea por teléfono (659 68 58 58), o bien a través de un mensaje interno en esta página, o por mail a clubmaster@clubrosas5.com


Y eso es todo. Aquellos de vosotros que os animéis a acercaros al Club estos días podréis descubrir un mundo apasionante, divertido, y lleno de respeto, amistad y amor (contrariamente a lo que suele creer la gente).

P.D.: Por cierto, el intervalo de tiempo que va desde las 16 hasta las 18 horas ya no está disponible, pues está ocupado... ¿adivináis por quienes? Pues sí: por satin y un servidor ;).