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Master Hellcat

Relato: La subasta

Tina estaba confusa. Normalmente Él era muy hablador y bromista, pero desde que habían salido de casa, hacía algo más de media hora, apenas si había cruzado unas palabras con ella. Durante el trayecto en autobús sólo había conseguido arrancarle unos pocos monosílabos. Respuestas mecánicas que en modo alguno se correspondían con Su carácter abierto y dicharachero. Cansada de su actitud, optó por dejarle sumido en sus pensamientos el resto del trayecto.
Tras bajar del autobús, Él rodeó su cintura con el brazo, tal y como solía hacer siempre, aunque ella comprendió, por la forma de llevarla, que lo había hecho de forma instintiva. Sin embargo, Tina le correspondió haciendo lo mismo. Mientras caminaban hacia la boca de los Ferrocarriles de la Generalitat, ella se llevó la mano libre a su cabello, atusándolo levemente, dando a entender que la suave brisa que soplaba le había descolocado el flequillo. Tan sólo era una excusa para poder girar la cabeza hacia Él y verle la cara. Desilusionada, vio que la expresión de Su rostro no había cambiado. Parecía tan ausente que, por un instante, temió que no estuviera allí realmente. Inconscientemente, Tina puso su mano sobre la de Él, apretándola contra su cintura para reafirmar su presencia. Él dio un pequeño respingo como si despertara de un sueño y giró la cabeza. Ella sonrió, y Él le devolvió la sonrisa. Por un instante, pensó que había vuelto, y se sintió feliz de volver a ser el centro de Su atención. Pero cuando llegaron a la boca de los Ferrocarriles, ambos tuvieron que volver la mirada hacia la escalera, para evitar tropezar, y la ilusión se desvaneció. Mientras descendían, Tina maldijo en silencio todos y cada uno de los escalones que pisaba.
Ya en el vagón, mientras el tren recorría las entrañas de la ciudad, Él volvió a mostrarse distante. Con un suspiro de resignación, Tina apoyó su cabeza en la ventana y cerró los ojos, recordando la conversación que habían mantenido aquella misma mañana. El misterio había comenzado cuando, tras consultar el correo electrónico, Él le había propuesto ir al club aquella noche. Tina no pudo evitar sorprenderse, pues siempre era ella la que le pedía que la acompañara al club. Tras aceptar la propuesta, Él le había dado instrucciones precisas sobre cómo habría de vestirse. Aquello sorprendió a Tina aún más. Hasta ese día, lo más que Él había llegado a exigir respecto a su indumentaria, cuando acudían al club, era que se pusiera su collar de sumisa. Nunca la había obligado a vestir de una forma determinada. Tina pensaba que era porque a Él le siempre le gustaban los vestidos que ella escogía. Sin embargo, en esa ocasión, le había dado instrucciones muy concretas al respecto: un corpiño negro muy ceñido, como a ella le gustaba; una minifalda blanca, que llegaba a la altura de los muslos; unas medias de rejilla negras; zapatos de tacón y, por supuesto, su collar rojo de sumisa, que a ella le gustaba usar habitualmente como complemento, haciendo gala de su sumisión de forma descarada, aprovechando que la mayoría de la gente no conocía su significado. ¿Por qué, de repente, era tan importante que se vistiera de una forma determinada? Por último, cuando salieron de casa, ella observó que Él portaba una bolsa en la mano. Él no le dijo de qué se trataba y ella no se atrevió a preguntarlo.
Tina se revolvió en su asiento. El tacto de la tela de la falda sobre su piel le recordó que no llevaba ropa interior. Se excitó levemente. Sonrió. Siempre le ocurría igual. Aunque estaba más que acostumbrada a no llevar ropa interior, sobre todo cuando salía con Él, nunca podía evitar una cierta excitación al pensar que, debajo de su ropa, estaba completamente desnuda. Pensó que, observando al resto de pasajeros del vagón, se distraería y se olvidaría de ello. Alzó la mirada. Cerca de ella, un hombre de unos treinta y cinco o cuarenta años leía un libro. Tina no alcanzaba a leer el título, pero se le veía realmente interesado en la lectura. De pronto, se imaginó a sí misma levantándose del asiento y caminando hacia él lentamente. Le quitaría el libro de las manos y lo dejaría caer ruidosamente al suelo para captar su atención y la del resto de los pasajeros del vagón. Se situaría justo delante de él y, apoyando las manos en los lados de la falda, comenzaría a alzarla lentamente. Entonces le miraría lascivamente y... sintió que el tren frenaba. Llegaban a la estación en la que debían bajar.
Su excitación, lejos de disminuir, se había acrecentado. Al levantarse y juntar las piernas, notó que estaba mojada. Pensó que quizá habría manchado la falda. Su primer impulso fue decírselo a Él, pero cuando ya estaba a punto de hacerlo, tuvo la extraña sensación de que quizá no le gustaría que ella se hubiera excitado. En realidad, era una idea absurda. Ni siquiera sabía cómo había llegado a esa conclusión. Él siempre disfrutaba viendo cómo provocaba a la gente con sus contoneos, insinuándose a todo hombre o mujer que se cruzara en su camino. Y ella se excitaba sabiendo que Él seguía atentamente con la mirada cada uno de sus movimientos. Pero a pesar de ello, la sensación persistía. Decidió callar. Se limitó a palpar la tela de la falda mientras simulaba que la alisaba. Para su alivio, no notó humedad.
Ya en la calle, ella se decidió a romper aquella situación absurda que mantenían desde hacía una hora.
-¿Te pasa algo?. Apenas me has hablado desde que salimos de casa.
A Él le costó reaccionar. La miró como el padre que mira al hijo que acaba de pronunciar su primera palabra. Cuando habló, lo hizo de forma atropellada.
-No... es... no me pasa nada.
-Estás muy raro.
Él sonrió. Esta vez, su voz sonó más segura.
-De verdad, no te preocupes. Todo está bien -Tina apoyó la cabeza en Su hombro y Él besó su cabello.
Por fin llegaron ante la puerta del club. Tanto la puerta como la fachada estaban recubiertas de madera. No había ningún cartel o símbolo que indicase el uso que se le daba al local. Él separó su mano de la cintura de Tina, abrió la bolsa, y sacó dos muñequeras de cuero negro. Tina se mostró sorprendida, ya que nunca las había visto. Él captó su pensamiento.
-Las compré la semana pasada. Las reservaba para hoy.
Se miraron durante unos segundos. Ella intuía que iba a ocurrir algo.
-¿Confías en mí?
-Ya sabes que sí.
Él sonrió y la besó en los labios.
-Las manos.
Ella alargó las manos hacia Él. Mientras le ponía las muñequeras, ella atisbó por encima de Sus hombros, temiendo y, al mismo tiempo, deseando que algún transeúnte les viera.
-Pon las manos a la espalda.
Tina obedeció. Él uso un mosquetón para unir las dos muñequeras.
-¿Vamos a entrar así en el club? -su tono sonaba asustado. Sin embargo, ambos sabían que, en realidad, ese tono era indicativo de que ella había comenzado a jugar. Desde ese mismo instante ya no eran dos iguales, sino Amo y sumisa.
-Aún no he acabado -dijo Él. Sacó una larga cadena de metal, rematada por una correa de cuero en un extremo y por un mosquetón en el otro. La unió a su collar y la tensó con la mano, acercando la cara de Tina a la suya.
-Te aseguro que no olvidarás esta noche fácilmente -el tono agresivo empleado por Él, le provocó un escalofrío de placer. Manteniendo la cadena tensa, tiró del cabello de Tina hacia atrás y lamió su cuello. Ella gimió.
Él llamó al timbre. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió y en el umbral apareció el dueño del club, que sonrió y le saludó. Ella esperó que él también la saludara, tal y como ocurría siempre desde que habían comenzado a frecuentar el local. Pero eso no ocurrió. Inexplicablemente, el dueño se limitó a mirarla y sonreír. Fue una sonrisa pícara, del estilo: "yo sé algo que tú no sabes". En ese momento, Su Amo tiró de la cadena y ella no tuvo más remedio que seguirle. El dueño esperó a que acabaran de pasar y cerró la puerta tras ella.
Al traspasar el cortinaje que separaba la zona de recepción, de la zona de bar del local, Tina se dio cuenta de que el club estaba atestado de gente. Todos, sin excepción, se giraron para verla. De nuevo, su Amo comenzó a repartir saludos y gestos amistosos con los presentes. Pero absolutamente nadie se dirigió a ella. Tan sólo vio miradas escrutadoras y alcanzó a oír algún que otro murmullo. ¿Por qué nadie le decía nada? Distinguió muchas caras conocidas. Habituales del club, como ella, con los que había departido en muchas ocasiones. Pero ahora la trataban como a una extraña. Sintió que perdía el control de la situación. Comenzó a asustarse. Para tratar de olvidarlo, se fijó en su Amo, que seguía saludando a los asistentes. Lo vio seguro de si mismo. Tina se tranquilizó un poco. Mientras Él tuviera el control, todo iría bien.
Su Amo giró la cabeza y se dirigió a alguien situado tras ella.
-Subimos.
Sin duda se trataba del dueño del club que, tras cerrar la puerta, los había seguido al interior del local. Tina no oyó la respuesta de éste. Supuso que habría respondido mediante un gesto. Su Amo tiró de la cadena y ella le siguió, escaleras arriba. Por un momento pensó que la llevaba a la mazmorra. Se humedeció al instante sólo de pensarlo. Nunca habían llevado a cabo una sesión allí. Su decepción fue mayúscula cuando, al llegar al final de las escaleras, su Amo la condujo hacia la salita reservada exclusivamente para los socios del club. Siguió tirando de la cadena hasta llegar ante una mesa de mármol, baja, pero amplia.
-Sube y arrodíllate.
Tina obedeció. Le costó un poco, ya que aún llevaba las manos inmovilizadas a la espalda. Pero con la ayuda de su Amo, pronto estuvo situada tal y como sabía que a Él le gustaba: con las piernas separadas, las nalgas apoyadas en los talones de los pies y la mirada fija en algún punto del suelo. Tina se dio cuenta enseguida de que la mesa había sido situada de forma que ocupara el menor espacio posible en la sala. Pero, al mismo tiempo, podía ser vista desde cualquier punto de la misma.
Su Amo soltó la cadena, que quedó colgando entre los pechos de Tina y descansando sobre el mármol, entre sus rodillas.
-Quédate aquí. Ahora vuelvo.
-Sí, Amo.
Le siguió con la mirada mientras desaparecía escaleras abajo. Estaba sola. Oía voces que provenían del piso inferior, pero era incapaz de entender lo que decían. Su mente volaba de pensamiento en pensamiento. ¿Qué le iba a ocurrir esa noche? Su Amo nunca la había puesto en una situación semejante. Bueno, alguna vez habían hecho juegos de exhibicionismo por la calle: ella se vestía de forma provocativa y paseaba con Él, exhibiendo descaradamente sus curvas ante la mirada sorprendida de la gente. Tina sabía bien lo que había tras esas miradas: ellos deseaban su cuerpo, ellas envidiaban su desinhibición. Además, la gente con la que se cruzaban no pertenecía al ámbito del bdsm, lo que le permitía a ella controlar la situación completamente. Sin embargo, ahora se encontraba en un plano de inferioridad. Intuía que, a esas alturas, ella era la única que aún no sabía lo que iba a ocurrir. Pensó que quizá se estaba poniendo nerviosa sin razón. En realidad, su Amo ya la había exhibido mientras atravesaban el bar del local. Probablemente subiría dentro de un momento y la llevaría a la mazmorra, donde ambos se divertirían durante un buen rato. Seguramente en la bolsa que había traído de casa llevaba el material que usaban habitualmente en sus sesiones. Él atormentaría su cuerpo con el látigo y las pinzas, quizá incluso con cera caliente, la provocaría diciéndole cosas, acariciaría su piel hasta inflamarla de deseo y, finalmente, acabaría poseyéndola. Y después volverían a casa. Sí, sin duda eso es lo que iba a ocurrir... y, sin embargo, ella sabía que no iba a ser así. Había algo más. Algo nuevo. Y no saber de qué se trataba, era la peor de las torturas.
Las luces se apagaron. Casi al mismo tiempo, Tina oyó pasos en las escaleras. En la semioscuridad distinguió una figura que se acercaba a ella. No la reconoció hasta que estuvo prácticamente a su lado: era Él. Respiró, aliviada. De repente, dos haces de luz rasgaron la oscuridad. Al entrar en la salita, Tina no había visto los dos focos que ahora proyectaban su luz sobre ella. La luz hería sus ojos, de forma que le era totalmente imposible ver lo que había más allá del borde de la mesa. Tan sólo manteniendo humillada la mirada podía evitar la luz.
Oyó Su voz.
-¿Tienes miedo?
-No, Amo -mintió. Claro que tenía miedo. Miedo a lo desconocido. Miedo a una situación que no controlaba. ¿Por qué no lo admitía? Necesitaba el consuelo de su Amo. Habría deseado gritar que estaba asustada, que necesitaba que la abrazase fuerte, que quería que la llevara lejos de allí... Pero, ¿realmente quería irse? Le bastó una fracción de segundo averiguar la respuesta: no. Se dio cuenta de que el sentimiento de entrega hacia su Amo, la necesidad de hacerlo feliz y la excitación que le producía una situación nunca antes experimentada, era más importante para ella que sus propios miedos. Su Amo la usaría a su antojo, y ella se sentiría feliz en su entrega. Se prometió a sí misma que no volvería a dudar de esa forma.
-Aún no sabes a qué has venido, ¿verdad?
-No, Amo -se moría de ganas de averiguarlo, pero no quería que Él se diera cuenta.
-Vas a ser subastada.
Por un momento, Tina alzó el rostro para mirar a su Amo con los ojos desorbitados por la excitación, pero volvió a bajarlo, recordando las órdenes recibidas. ¡Subastada!. Iba a ser vendida al mejor postor. Sería exhibida, alguien pujaría por ella y luego... ¿qué? ¿Sería cedida? Era una posibilidad muy real. ¿Con qué fin, si no, había organizado su Amo la subasta? Sería la primera vez que otro hombre, dentro del ámbito del bdsm, la tocaba. Sintió una punzada de dolor. Sabía que no había razón para ello, pero no pudo dejar de pensar, por un instante, que, en cierto modo, era como si su Amo se deshiciera de Su sumisa y, de paso, buscara un beneficio con ello. ¿Sería así si un día Él se cansaba de ella? Nunca había pensado en ello. La idea de que llegase el día en que su Amo la abandonase le repugnó. Entonces lo vio claro: la subasta... ¡El día había llegado! ¡Su Amo intentaba deshacerse de ella! Tina se sintió desfallecer. ¿Qué había hecho mal? ¿Qué más debía hacer que ya no hubiera hecho? Si ella era feliz a su lado, ¿por qué Él no? En su desesperación, Tina alzó la mirada buscando los ojos de su Amo. No pudo evitar dar un respingo cuando se cruzó con ellos, pues temió ver en su interior una respuesta a sus preguntas que no deseaba conocer. Sin embargo, observó que aquellos ojos le sonreían. Y pudo ver en ellos el amor que todo Amo siente por su sumisa. El corazón de Tina saltó de gozo en su pecho. Pero también vio algo más. Algo que la turbó, puesto que nunca antes lo había visto. Su mirada estaba empañada por un tenue velo de sufrimiento. Aunque sabía que la idea de subastarla y cederla excitaba a su Amo, le conocía lo suficiente como para saber que, en lo más profundo de su ser, también le mortificaba. Ahora comprendía por qué se había mostrado tan parco en palabras durante el trayecto hacia el club. Tina se dio cuenta de que, una vez más, había dudado sin motivo. Y se dijo que lo amaba. Lo amaba con todas sus fuerzas.
-Amo...
-Dime.
-Pase lo que pase, soy suya.
Sintió la mano de Él, acariciándole el cabello y bajando por su nuca hasta su cuello. Tina cerró los ojos, concentrándose en la caricia de su Amo. Y entonces oyó los pasos en la escalera. La gente comenzaba a subir. Su Amo le anunció:
-Es la hora.
Tina vio cómo la sala comenzaba a llenarse de gente. Siluetas sin rostro de hombres y mujeres que pujarían por su cuerpo. Dentro de unos minutos, uno de ellos dispondría de él para hacer todo aquello que se le antojase.
Cuando todos se hubieron acomodado, apareció el dueño del local. Situándose junto a ella y su Amo, comenzó a hablar.
-Lo primero es daros la bienvenida todos a esta velada tan especial. El Amo de Tina os ha elegido a vosotros, entre todos los socios del club, para que tengáis la oportunidad de pujar por su sumisa. Ya conocéis las reglas que se han establecido para ello. Además, aquel Amo o Ama que consiga hacerse con la sumisa podrá llevar a cabo una pequeña sesión en la mazmorra. Creo que su Amo ya os ha informado de los límites de la sumisa. En fin, eso es todo. Que empiece la subasta.
El Amo de Tina le dio las gracias y el dueño del local se perdió en la penumbra de la sala.
-Bueno, a estas alturas todos conocéis a mi sumisa. Dejadme que os diga que se trata de una perrita muy apasionada y, aunque ahora la veáis arrodillada y con la mirada humillada, también puede mostrarse rebelde e indisciplinada. De todos modos, ¿desde cuándo eso es un problema, verdad? -se oyeron risas-. Bien, empezaremos por cincuenta euros... gracias. Ya tenemos al primer candidato.
Había empezado. Estaba siendo subastada. Tina se lo repitió varias veces: "Estoy siendo subastada. Mi Amo me está subastando". Se estaba excitando de nuevo.
-... ¿Cien euros? De acuerdo: cien euros por allí... Vamos, vamos, miradla bien. Sabéis perfectamente que vale mucho más...
Unas manos se apoyaron en los hombros de Tina. Acariciaron sus hombros y bajaron por su espalda. Las manos de Su Amo la tranquilizaban. Él estaba allí, con ella, protegiéndola... De pronto, Tina sintió que el corpiño cedía y se separaba de su cuerpo. Su Amo lo apartó lo suficiente como para que sus pechos quedaran perfectamente expuestos. Tina no había pensado en ningún momento que pasaría aquello. Creyó que la subasta se limitaría a la puja. Pero ahora su Amo comenzaba a desnudarla delante de todos los asistentes. ¿Podría volver a mirar a la gente del club a la cara? No pudo dejar de pensar que, de ahora en adelante, cada vez que hablara con alguno de ellos, en su mente se formarían las mismas preguntas: ¿estuvo en la subasta? ¿Pujó por mí? ¿Qué pensó cuando me vio desnuda?. No importaba. Si su Amo quería exponerla desnuda delante de todos, ella acataría Sus deseos.
-Echa los hombros hacia atrás, perrita, y ofrécenos tus pechos. Quiero que todo el mundo pueda verlos bien -oyó que decía en voz un poco más baja, para volver, a continuación, a recuperar el tono normal- Fijaos qué pechos. ¡Y qué pezones! No me digáis que no tenéis ganas de pellizcarlos con fuerza. Vamos, ¿quién da doscientos euros?... ¿doscientos?... Tenemos doscientos euros, gracias. ¿Vamos por los trescientos? A ver, quién da trescientos euros... ¿o queréis que la siga desnudando? -se oyeron risas y voces- Bien, parece que por allí han ofrecido trescientos euros. ¿Alguien da cuatrocientos?... ¿cuatrocientos?... ¿nadie?...
Pasaron algunos segundos sin que nadie pujara. Llegaba el momento de la verdad. Su Amo cerraría la puja y la entregaría al comprador. Entonces Tina sintió de nuevo las manos de Él, esta vez en sus caderas. Las manos comenzaron a subir, arrastrando con ellas la falda. Tina acomodó su cuerpo para facilitarle la labor. Finalmente, su sexo perfectamente depilado quedó al descubierto.
-Separa más las piernas -Tina obedeció.
-Fijaos en su sexo. Está realmente mojada. Vamos, ¿qué hay de esos cuatrocientos euros? ¿Quién será el afortunado o afortunada que disponga de esta perra en celo?
Tina se sentía terriblemente humillada. Pero era precisamente la humillación de verse exhibida como un objeto sexual, lo que la excitaba cada vez más.
-Han ofrecido cuatrocientos... ¿oigo quinientos?... ¿quinientos euros?... Vamos, ¿acaso no la estáis viendo? -pellizcó los pezones de Tina hasta que se endurecieron- ¿quién de vosotros tendrá la oportunidad de pinzar estos bonitos pezones?... ¡Quinientos euros!... Muy bien... ¿Alguien da más?... De acuerdo, hagamos una cosa: si alguno de vosotros me ofrece seiscientos euros, cerraré la puja en el acto...
Se alzaron murmullos. Aunque, en su condición de sumisa, Tina no tenía derecho a sentirse halagada, no podía evitarlo. Pensó que seiscientos euros era mucho dinero. Sin embargo, dudó de que alguien pudiera ofrecer semejante cantidad. Ya les había costado ofrecer cuatrocientos. La verdad es que la cifra actual, de quinientos, ya era más que satisfactoria. De pronto, los murmullos arreciaron. Oyó a su Amo.
-¡Seiscientos euros! La puja está cerrada.
A Tina le dio un vuelco el corazón. Ya estaba hecho. El trato había sido cerrado. Alguien iba a pagar seiscientos euros por ella y su Amo la entregaría a esa persona para que la usara a su antojo.
Intentó formarse una imagen mental de cómo podría ser: ¿bajo y calvo? ¿Alto y musculoso? ¿O sería una mujer? Pero era inútil seguir por ese camino. Lo averiguaría dentro de poco.
Su Amo la ayudó a ponerse de pie sobre la mesa y liberó sus muñecas.
-Baja de la mesa y quítate la ropa.
Tina dudó por unos instantes, pero comprendió que su pudor no tenía razón de ser. El quitarse la ropa no era más que un mero formulismo. Durante la subasta todos habían visto ya su cuerpo expuesto. Se desnudó despacio, pero sin titubeos. Seguía sin poder ver a la gente a causa de los focos de luz, pero sabía que estaban mirándola. Contemplaban lo que habían perdido mientras pensaban en lo que habrían hecho con su cuerpo si hubieran pujado lo suficiente. Sin embargo, entre ellos estaba el ganador, pensando no en lo que le podría haber hecho, sino en lo que le iba a hacer. Sintió un escalofrío. Se dijo que no permitiría que nadie viera su nerviosismo. Y menos su Amo. Ella haría que Él se sintiera orgulloso de ella.
Cuando estuvo completamente desnuda, su Amo volvió a sujetar sus manos a la espalda. A continuación, vio como cogía la bolsa donde había traído el material y sacó un antifaz. Tina no había pensado en ello. Le iban a vendar los ojos. Eso significaba que, posiblemente, nunca sabría a quién había sido entregada. Se hizo la oscuridad. Sintió unos labios sobre los suyos.
-Estaré aquí cuando acabes -oyó que le murmuraba su Amo para, a continuación, añadir en voz alta, para que le oyeran todos- Ya está lista.
Tina sintió que la cadena se tensaba y comenzó a andar. Unas manos la condujeron a través de escalones, hasta que oyó cerrarse una puerta. Reconoció el sonido: era la puerta de la mazmorra. Por los pasos, Tina descubrió que sólo había otra persona en la habitación. Los pasos se acercaron. La persona que la había comprado debía estar detrás de ella. Notó unas manos en sus caderas, que se deslizaron hasta su vientre, para luego ir subiendo hasta llegar a sus pechos, que acariciaron con fruición antes de que sus pezones fueran pellizcados con fuerza. Tina apretó los dientes para no gemir. Al cabo de unos segundos sus pezones fueron liberados y las manos comenzaron a forcejear con sus muñequeras hasta que Tina notó que podía separar sus brazos. Se sintió contenta de recuperar, al menos, una parte de su cuerpo. Sin embargo, esa sensación duró poco, ya que su comprador la obligó a situar los brazos por delante de ella y sus muñecas fueron unidas mediante cuerdas. La suave sensación de las fibras de algodón inmovilizando sus manos contribuyeron aún más a su excitación y a la necesidad de satisfacción sexual que la acuciaba desde hacía ya un rato. Tina notó que sus brazos eran alzados por encima de su cabeza y sujetados, con toda probabilidad, de alguna de las cadenas que pendían del techo de la mazmorra. Después oyó ruido de engranajes moviéndose y sus brazos fueron alzados aún más, hasta que estuvieron completamente estirados. En ningún momento, durante todo el proceso, su comprador le habló o hizo el menor comentario.
El primer azote la cogió desprevenida. Gritó más por la sorpresa que por el dolor, que no fue demasiado intenso. El látigo -supuso que era un látigo- se enrolló alrededor de su torso justo debajo de sus pechos y sintió la punta golpeando en su costado derecho. Los golpes comenzaron a sucederse a intervalos regulares aunque la zona golpeada variaba desde las caderas hasta el pecho. Tina gemía con cada azote. Privada de la vista, desnuda y en un estado total de indefensión, tan solo le restaba disfrutar de la situación. Ya no le importaba quién la estuviera azotando. Guapo o feo, hombre o mujer, lo único que ocupaba su mente en esos momentos era aquella deliciosa mezcla de miedo, dolor y placer que tan bien conocía. Se preguntó si, dadas las circunstancias, podría tener un orgasmo siendo azotada. Sabía que era muy difícil, pero conocía a gente a la que le había ocurrido y, por otro lado, ella se sentía tan excitada que creyó que, si seguía siendo azotada de esa forma, no tardaría en llegar a él.
Hacía ya rato que había perdido la noción del tiempo. Quizá llevase tan solo unos segundos siendo azotada, pero también podría ser que llevase una hora o más. Era imposible saberlo. Algunos golpes dolían más que otros, sobre todo cuando la punta del látigo la golpeaba en los pechos o en los costados. Entonces apretaba los dientes y aguantaba el dolor hasta que menguaba, recreándose en su entrega. Por el contrario, los azotes en la espalda, en las nalgas o en el vientre, eran más soportables y le proporcionaban un placer indecible. Sin embargo, no habría cambiado ni uno solo de los azotes, incluyendo los más dolorosos, por nada del mundo, pues era el conjunto lo que la estaba llevando al éxtasis absoluto.
Tina dejó de sentir el látigo en su cuerpo. De nuevo oyó ruido de engranajes y sus brazos fueron bajados. Hasta ese momento no había notado el dolor, pero ahora se dio cuenta de que le dolían bastante, supuso que a causa de haber cargado en ellos el peso de su cuerpo. Su comprador la descolgó y le desató las muñecas. Luego la condujo, usando la cadena, hasta otra zona de la mazmorra no muy alejada -Tina contó unos cuatro o cinco pasos de distancia-, donde la obligó a arrodillarse sobre algo acolchado, con las piernas separadas. Debía de tratarse de uno de los muebles con los que contaba la mazmorra para llevar a cabo las sesiones. Con sus manos, el comprador le indicó que debía doblar la cintura hasta apoyar el pecho en una superficie horizontal, también acolchada. Su cuerpo fue asegurado mediante correas con hebillas para evitar cualquier movimiento. ¿Seguiría azotándola en esta postura? ¿O iba a hacer algo nuevo? Sus preguntas fueron contestadas cuando sintió una mano acariciando su sexo. La mano apartó sus labios y rozó su clítoris. Gimió. Los dedos recorrieron su intimidad hasta llegar a la entrada de su vagina. Tina deseó con todas sus fuerzas ser penetrada. Y así fue como ocurrió. Dos dedos entraron en ella. Tina se revolvió, poniendo a prueba la resistencia de las ataduras, al tiempo que emitía un prolongado gemido. Estaba tan mojada que casi no sintió cómo se retiraban pero, al volver a llenarla, pudo percibir que ya no eran dos, sino tres, los dedos que la penetraban. El comprador estuvo penetrándola de esta forma durante unos segundos, hasta que los dedos se retiraron para no volver a entrar. Entonces Tina oyó el sonido característico de unos pantalones al ser desabrochados. No estaba segura de si debía dejar que aquel desconocido la penetrara, pero sabía que su Amo ya habría pensado en ello y lo tendría todo bajo control. Además, estaba lo suficientemente caliente como para necesitar ser penetrada de verdad, no sólo con los dedos. No tardó en sentir a su comprador entrando en su intimidad. Ávida de sexo, Tina movió sus caderas para facilitar la penetración. Su comprador comenzó a poseerla con movimientos suaves al principio, para ir poco a poco aumentando el ritmo y la fuerza de las embestidas. Instintivamente, Tina deseaba retardar el momento del orgasmo para poder disfrutar más. Sin embargo, cuando sintió lo que pareció un dedo penetrando en su ano, Tina no pudo aguantar más y se abandonó al clímax. Su comprador tan solo tardó unos segundos más que ella en llegar al orgasmo, derrumbándose, a continuación, sobre su espalda lo que comprimió aún más sus pechos contra la superficie del mueble.
Al cabo de unos segundos, el comprador se levantó y abandonó la mazmorra, dejándola atada al mueble. Después oyó que alguien entraba y la liberaba de sus ataduras. La ayudó a levantarse y le quitó el antifaz, devolviéndole la vista. A causa del exceso de luz, al abrir los ojos, Tina sólo pudo ver una figura borrosa ante ella. Pero, al cabo de unos instantes, descubrió de quién se trataba. Su Amo estaba ante ella, sonriéndole. Tina se abrazó a él con desesperación, buscando su protección. Él le acarició el cabello y las marcas que el látigo había dejado en su cuerpo.
-Estoy orgulloso de ti, perrita.
Era todo lo que Tina necesitaba oír. Se abrazó a Él con más fuerza.
Tras ayudarla a vestirse, ambos salieron de la mazmorra. La gente que había asistido a la subasta aún continuaba allí. Comenzaron a aplaudir. Tina se sonrojó. Los focos ya habían sido apagados, así que pudo ver sus caras sonrientes. Eran sonrisas cálidas, de complicidad.
Aún estuvieron un rato más en el club, hablando con la gente y recibiendo plácemes y felicitaciones. Cuando abandonaron el local era ya muy tarde. Cogieron un taxi para volver a casa. Ninguno de los dos habló durante el trayecto. No hacía falta.

EPÍLOGO

Ya en el taxi, respiré tranquilo. No había tráfico, así que no tardaríamos en llegar a casa. La verdad es que organizar la subasta había sido un trabajo agotador: hablar con el dueño del local, elegir el día, la gente, explicarles la situación... Al final, todo había salido bien. Miré a Tina. Su cabeza descansaba sobre mi hombro. No estaba dormida, pero tenía los ojos cerrados. Sentí la irresistible tentación de contárselo en ese momento, pero me contuve. No habría sido acertado. Algún día, quizá, le contaría la verdad: que el misterioso comprador que había ofrecido seiscientos euros por ella... era yo.

Hellcat
Barcelona
29 de agosto de 2003
Revisado: 25 de noviembre de 2003
Revisado: 15 de enero de 2004

9 comentarios

Llum De Lluna -

Excitante, tierno, perfecto.

Hellcat -

Efectivamente, Oneea, planteé el relato tomando como base el amor existente entre ambos. ¿Cómo si no puede uno explicarse los pensamientos de Tina a lo largo del relato? Y por parte del Amo, ¿cómo explicarse el epílogo?
Pues por Amor.

Oneea -

No se si una esclava puede dejar sus comentarios aqui, pero de todas formas quiero felicitarte por tu relato...

Me puso los pelos de punta al pensar que alguna vez Mi Amo pudiera hacer algo así conmigo e incluso casi lloraba mientras leía, me alegra saber que hay Amos que de verdad sienten algo mas por su escclava o sumisa que no sea solamente el poder de dominar y hacer con ella lo que quieren. En este caso, imagino que cuando Ud. lo escribió, imaginó que ese Amo amaba a su sumisa... y ella a él.

Ese es nuestro caso, el de Mi Amo y yo.

Hellcat -

Muchas gracias lena{DR} :).

lena{DR} -

Muy bello, me encanta el final. Es el primer relato de subastas que en vez de sórdido y triste me parece hermoso, excitante y tierno.

Hellat -

Gracias por tu comentario. Pero todos los relatos que he escrito son ficción. No son reales. Lo que sí es real es el diario de satin. Lo escribe ella.

gerque -

Compañero el relato esta muy excitante, y me agrado mas el epilogo, te felicito, saludos a tina y ojala que sigan juntos, desde Costa Rica, nos vemos

Hellcat -

Me alegro de que te haya gustado :).

Maria -

Uff... què excitant