Blogia

Master Hellcat

Artículos sobre bdsm: Enlace bdsm en el Club Social Rosas5

Este sábado tuve el privilegio de asistir, con mi querida amiga y sumisa
demoke, a la ceremonia del enlace bdsm que tuvo lugar en el Club Social
Rosas5 de Barcelona entre dos buenos amigos: Pande e isla{P}.
El gran número de asistentes al evento, que hizo que el local se quedara
pequeño en algunos momentos, dio fe del cariño y las simpatías que
despiertan los contrayentes entre todos los asiduos al club.
Por supuesto, todos los invitados vistieron sus mejores galas –demoke, y
no lo digo porque sea mi sumisa :p, estaba guapísima con su vestido largo
de látex,-, pues la ocasión no era para menos. Se vieron muy variados
modelos, que iban desde chaquetas, camisas y los siempre socorridos
pantalones vaqueros, hasta los zapatos de tacón, botas de caña alta y
vestidos de látex, pasando por los corsés, pantalones de cuero y un largo
etcétera. En cuanto al color predominante, el negro, claro está.
La ceremonia, ambientada con música de Blade Runner, El Señor de los
Anillos y Carmina Burana, dio paso a la cena –gracias isla{P} ;)-, momento
ideal para departir con los asistentes sobre lo humano y lo divino.
Tras la cena, los invitados que así lo desearon, iniciaron los juegos, todo
presidido por un ambiente festivo y de total cordialidad.
Mil gracias a los organizadores y asistentes por tan magnífica velada. Y,
por supuesto, a Pande e isla{P}. Muchas felicidades a los dos.

Hellcat
Barcelona
2 de febrero de 2004

Material bdsm: El pinwheel

Material bdsm: El pinwheel

El instrumento que veis en la foto es un pinwheel. Su uso es muy simple: basta con hacerlo rodar sobre el cuerpo de la sumisa.
Pese a su aspecto intimidatorio, os aseguro que el pinwheel no es un instrumento peligroso. Es virtualmente imposible que los pinchos se lleguen a clavar, ya que al haber siempre varios de ellos en contacto con la piel, la presión ejercida por el conjunto es lo suficientemente pequeña como para evitarlo.
La sensación que se consigue con el pinwheel varía en función de la presión ejercida por el Amo, la zona de aplicación y la velocidad con la que se haga rodar por el cuerpo.
Este instrumento tiene mucha aceptación entre las sumisas. Para aquéllas que disfrutan con las sensaciones físicas o que les guste un poco de dolor, el pinwheel será un gran descubrimiento. Sin embargo, también puede usarse de forma suave para proporcionar un placentero masaje. En resumen, os garantizo que con el pinwheel descubriréis un mundo de nuevas sensaciones.

Hellcat
Barcelona
29 de enero de 2004

¿Qué es el bdsm?: ¿Amos?

Al crear esta página nunca se me ocurrió, ni por un momento, que las opiniones que vierto en ella deban ser tomadas al pie de la letra. Nunca me cansaré de repetirlo: tan sólo es mi opinión, tan válida como la de cualquier otra persona. Sin embargo, hay cosas por las que no paso y me niego rotundamente a admitirlas.
Me refiero a cierto tipo de gente que cree que las sumisas son objetos que han venido al mundo para servir de criadas. Gente que piensa que el respeto de una sumisa hacia su Amo no se gana, sino que se impone a base de castigos. Elementos que "usan" –en el sentido más rastrero de la palabra- a la sumisa y se olvidan de ella una vez que sus ansias enfermizas de dominación se han visto satisfechas. Individuos que se niegan a besar a su sumisa –pobrecilla- porque creen que eso es un signo de debilidad. Supuestos “Amos” que no entienden que “no”, significa siempre “no”. Y cuando lo reciben de una sumisa, intentan coaccionarla mediante amenazas para que acceda a sus deseos. Se trata de gente, en definitiva, para la que los conceptos de amor, entrega, respeto y diálogo no tienen ningún significado.
Sé que parece increíble, pero hay gente por ahí que piensa de esta forma. Uno intenta otorgarles el beneficio de la duda y procede a explicarles pacientemente que una sumisa no es un objeto, sino una persona con sentimientos. Se le dice que la entrega de una sumisa es el mayor regalo que un Amo puede recibir. Se le explica que el amor de una sumisa se gana mediante el diálogo y el respeto. Se le anima a abrazar y mimar a la sumisa diciéndole que eso no es un signo de debilidad, sino todo lo contrario. En definitiva, se le explica con todo lujo de detalles lo que, afortunadamente, para una gran mayoría de Amos es algo normal y dan por hecho. Pero no lo entienden. Lo rechazan y, lo que es más, pretenden que nosotros entendamos que su postura es la correcta y que no tenemos ni idea de qué es el bdsm.
Pues no, no y no. Por ahí no paso. Sumisas del mundo: ¡huid de esta chusma!
La verdad es que este tipo de gente es muy peligrosa, pues, por increíble que parezca, ellos realmente creen que están practicando bdsm, cuando es manifiesto que no es así. La coacción, el chantaje, las amenazas, el desprecio y los malos tratos –físicos o psíquicos- no entran dentro del bdsm.
Por desgracia, gente de este tipo es la que nos da mal nombre. Pero si habiéndoles explicado en qué consiste el código SSC* continúan en sus trece, nosotros ya no podemos hacer nada al respecto, excepto intentar aislarlos de la comunidad bdsm para evitar que haya sumisas que caigan en sus garras y se vean envueltas en graves problemas. Y creedme cuando os digo que sé de qué estoy hablando.
Sé que yo sólo soy uno, pero la unión hace la fuerza. Es necesario que, entre todos, demostremos a esta gente que no tiene cabida dentro de la comunidad bdsm.

Hellcat
Barcelona
27 de enero de 2004

*ver: “¿Qué es el bdsm?: Sobre el bdsm”

Artículos sobre bdsm: Carencia de Amas y sumisas

No es difícil encontrar, en foros y chats, Amos y sumisos que se quejan amargamente de que, tras buscar durante largo tiempo, siguen sin encontrar alguna Ama o sumisa con la que jugar. En algunos casos esta situación lleva prolongándose durante meses e incluso años, con la consiguiente desesperación y desesperanza del individuo en cuestión.
No es tema que pueda tomarse a broma. Es muy cierto que la demanda de mujeres en el mundo bdsm es grande debido al exceso de Amos y sumisos o a la falta de Amas y sumisas –tanto monta, monta tanto- en el mercado. No es ningún misterio para nadie que, cuando un Ama o sumisa anuncia públicamente, a través de un chat o un foro, que busca un Amo o un sumiso –según corresponda-, a las pocas horas el buzón de correo de las demandantes rebosa de mensajes de aspirantes.
¿Por qué hay tan pocas mujeres en el bdsm? ¿Será que a los hombres nos gusta más el bdsm que a las mujeres? Definitivamente no. Me niego a creerlo. Hombres y mujeres no somos diferentes en esto. Entonces, ¿cuál es la causa? Según mi opinión, creo que son principalmente dos.
La primera causa es sencilla de entender: no hay muchas mujeres que estén dispuestas a quedarse a solas con un hombre para hacer juegos bdsm. Lógicamente, esta cuestión afecta más a las sumisas que a las Amas. Pues si bien, desde el punto de vista de las Amas, “nunca se sabe quién te puede tocar”, desde el de las sumisas, ¿quién, en su sano juicio, se dejaría atar –por poner un ejemplo ilustrativo- por un desconocido? En muchos casos, el hacerse esta pregunta provoca el resquemor de la sumisa a entrar en el mundo del bdsm. Contra este argumento… ¿qué puede decirse? La verdad es que yo, en su lugar, pensaría como ellas. De hecho, cuando hablo con sumisas, a menudo les comunico mi admiración por tener el valor para dejarse atar y ponerse en manos de otra persona.
Cuando trabo amistad con alguna sumisa principiante, si llega un momento en que nos planteamos hacer juegos bdsm, suelo hacer hincapié en que una cosa es hablar de dichos juegos por msn, mientras ella está tranquilamente en su casa, y otra muy distinta será estar ante mí cuando le diga que la voy a atar. A partir de ese momento las palabras y las declaraciones de intenciones estarán de más. Será real. Ella estará atada y a mi completa merced. Si les cuento esto no es para asustarlas o ponerlas nerviosas, sino, precisamente, para que sean plenamente conscientes de lo que va a ocurrir. No me importa esperar el tiempo que haga falta hasta que estén preparadas. Lo que sí considero importante es que lo estén de verdad y que cuando así lo decidan, lo hagan porque confían en mí lo suficiente como para dar ese paso.
La segunda causa es de carácter histórico. El hombre ha demonizado la sexualidad de la mujer durante miles de años. La fuerte represión sexual a que se han visto sometidas las mujeres –y a la que son sometidas actualmente en algunos casos-, no contribuye precisamente a que puedan expresar libremente su sexualidad. Es cierto que en estas últimas décadas hemos asistido a un progresivo despertar social de la mujer, cosa impensable hace tan solo treinta o cuarenta años, cuando la mujer estaba irremediablemente supeditada a la autoridad del hombre. Este cambio de actitud y mentalidad ha provocado que ya no nos resulte extraño que, en las relaciones sexuales y de pareja, sea la mujer la que tome la iniciativa en muchas ocasiones. Y esto es algo que los hombres deberíamos apreciar en lo que vale, que no es poco. Sin embargo, no debemos engañarnos: por mucho que haya avanzado la mujer en estos aspectos, el muro levantado durante milenios de represión no puede ser derribado tan fácilmente.
Añádase a todo esto el hecho de que estamos hablando de bdsm. Es decir, que al sentimiento inconsciente de culpabilidad y de estar haciendo “algo malo” por expresar su sexualidad libremente, hemos de añadir que esa sexualidad se revela desde el punto de vista de la necesidad de dominar o ser dominada. Llueve sobre mojado. No es difícil imaginarse a una mujer a la que le atrae el bdsm preguntándose qué pensarán los demás de ella. Si la persona que ha de responder esa pregunta pertenece al ámbito bdsm, la respuesta es muy simple: nada. Si eres mujer y estás leyendo este artículo, da el paso. Habla con nosotros. Te escucharemos, te aconsejaremos y te enseñaremos el camino para que puedas disfrutar plenamente del bdsm SSC*. Porque nosotros somos como tú. Nosotros te entendemos. Sabemos por lo que estás pasando: tienes miedo, estás desorientada y te sientes confusa. Nosotros no te juzgamos. Te ayudaremos a aceptarte tal como eres. No eres rara. No estás enferma. Simplemente vives tu sexualidad de un modo distinto.

Hellcat
Barcelona
22 de enero de 2004

*ver: “¿Qué es el bdsm?: Sobre el bdsm”

Relato: Mi despertar

Nunca antes me había atrevido a contar cómo me convertí en sumisa de mi Amo. No porque me avergüence de ello, pues soy totalmente libre para elegir, sino porque soy muy celosa de mi intimidad y consideraba que esta historia era mía y de nadie más.
Sin embargo, ahora, con el paso de los años, me he dado cuenta de que, del mismo modo que me ocurrió a mí, puede que haya muchas chicas jóvenes que estén en una situación análoga a la que yo viví y se sientan confusas y desorientadas. Sirva este texto para intentar ayudarlas y que se comprendan y acepten a sí mismas tal como son.
Por aquel entonces –no entraré en detalles sobre la fecha exacta- yo tenía diecinueve años. Vivía con mis padres y mi hermana pequeña en un piso situado en un barrio céntrico de Barcelona. Mi vida era muy sencilla: la familia, la universidad, los fines de semana, el cine, los amigos, mi novio…
Mi novio…
Jaime era un buen chico. Educado, buen estudiante, cariñoso,... Yo quería a Jaime. Bueno, o al menos eso pensaba por aquel entonces. Ahora ya no lo sé. Sin duda nos habríamos casado en cuanto hubiéramos acabado los estudios y encontrado un trabajo más o menos estable. Los niños habrían llegado poco después. A estas alturas, mi vida sería como la de cualquier mujer de mi edad. Sé que me porté muy mal con él, pero si no lo hubiera dejado yo no habría sido feliz... y habría acabado haciéndole daño. Una amiga común con la que me encontré en un restaurante hace unos dos o tres años me contó que se había casado y tenía un hijo. Me alegro por él de corazón.
Pero me estoy desviando de la historia que me ocupa y me arriesgo a que mi Amo me castigue por ello, así que retomo el hilo allí donde lo dejé. Pido disculpas al lector.
El piso contiguo al nuestro llevaba varias semanas deshabitado. Sus antiguos inquilinos, un matrimonio de avanzada edad, se habían ido a vivir con los hijos y habían puesto el piso en alquiler. Un día, mi hermana entró en casa muy excitada, contando que unos señores estaban entrando unas cajas en el piso de al lado. Íbamos a tener nuevos vecinos. Recuerdo que mi madre hizo un comentario sobre los problemas que traería a la comunidad el hecho de tener unos vecinos raros o ruidosos. Por mi parte, no presté mayor atención al asunto.
Dos días después, por la tarde, sonó el timbre de la puerta. Fue mi padre el que abrió. Al cabo de unos segundos reapareció en el salón acompañado de dos personas. Entonces lo vi a Él. En aquel momento no habría sabido explicar por qué me impactó tanto. A simple vista no tenía ninguna cualidad especial. Aparentaba unos treinta y cinco años, más o menos. No era ni muy alto ni tampoco lo que se dice guapo. “Del montón” era la expresión que mejor Le definía. Y, sin embargo, en Su actitud había algo… ni siquiera ahora sé cómo definirlo. Me limitaré a decir que Su presencia “llenaba”. Él estaba allí, y todos los demás parecíamos empequeñecidos a Su lado. Me quedé embobada mirándolo, sin saber qué hacer cuando mi padre me Lo presentó como “Pablo, nuestro nuevo vecino”. A duras penas pude levantarme del sofá y estrecharle la mano. Me sonrió y yo sentí que las piernas me temblaban.
Me obligué a mí misma a girar la cabeza para fijarme en Su acompañante y escapar así del hechizo que parecía haberse apoderado de mí. Ella era una chica muy bonita, unos diez años menor que Él. Tenía una espesa melena de color castaño claro que le caía sobre los hombros como una cascada y unos preciosos ojos almendrados. Su cuerpo, por lo que podía adivinarse bajo la ropa, era esbelto y bien formado. Se llamaba Sonia.
Se me antoja necesario, llegados a este punto, hacer un inciso para explicar al lector que, antes de conocer a mi Amo, nunca había dormido desnuda, excepto cuando me acostaba con Jaime, claro. Siempre usaba un pijama. Cuando sentía la necesidad de masturbarme, me levantaba la camiseta del pijama para poder acariciarme los pechos con una mano mientras introducía la otra dentro de los pantalones. Siempre lo hacía tapada por las sábanas. Nunca me había masturbado en otro sitio que no fuera la cama. Ni siquiera en la ducha. No sé… en aquella época me daba reparo verme haciendo según qué cosas.
Sin embargo, aquella noche, ya en mi habitación, no me podía quitar Su imagen de mi cabeza. Mientras me desvestía para ponerme el pijama, me sentí acuciada por un ardor hasta entonces desconocido para mí y que no podía comprender. De repente, mi desnudez se me reveló como algo excitante. Me tumbé en la cama desnuda y comencé a masturbarme como nunca antes lo había hecho, mientras pensaba en Él. Fue el mejor orgasmo de mi vida, sin duda alguna. Aquella noche me obligué a mí misma a dormir desnuda bajo las sábanas.
Ya por la mañana, un sentimiento de culpa se apoderó de mí. ¿Qué me había pasado? No conocía a ese hombre de nada. Ni siquiera me parecía guapo. Además, Él ya tenía pareja. Y muy guapa, por cierto. Además, estaba Jaime, al que yo quería… Pero Él seguía dentro de mi cabeza.
Volví a verlo unos tres o cuatro días después. Era de madrugada y yo volvía a casa tras haber salido con Jaime. Caminaba por la acera de casa cuando los vi doblando la otra esquina, frente a mí. Mi primera reacción fue la de intentar evitar el encuentro. Me enfadé conmigo misma por pensar como una cría. Cuando llegamos al portal, abrí la puerta con las llaves y esperé durante unos segundos hasta que ellos llegaron. Él me sonrió y me dio las gracias. Ya en el ascensor, en medio de un incómodo silencio, le miré a la cara disimuladamente. Me sobresalté al darme cuenta de que Él me estaba mirando a mí. Su mirada era muy intensa. Hasta el punto que no pude sostenerla y me vi obligada a apartar la mía. Fue entonces cuando vi el anillo. Era ancho y plateado, con una especie de argolla en la parte superior. Lo llevaba colocado en el dedo pulgar de la mano derecha. Inmediatamente busqué en las manos de ella, por si llevaba uno igual. Efectivamente. Lo llevaba en el dedo anular de su mano izquierda. Era un anillo idéntico al de Él, pero más pequeño, adaptado a la medida de su dedo.
Sabía que Él me seguía mirando. No podía verlo, pero de alguna manera lo sabía. Mis piernas comenzaron a temblar de nuevo. Ahora, recordando aquellos momentos mientras los estoy transcribiendo, me sorprende darme cuenta de que en ningún momento me sentí incómoda. Turbada por Su presencia, sí. Pero no incómoda.
Cuando el ascensor llegó a nuestra planta, salí rápidamente de él murmurando un apresurado “hasta luego”, abrí la puerta de casa, entré lo más rápidamente que pude, y la volví a cerrar a mi espalda con un alivio indecible. ¡Me había ocurrido otra vez! ¿Por qué aquel hombre producía ese efecto en mí? ¿Por qué me mostraba tan débil ante Él? No lo podía explicar.
Al llegar a este punto de mi relato, miro mi propio anillo y no puedo dejar de sonreír al recordar todo lo ocurrido. Pero debo proseguir con el relato...
El verdadero impacto lo recibí al día siguiente. Mi madre me envió a casa de Él a pedir algo –o fue mi padre... En todo caso, ni siquiera recuerdo ya qué era lo que quería- que necesitaba en ese momento. Recuerdo que abrió la puerta Él y que, tras pedirle lo que necesitaba, me quedé esperando mientras se dirigía a buscarlo. Fue entonces cuando vi la escena que cambió mi vida para siempre. En una habitación lateral, a través de la puerta entreabierta, puede ver el cuerpo desnudo de Sonia de espaldas a mí. Sus muñecas, unidas mediante una cuerda, pendían de lo que parecía una especie de gancho sujeto al techo. Sus piernas estaban muy separadas debido a que sus tobillos estaban atados, también con cuerdas, a una barra de madera que impedía que los pudiera juntar. Y sus nalgas firmes y lisas, levemente enrojecidas, se me mostraban magníficas en su desnudez. Su cuerpo estaba cubierto de sudor y su respiración era jadeante. Es sorprendente cómo puedo recordar tantos detalles, dado el tiempo que ha transcurrido desde entonces, habiéndola visto tan sólo durante unos segundos.
Nunca he sabido si mi Amo dejó la puerta entreabierta adrede o fue una casualidad. Sólo sé que aquella imagen me impactó hasta lo más profundo de mi ser. Por extraño que parezca, no me asusté al ver a Sonia así. Ni en ningún momento se me pasó por la cabeza irme de allí. Más bien todo lo contrario. De repente me sentí muy excitada. Cuando Él volvió, pareció no darse cuenta de mi azoramiento. O, si se dio cuenta, no dio muestras de ello. Volví a mi casa caminando lentamente, sin poder dejar de pensar que, en esos precisos instantes, Sonia se hallaba allí, atada, y que Él estaría con ella, haciéndole... lo que le hubiera estado haciendo antes de que yo llamara al timbre.
Tras darle a mi madre –o mi padre- lo que fui a buscar, me encerré en mi habitación, me tumbé en la cama y seguí dándole vueltas a la cabeza. Y, de repente, tuve una revelación. No fue un pensamiento producto de una concatenación de razonamientos. Simplemente, el pensamiento apareció allí: deseé ser Sonia. Quise estar allí, desnuda y atada, a Su merced.
Durante los días siguientes llegué casi a obsesionarme con la idea. Dejé de salir con Jaime. Utilizaba la primera excusa que se me ocurría para no quedar con él. Sé que me porté muy mal. Afortunadamente pudimos hablar de ello algún tiempo después. Le conté lo que me había ocurrido y le hable de Él. Por supuesto, no lo entendió. Le hice daño... y eso es de lo único que me arrepiento. Pero como ya he explicado, es mejor así.
Vuelvo a desviarme del tema. Ruego al lector que me disculpe de nuevo. Continúo...
Al final tomé una determinación: debía hablar con Él. Aquel día sí lo recuerdo con toda claridad. Era un sábado por la tarde. Llamé al timbre y de nuevo me abrió Él la puerta. Le pregunté si podíamos hablar y me invitó a pasar. Me llevó hasta el salón. Sonia parecía no estar en casa. Mejor. No quería que ella escuchara lo que iba a decirle. Él se sentó en un sofá. Yo me dispuse a hacer lo propio, pero me dijo que no lo hiciera. Debía permanecer de pie. No empleó un tono brusco o severo para decírmelo. No sé qué fue, pero me vi obligada a obedecerle. Simplemente, su forma de decirlo no daba lugar a otras opciones. “Bueno, tú dirás”, dijo. Yo no sabía por donde comenzar. ¿Qué podía decirle? ¿Cómo podía abordar la cuestión? Oí pasos. Giré la cabeza y vi a Sonia entrando en el salón. Iba completamente desnuda, excepto por un collar con una argolla que rodeaba su cuello. Era realmente preciosa. Comencé a ponerme realmente nerviosa. Sonia pasó por delante de mí sin mirarme y se arrodilló a Su lado, acurrucándose contra Sus piernas.
Al volver a mirarlo a Él, vi que sonreía. Era la misma sonrisa que había visto en el ascensor, días atrás. Y volví a bajar la mirada. “Dime”, le oí decir, “el otro día, cuando viniste a casa, ¿viste a Sonia?”. “Sí”, contesté con un hilo de voz. “Eso me parecía”, dijo Él. “¿Y qué piensas al respecto?”, preguntó. “Me gustó”, respondí, sintiendo el calor del rubor en mis mejillas. “Arrodíllate”, ordenó. Alcé la mirada instintivamente, para asegurarme de que no había oído mal. Él seguía allí, sonriendo, mientras acariciaba el cabello de Sonia, cuya cabeza descansaba en Su regazo, como si fuera una perrita.
Me arrodillé ante Él. Era la primera vez que me arrodillaba ante alguien. Sin embargo, sentí una especie de alivio, de liberación, al hacerlo. “Has venido a decirme algo”, no era una pregunta. “Sí...”. “Dilo”, apremió. “Yo... yo... quiero...”. “Qué quieres”. “Quiero... quiero... ser como ella”, dije, señalando con el dedo a Sonia. “Lo serás”, sentenció Él.
A partir de ese momento, al admitir lo que deseaba, me sentí distinta. Supe que Él me protegería y consolaría. Que sería mi mentor, mi amigo y mi amante. Me sentí... suya.
Ellos se mudaron de piso un año después y, al acabar mis estudios, me fui a vivir con ellos. Ya han pasado varios años desde entonces. Comparto su felicidad y ellos comparten la mía. Sí, puedo decirlo: soy feliz.
Ahora debo dejar al lector con sus propios pensamientos, pues mi Amo desea jugar conmigo y con Sonia. Siento que mis piernas vuelven a temblar ante la perspectiva de verme de nuevo ante Su presencia. ¡Qué dulces son sus caricias! ¡Cuánto amor hay en sus castigos!... Pero no puedo entretenerme más. Les dejo. Hasta siempre.

Hellcat
Barcelona
20 de enero de 2004
Revisado: 21 de enero de 2004

"¿Qué es el bdsm?: Sobre el bdsm"

No es nada fácil explicar qué es o en qué consiste el bdsm. Lo primero que debéis hacer para poder comprender lo que os voy a explicar a continuación es olvidaros de la mayoría de cosas que habéis visto u oido. La gran mayoría de reportajes que he visto o leído sobre bdsm han sido realizados por gente ajena a este mundo, por lo que sus trabajos proporcionaban una visión totalmente distorsionada y sesgada del bdsm. Generalmente se tiene una imagen del bdsm de cadenas, cuero y violencia. No es tan simple. Ni es tan crudo. El mundo bdsm es muy vasto. Vayamos por parte.

Las siglas "bdsm" significan: bondage (ataduras), dominación, sumisión, sadomasoquismo.

Generalmente, en una relación bdsm, una persona adopta el papel de dominante y otra el papel de sumiso/a. Sin embargo, se da mucho el caso de gente a la que le gustan ambos roles. A esta tendencia se le llama "switch". Para simplificar, a partir de ahora me referiré a una relación bdsm entre un Amo y una sumisa, aunque queda entendido que cualquier combinación es posible.

¿Hay reglas en el bdsm?: En efecto, las hay. Las tres reglas básicas del bdsm son: Sano, Seguro y Consensuado (SSC). Si en una relación bdsm no se cumple alguna de estas reglas, entonces ya no es bdsm. Además, a estas reglas yo siempre añado otras dos: respeto y diálogo.
El respeto hacia el otro es fundamental. Yo siempre digo que, por encima de Amos y sumisas, todos somos personas y como tal hemos de tratarnos. El bdsm es como la representación de un sentimiento y, mediante las sesiones y juegos, podemos expresar esos sentimientos. Yo puedo hacer muchas cosas y decir muchas otras a una sumisa mientras jugamos, pero siempre tengo presente que, por encima de todo, es una persona. Hay gente que, por el hecho de ser Amo/a piensa que es superior a la sumisa y que ésta es un objeto que ha venido al mundo para servirle y complacerle. No son Amos de verdad. Lo que necesitan es un psicólogo que les trate su complejo de inferioridad.
En una relación bdsm el diálogo es fundamental. Más, si cabe, que en una relación tradicional. ¿Cómo sé lo que una sumisa espera de mí? ¿Qué debo hacer para complacerla? ¿Qué deben hacer ellas para complacerme a mí? A veces leo en foros a gente que pregunta si existe alguna especie de manual para Amos o sumisas. No existe. Y si existe, no lo leería. Cada persona es un mundo, por lo tanto no puedo tratar a una sumisa como trataría a otra, puesto que ambas tienen diferentes personalidades, diferentes gustos y se comportan de forma distinta. Sólo hay una forma de ser un buen Amo o una buena sumisa: hablando y conociendo a la otra parte.

¿El bdsm es peligroso?: No. O al menos no más que cruzar la calle o bajar por unas escaleras. Del mismo modo que cuando cambiamos de acera miramos a lado y lado de la calle, en el bdsm basta con usar unas mínimas precauciones y tener un poco de sentido común. La sumisa jamás estará en peligro a menos que el Amo sea un incompetente, lo cual no tiene nada que ver con el bdsm. Un incompetente lo será siempre, con o sin bdsm.

¿La sumisa puede elegir?: Por supuesto que sí. La sumisa es quien pone los límites. Qué desea hacer y qué no. Dentro de esos límites el Amo tiene libertad absoluta, usando siempre el sentido común, claro está. Podrá, incluso, acercarse a esos límites. Pero nunca traspasarlos sin el consentimiento expreso de la sumisa. En el bdsm, el Amo es un guía en el camino que la sumisa recorre en su sumisión y entrega. Éste no puede forzar las cosas, pero puede ayudar a la sumisa a vencer sus propios miedos y barreras. Como ya he dicho antes, en realidad es la sumisa la que va avanzando y la que va diciendo qué quiere hacer.

¿Es necesario el dolor en el bdsm?: En absoluto. El dolor tan sólo es una pequeña parte del bdsm. Fetichismo, bondage, dominación, humillación, etc, forman parte del bdsm. Cada persona tiene sus preferencias, y deben ser respetadas. Por lo tanto, el hecho de que a una persona le guste o practique unos determinados juegos, o no, no lo convertirá en mejor o peor Amo o sumisa.

¿Qué aporta el bdsm a la sumisa?: Aparte de placer físico y psíquico, tras hablar con varias sumisas, he constatado que las sesiones y/o relaciones bdsm tienen dos efectos importantes sobre ellas: 1) una sesión bdsm es uno de los mejores desestresantes que conocen; 2) El bdsm les ayuda a conocerse a sí mismas como mujeres y personas.

¿Los practicantes de bdsm somos "raros"?: No más que cualquier otra persona. No llevamos un cartel en la frente que ponga "me gusta el bdsm". Cualquier amigo, vecino o familiar tuyo podría estar practicando el bdsm de forma habitual sin que tú lo sepas. Piensa en ello. De hecho, muchísimas parejas que no se consideran bdsm lo han practicado alguna vez sin saberlo. Usar unas esposas, pasar un cubito de hielo por el cuerpo, salir a la calle con poca ropa disfrutando de las miradas de la gente,...

¿El bdsm es una perversión?: ¿Perversión? ¿Y qué es una perversión? ¿Quién o qué decide lo que es una perversión? ¿Acaso bombardear un país para conseguir el petroleo de su subsuelo no es una perversión? Importantes profesionales no consideran el bdsm una perversión, sino un juego o alternativa sexual. El bdsm sólo se convierte en perversión cuando deja de cumplir alguna de las reglas SSC o se convierte en una obsesión enfermiza.

Por supuesto, todo lo que he escrito no es más que mi opinión personal, tan válida como la de cualquier otro. Quedan muchas, muchísimas cosas por explicar sobre el bdsm. No dudes en contactar conmigo si precisas de alguna aclaración o si deseas preguntarme algo.

Relato: La subasta

Tina estaba confusa. Normalmente Él era muy hablador y bromista, pero desde que habían salido de casa, hacía algo más de media hora, apenas si había cruzado unas palabras con ella. Durante el trayecto en autobús sólo había conseguido arrancarle unos pocos monosílabos. Respuestas mecánicas que en modo alguno se correspondían con Su carácter abierto y dicharachero. Cansada de su actitud, optó por dejarle sumido en sus pensamientos el resto del trayecto.
Tras bajar del autobús, Él rodeó su cintura con el brazo, tal y como solía hacer siempre, aunque ella comprendió, por la forma de llevarla, que lo había hecho de forma instintiva. Sin embargo, Tina le correspondió haciendo lo mismo. Mientras caminaban hacia la boca de los Ferrocarriles de la Generalitat, ella se llevó la mano libre a su cabello, atusándolo levemente, dando a entender que la suave brisa que soplaba le había descolocado el flequillo. Tan sólo era una excusa para poder girar la cabeza hacia Él y verle la cara. Desilusionada, vio que la expresión de Su rostro no había cambiado. Parecía tan ausente que, por un instante, temió que no estuviera allí realmente. Inconscientemente, Tina puso su mano sobre la de Él, apretándola contra su cintura para reafirmar su presencia. Él dio un pequeño respingo como si despertara de un sueño y giró la cabeza. Ella sonrió, y Él le devolvió la sonrisa. Por un instante, pensó que había vuelto, y se sintió feliz de volver a ser el centro de Su atención. Pero cuando llegaron a la boca de los Ferrocarriles, ambos tuvieron que volver la mirada hacia la escalera, para evitar tropezar, y la ilusión se desvaneció. Mientras descendían, Tina maldijo en silencio todos y cada uno de los escalones que pisaba.
Ya en el vagón, mientras el tren recorría las entrañas de la ciudad, Él volvió a mostrarse distante. Con un suspiro de resignación, Tina apoyó su cabeza en la ventana y cerró los ojos, recordando la conversación que habían mantenido aquella misma mañana. El misterio había comenzado cuando, tras consultar el correo electrónico, Él le había propuesto ir al club aquella noche. Tina no pudo evitar sorprenderse, pues siempre era ella la que le pedía que la acompañara al club. Tras aceptar la propuesta, Él le había dado instrucciones precisas sobre cómo habría de vestirse. Aquello sorprendió a Tina aún más. Hasta ese día, lo más que Él había llegado a exigir respecto a su indumentaria, cuando acudían al club, era que se pusiera su collar de sumisa. Nunca la había obligado a vestir de una forma determinada. Tina pensaba que era porque a Él le siempre le gustaban los vestidos que ella escogía. Sin embargo, en esa ocasión, le había dado instrucciones muy concretas al respecto: un corpiño negro muy ceñido, como a ella le gustaba; una minifalda blanca, que llegaba a la altura de los muslos; unas medias de rejilla negras; zapatos de tacón y, por supuesto, su collar rojo de sumisa, que a ella le gustaba usar habitualmente como complemento, haciendo gala de su sumisión de forma descarada, aprovechando que la mayoría de la gente no conocía su significado. ¿Por qué, de repente, era tan importante que se vistiera de una forma determinada? Por último, cuando salieron de casa, ella observó que Él portaba una bolsa en la mano. Él no le dijo de qué se trataba y ella no se atrevió a preguntarlo.
Tina se revolvió en su asiento. El tacto de la tela de la falda sobre su piel le recordó que no llevaba ropa interior. Se excitó levemente. Sonrió. Siempre le ocurría igual. Aunque estaba más que acostumbrada a no llevar ropa interior, sobre todo cuando salía con Él, nunca podía evitar una cierta excitación al pensar que, debajo de su ropa, estaba completamente desnuda. Pensó que, observando al resto de pasajeros del vagón, se distraería y se olvidaría de ello. Alzó la mirada. Cerca de ella, un hombre de unos treinta y cinco o cuarenta años leía un libro. Tina no alcanzaba a leer el título, pero se le veía realmente interesado en la lectura. De pronto, se imaginó a sí misma levantándose del asiento y caminando hacia él lentamente. Le quitaría el libro de las manos y lo dejaría caer ruidosamente al suelo para captar su atención y la del resto de los pasajeros del vagón. Se situaría justo delante de él y, apoyando las manos en los lados de la falda, comenzaría a alzarla lentamente. Entonces le miraría lascivamente y... sintió que el tren frenaba. Llegaban a la estación en la que debían bajar.
Su excitación, lejos de disminuir, se había acrecentado. Al levantarse y juntar las piernas, notó que estaba mojada. Pensó que quizá habría manchado la falda. Su primer impulso fue decírselo a Él, pero cuando ya estaba a punto de hacerlo, tuvo la extraña sensación de que quizá no le gustaría que ella se hubiera excitado. En realidad, era una idea absurda. Ni siquiera sabía cómo había llegado a esa conclusión. Él siempre disfrutaba viendo cómo provocaba a la gente con sus contoneos, insinuándose a todo hombre o mujer que se cruzara en su camino. Y ella se excitaba sabiendo que Él seguía atentamente con la mirada cada uno de sus movimientos. Pero a pesar de ello, la sensación persistía. Decidió callar. Se limitó a palpar la tela de la falda mientras simulaba que la alisaba. Para su alivio, no notó humedad.
Ya en la calle, ella se decidió a romper aquella situación absurda que mantenían desde hacía una hora.
-¿Te pasa algo?. Apenas me has hablado desde que salimos de casa.
A Él le costó reaccionar. La miró como el padre que mira al hijo que acaba de pronunciar su primera palabra. Cuando habló, lo hizo de forma atropellada.
-No... es... no me pasa nada.
-Estás muy raro.
Él sonrió. Esta vez, su voz sonó más segura.
-De verdad, no te preocupes. Todo está bien -Tina apoyó la cabeza en Su hombro y Él besó su cabello.
Por fin llegaron ante la puerta del club. Tanto la puerta como la fachada estaban recubiertas de madera. No había ningún cartel o símbolo que indicase el uso que se le daba al local. Él separó su mano de la cintura de Tina, abrió la bolsa, y sacó dos muñequeras de cuero negro. Tina se mostró sorprendida, ya que nunca las había visto. Él captó su pensamiento.
-Las compré la semana pasada. Las reservaba para hoy.
Se miraron durante unos segundos. Ella intuía que iba a ocurrir algo.
-¿Confías en mí?
-Ya sabes que sí.
Él sonrió y la besó en los labios.
-Las manos.
Ella alargó las manos hacia Él. Mientras le ponía las muñequeras, ella atisbó por encima de Sus hombros, temiendo y, al mismo tiempo, deseando que algún transeúnte les viera.
-Pon las manos a la espalda.
Tina obedeció. Él uso un mosquetón para unir las dos muñequeras.
-¿Vamos a entrar así en el club? -su tono sonaba asustado. Sin embargo, ambos sabían que, en realidad, ese tono era indicativo de que ella había comenzado a jugar. Desde ese mismo instante ya no eran dos iguales, sino Amo y sumisa.
-Aún no he acabado -dijo Él. Sacó una larga cadena de metal, rematada por una correa de cuero en un extremo y por un mosquetón en el otro. La unió a su collar y la tensó con la mano, acercando la cara de Tina a la suya.
-Te aseguro que no olvidarás esta noche fácilmente -el tono agresivo empleado por Él, le provocó un escalofrío de placer. Manteniendo la cadena tensa, tiró del cabello de Tina hacia atrás y lamió su cuello. Ella gimió.
Él llamó al timbre. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió y en el umbral apareció el dueño del club, que sonrió y le saludó. Ella esperó que él también la saludara, tal y como ocurría siempre desde que habían comenzado a frecuentar el local. Pero eso no ocurrió. Inexplicablemente, el dueño se limitó a mirarla y sonreír. Fue una sonrisa pícara, del estilo: "yo sé algo que tú no sabes". En ese momento, Su Amo tiró de la cadena y ella no tuvo más remedio que seguirle. El dueño esperó a que acabaran de pasar y cerró la puerta tras ella.
Al traspasar el cortinaje que separaba la zona de recepción, de la zona de bar del local, Tina se dio cuenta de que el club estaba atestado de gente. Todos, sin excepción, se giraron para verla. De nuevo, su Amo comenzó a repartir saludos y gestos amistosos con los presentes. Pero absolutamente nadie se dirigió a ella. Tan sólo vio miradas escrutadoras y alcanzó a oír algún que otro murmullo. ¿Por qué nadie le decía nada? Distinguió muchas caras conocidas. Habituales del club, como ella, con los que había departido en muchas ocasiones. Pero ahora la trataban como a una extraña. Sintió que perdía el control de la situación. Comenzó a asustarse. Para tratar de olvidarlo, se fijó en su Amo, que seguía saludando a los asistentes. Lo vio seguro de si mismo. Tina se tranquilizó un poco. Mientras Él tuviera el control, todo iría bien.
Su Amo giró la cabeza y se dirigió a alguien situado tras ella.
-Subimos.
Sin duda se trataba del dueño del club que, tras cerrar la puerta, los había seguido al interior del local. Tina no oyó la respuesta de éste. Supuso que habría respondido mediante un gesto. Su Amo tiró de la cadena y ella le siguió, escaleras arriba. Por un momento pensó que la llevaba a la mazmorra. Se humedeció al instante sólo de pensarlo. Nunca habían llevado a cabo una sesión allí. Su decepción fue mayúscula cuando, al llegar al final de las escaleras, su Amo la condujo hacia la salita reservada exclusivamente para los socios del club. Siguió tirando de la cadena hasta llegar ante una mesa de mármol, baja, pero amplia.
-Sube y arrodíllate.
Tina obedeció. Le costó un poco, ya que aún llevaba las manos inmovilizadas a la espalda. Pero con la ayuda de su Amo, pronto estuvo situada tal y como sabía que a Él le gustaba: con las piernas separadas, las nalgas apoyadas en los talones de los pies y la mirada fija en algún punto del suelo. Tina se dio cuenta enseguida de que la mesa había sido situada de forma que ocupara el menor espacio posible en la sala. Pero, al mismo tiempo, podía ser vista desde cualquier punto de la misma.
Su Amo soltó la cadena, que quedó colgando entre los pechos de Tina y descansando sobre el mármol, entre sus rodillas.
-Quédate aquí. Ahora vuelvo.
-Sí, Amo.
Le siguió con la mirada mientras desaparecía escaleras abajo. Estaba sola. Oía voces que provenían del piso inferior, pero era incapaz de entender lo que decían. Su mente volaba de pensamiento en pensamiento. ¿Qué le iba a ocurrir esa noche? Su Amo nunca la había puesto en una situación semejante. Bueno, alguna vez habían hecho juegos de exhibicionismo por la calle: ella se vestía de forma provocativa y paseaba con Él, exhibiendo descaradamente sus curvas ante la mirada sorprendida de la gente. Tina sabía bien lo que había tras esas miradas: ellos deseaban su cuerpo, ellas envidiaban su desinhibición. Además, la gente con la que se cruzaban no pertenecía al ámbito del bdsm, lo que le permitía a ella controlar la situación completamente. Sin embargo, ahora se encontraba en un plano de inferioridad. Intuía que, a esas alturas, ella era la única que aún no sabía lo que iba a ocurrir. Pensó que quizá se estaba poniendo nerviosa sin razón. En realidad, su Amo ya la había exhibido mientras atravesaban el bar del local. Probablemente subiría dentro de un momento y la llevaría a la mazmorra, donde ambos se divertirían durante un buen rato. Seguramente en la bolsa que había traído de casa llevaba el material que usaban habitualmente en sus sesiones. Él atormentaría su cuerpo con el látigo y las pinzas, quizá incluso con cera caliente, la provocaría diciéndole cosas, acariciaría su piel hasta inflamarla de deseo y, finalmente, acabaría poseyéndola. Y después volverían a casa. Sí, sin duda eso es lo que iba a ocurrir... y, sin embargo, ella sabía que no iba a ser así. Había algo más. Algo nuevo. Y no saber de qué se trataba, era la peor de las torturas.
Las luces se apagaron. Casi al mismo tiempo, Tina oyó pasos en las escaleras. En la semioscuridad distinguió una figura que se acercaba a ella. No la reconoció hasta que estuvo prácticamente a su lado: era Él. Respiró, aliviada. De repente, dos haces de luz rasgaron la oscuridad. Al entrar en la salita, Tina no había visto los dos focos que ahora proyectaban su luz sobre ella. La luz hería sus ojos, de forma que le era totalmente imposible ver lo que había más allá del borde de la mesa. Tan sólo manteniendo humillada la mirada podía evitar la luz.
Oyó Su voz.
-¿Tienes miedo?
-No, Amo -mintió. Claro que tenía miedo. Miedo a lo desconocido. Miedo a una situación que no controlaba. ¿Por qué no lo admitía? Necesitaba el consuelo de su Amo. Habría deseado gritar que estaba asustada, que necesitaba que la abrazase fuerte, que quería que la llevara lejos de allí... Pero, ¿realmente quería irse? Le bastó una fracción de segundo averiguar la respuesta: no. Se dio cuenta de que el sentimiento de entrega hacia su Amo, la necesidad de hacerlo feliz y la excitación que le producía una situación nunca antes experimentada, era más importante para ella que sus propios miedos. Su Amo la usaría a su antojo, y ella se sentiría feliz en su entrega. Se prometió a sí misma que no volvería a dudar de esa forma.
-Aún no sabes a qué has venido, ¿verdad?
-No, Amo -se moría de ganas de averiguarlo, pero no quería que Él se diera cuenta.
-Vas a ser subastada.
Por un momento, Tina alzó el rostro para mirar a su Amo con los ojos desorbitados por la excitación, pero volvió a bajarlo, recordando las órdenes recibidas. ¡Subastada!. Iba a ser vendida al mejor postor. Sería exhibida, alguien pujaría por ella y luego... ¿qué? ¿Sería cedida? Era una posibilidad muy real. ¿Con qué fin, si no, había organizado su Amo la subasta? Sería la primera vez que otro hombre, dentro del ámbito del bdsm, la tocaba. Sintió una punzada de dolor. Sabía que no había razón para ello, pero no pudo dejar de pensar, por un instante, que, en cierto modo, era como si su Amo se deshiciera de Su sumisa y, de paso, buscara un beneficio con ello. ¿Sería así si un día Él se cansaba de ella? Nunca había pensado en ello. La idea de que llegase el día en que su Amo la abandonase le repugnó. Entonces lo vio claro: la subasta... ¡El día había llegado! ¡Su Amo intentaba deshacerse de ella! Tina se sintió desfallecer. ¿Qué había hecho mal? ¿Qué más debía hacer que ya no hubiera hecho? Si ella era feliz a su lado, ¿por qué Él no? En su desesperación, Tina alzó la mirada buscando los ojos de su Amo. No pudo evitar dar un respingo cuando se cruzó con ellos, pues temió ver en su interior una respuesta a sus preguntas que no deseaba conocer. Sin embargo, observó que aquellos ojos le sonreían. Y pudo ver en ellos el amor que todo Amo siente por su sumisa. El corazón de Tina saltó de gozo en su pecho. Pero también vio algo más. Algo que la turbó, puesto que nunca antes lo había visto. Su mirada estaba empañada por un tenue velo de sufrimiento. Aunque sabía que la idea de subastarla y cederla excitaba a su Amo, le conocía lo suficiente como para saber que, en lo más profundo de su ser, también le mortificaba. Ahora comprendía por qué se había mostrado tan parco en palabras durante el trayecto hacia el club. Tina se dio cuenta de que, una vez más, había dudado sin motivo. Y se dijo que lo amaba. Lo amaba con todas sus fuerzas.
-Amo...
-Dime.
-Pase lo que pase, soy suya.
Sintió la mano de Él, acariciándole el cabello y bajando por su nuca hasta su cuello. Tina cerró los ojos, concentrándose en la caricia de su Amo. Y entonces oyó los pasos en la escalera. La gente comenzaba a subir. Su Amo le anunció:
-Es la hora.
Tina vio cómo la sala comenzaba a llenarse de gente. Siluetas sin rostro de hombres y mujeres que pujarían por su cuerpo. Dentro de unos minutos, uno de ellos dispondría de él para hacer todo aquello que se le antojase.
Cuando todos se hubieron acomodado, apareció el dueño del local. Situándose junto a ella y su Amo, comenzó a hablar.
-Lo primero es daros la bienvenida todos a esta velada tan especial. El Amo de Tina os ha elegido a vosotros, entre todos los socios del club, para que tengáis la oportunidad de pujar por su sumisa. Ya conocéis las reglas que se han establecido para ello. Además, aquel Amo o Ama que consiga hacerse con la sumisa podrá llevar a cabo una pequeña sesión en la mazmorra. Creo que su Amo ya os ha informado de los límites de la sumisa. En fin, eso es todo. Que empiece la subasta.
El Amo de Tina le dio las gracias y el dueño del local se perdió en la penumbra de la sala.
-Bueno, a estas alturas todos conocéis a mi sumisa. Dejadme que os diga que se trata de una perrita muy apasionada y, aunque ahora la veáis arrodillada y con la mirada humillada, también puede mostrarse rebelde e indisciplinada. De todos modos, ¿desde cuándo eso es un problema, verdad? -se oyeron risas-. Bien, empezaremos por cincuenta euros... gracias. Ya tenemos al primer candidato.
Había empezado. Estaba siendo subastada. Tina se lo repitió varias veces: "Estoy siendo subastada. Mi Amo me está subastando". Se estaba excitando de nuevo.
-... ¿Cien euros? De acuerdo: cien euros por allí... Vamos, vamos, miradla bien. Sabéis perfectamente que vale mucho más...
Unas manos se apoyaron en los hombros de Tina. Acariciaron sus hombros y bajaron por su espalda. Las manos de Su Amo la tranquilizaban. Él estaba allí, con ella, protegiéndola... De pronto, Tina sintió que el corpiño cedía y se separaba de su cuerpo. Su Amo lo apartó lo suficiente como para que sus pechos quedaran perfectamente expuestos. Tina no había pensado en ningún momento que pasaría aquello. Creyó que la subasta se limitaría a la puja. Pero ahora su Amo comenzaba a desnudarla delante de todos los asistentes. ¿Podría volver a mirar a la gente del club a la cara? No pudo dejar de pensar que, de ahora en adelante, cada vez que hablara con alguno de ellos, en su mente se formarían las mismas preguntas: ¿estuvo en la subasta? ¿Pujó por mí? ¿Qué pensó cuando me vio desnuda?. No importaba. Si su Amo quería exponerla desnuda delante de todos, ella acataría Sus deseos.
-Echa los hombros hacia atrás, perrita, y ofrécenos tus pechos. Quiero que todo el mundo pueda verlos bien -oyó que decía en voz un poco más baja, para volver, a continuación, a recuperar el tono normal- Fijaos qué pechos. ¡Y qué pezones! No me digáis que no tenéis ganas de pellizcarlos con fuerza. Vamos, ¿quién da doscientos euros?... ¿doscientos?... Tenemos doscientos euros, gracias. ¿Vamos por los trescientos? A ver, quién da trescientos euros... ¿o queréis que la siga desnudando? -se oyeron risas y voces- Bien, parece que por allí han ofrecido trescientos euros. ¿Alguien da cuatrocientos?... ¿cuatrocientos?... ¿nadie?...
Pasaron algunos segundos sin que nadie pujara. Llegaba el momento de la verdad. Su Amo cerraría la puja y la entregaría al comprador. Entonces Tina sintió de nuevo las manos de Él, esta vez en sus caderas. Las manos comenzaron a subir, arrastrando con ellas la falda. Tina acomodó su cuerpo para facilitarle la labor. Finalmente, su sexo perfectamente depilado quedó al descubierto.
-Separa más las piernas -Tina obedeció.
-Fijaos en su sexo. Está realmente mojada. Vamos, ¿qué hay de esos cuatrocientos euros? ¿Quién será el afortunado o afortunada que disponga de esta perra en celo?
Tina se sentía terriblemente humillada. Pero era precisamente la humillación de verse exhibida como un objeto sexual, lo que la excitaba cada vez más.
-Han ofrecido cuatrocientos... ¿oigo quinientos?... ¿quinientos euros?... Vamos, ¿acaso no la estáis viendo? -pellizcó los pezones de Tina hasta que se endurecieron- ¿quién de vosotros tendrá la oportunidad de pinzar estos bonitos pezones?... ¡Quinientos euros!... Muy bien... ¿Alguien da más?... De acuerdo, hagamos una cosa: si alguno de vosotros me ofrece seiscientos euros, cerraré la puja en el acto...
Se alzaron murmullos. Aunque, en su condición de sumisa, Tina no tenía derecho a sentirse halagada, no podía evitarlo. Pensó que seiscientos euros era mucho dinero. Sin embargo, dudó de que alguien pudiera ofrecer semejante cantidad. Ya les había costado ofrecer cuatrocientos. La verdad es que la cifra actual, de quinientos, ya era más que satisfactoria. De pronto, los murmullos arreciaron. Oyó a su Amo.
-¡Seiscientos euros! La puja está cerrada.
A Tina le dio un vuelco el corazón. Ya estaba hecho. El trato había sido cerrado. Alguien iba a pagar seiscientos euros por ella y su Amo la entregaría a esa persona para que la usara a su antojo.
Intentó formarse una imagen mental de cómo podría ser: ¿bajo y calvo? ¿Alto y musculoso? ¿O sería una mujer? Pero era inútil seguir por ese camino. Lo averiguaría dentro de poco.
Su Amo la ayudó a ponerse de pie sobre la mesa y liberó sus muñecas.
-Baja de la mesa y quítate la ropa.
Tina dudó por unos instantes, pero comprendió que su pudor no tenía razón de ser. El quitarse la ropa no era más que un mero formulismo. Durante la subasta todos habían visto ya su cuerpo expuesto. Se desnudó despacio, pero sin titubeos. Seguía sin poder ver a la gente a causa de los focos de luz, pero sabía que estaban mirándola. Contemplaban lo que habían perdido mientras pensaban en lo que habrían hecho con su cuerpo si hubieran pujado lo suficiente. Sin embargo, entre ellos estaba el ganador, pensando no en lo que le podría haber hecho, sino en lo que le iba a hacer. Sintió un escalofrío. Se dijo que no permitiría que nadie viera su nerviosismo. Y menos su Amo. Ella haría que Él se sintiera orgulloso de ella.
Cuando estuvo completamente desnuda, su Amo volvió a sujetar sus manos a la espalda. A continuación, vio como cogía la bolsa donde había traído el material y sacó un antifaz. Tina no había pensado en ello. Le iban a vendar los ojos. Eso significaba que, posiblemente, nunca sabría a quién había sido entregada. Se hizo la oscuridad. Sintió unos labios sobre los suyos.
-Estaré aquí cuando acabes -oyó que le murmuraba su Amo para, a continuación, añadir en voz alta, para que le oyeran todos- Ya está lista.
Tina sintió que la cadena se tensaba y comenzó a andar. Unas manos la condujeron a través de escalones, hasta que oyó cerrarse una puerta. Reconoció el sonido: era la puerta de la mazmorra. Por los pasos, Tina descubrió que sólo había otra persona en la habitación. Los pasos se acercaron. La persona que la había comprado debía estar detrás de ella. Notó unas manos en sus caderas, que se deslizaron hasta su vientre, para luego ir subiendo hasta llegar a sus pechos, que acariciaron con fruición antes de que sus pezones fueran pellizcados con fuerza. Tina apretó los dientes para no gemir. Al cabo de unos segundos sus pezones fueron liberados y las manos comenzaron a forcejear con sus muñequeras hasta que Tina notó que podía separar sus brazos. Se sintió contenta de recuperar, al menos, una parte de su cuerpo. Sin embargo, esa sensación duró poco, ya que su comprador la obligó a situar los brazos por delante de ella y sus muñecas fueron unidas mediante cuerdas. La suave sensación de las fibras de algodón inmovilizando sus manos contribuyeron aún más a su excitación y a la necesidad de satisfacción sexual que la acuciaba desde hacía ya un rato. Tina notó que sus brazos eran alzados por encima de su cabeza y sujetados, con toda probabilidad, de alguna de las cadenas que pendían del techo de la mazmorra. Después oyó ruido de engranajes moviéndose y sus brazos fueron alzados aún más, hasta que estuvieron completamente estirados. En ningún momento, durante todo el proceso, su comprador le habló o hizo el menor comentario.
El primer azote la cogió desprevenida. Gritó más por la sorpresa que por el dolor, que no fue demasiado intenso. El látigo -supuso que era un látigo- se enrolló alrededor de su torso justo debajo de sus pechos y sintió la punta golpeando en su costado derecho. Los golpes comenzaron a sucederse a intervalos regulares aunque la zona golpeada variaba desde las caderas hasta el pecho. Tina gemía con cada azote. Privada de la vista, desnuda y en un estado total de indefensión, tan solo le restaba disfrutar de la situación. Ya no le importaba quién la estuviera azotando. Guapo o feo, hombre o mujer, lo único que ocupaba su mente en esos momentos era aquella deliciosa mezcla de miedo, dolor y placer que tan bien conocía. Se preguntó si, dadas las circunstancias, podría tener un orgasmo siendo azotada. Sabía que era muy difícil, pero conocía a gente a la que le había ocurrido y, por otro lado, ella se sentía tan excitada que creyó que, si seguía siendo azotada de esa forma, no tardaría en llegar a él.
Hacía ya rato que había perdido la noción del tiempo. Quizá llevase tan solo unos segundos siendo azotada, pero también podría ser que llevase una hora o más. Era imposible saberlo. Algunos golpes dolían más que otros, sobre todo cuando la punta del látigo la golpeaba en los pechos o en los costados. Entonces apretaba los dientes y aguantaba el dolor hasta que menguaba, recreándose en su entrega. Por el contrario, los azotes en la espalda, en las nalgas o en el vientre, eran más soportables y le proporcionaban un placer indecible. Sin embargo, no habría cambiado ni uno solo de los azotes, incluyendo los más dolorosos, por nada del mundo, pues era el conjunto lo que la estaba llevando al éxtasis absoluto.
Tina dejó de sentir el látigo en su cuerpo. De nuevo oyó ruido de engranajes y sus brazos fueron bajados. Hasta ese momento no había notado el dolor, pero ahora se dio cuenta de que le dolían bastante, supuso que a causa de haber cargado en ellos el peso de su cuerpo. Su comprador la descolgó y le desató las muñecas. Luego la condujo, usando la cadena, hasta otra zona de la mazmorra no muy alejada -Tina contó unos cuatro o cinco pasos de distancia-, donde la obligó a arrodillarse sobre algo acolchado, con las piernas separadas. Debía de tratarse de uno de los muebles con los que contaba la mazmorra para llevar a cabo las sesiones. Con sus manos, el comprador le indicó que debía doblar la cintura hasta apoyar el pecho en una superficie horizontal, también acolchada. Su cuerpo fue asegurado mediante correas con hebillas para evitar cualquier movimiento. ¿Seguiría azotándola en esta postura? ¿O iba a hacer algo nuevo? Sus preguntas fueron contestadas cuando sintió una mano acariciando su sexo. La mano apartó sus labios y rozó su clítoris. Gimió. Los dedos recorrieron su intimidad hasta llegar a la entrada de su vagina. Tina deseó con todas sus fuerzas ser penetrada. Y así fue como ocurrió. Dos dedos entraron en ella. Tina se revolvió, poniendo a prueba la resistencia de las ataduras, al tiempo que emitía un prolongado gemido. Estaba tan mojada que casi no sintió cómo se retiraban pero, al volver a llenarla, pudo percibir que ya no eran dos, sino tres, los dedos que la penetraban. El comprador estuvo penetrándola de esta forma durante unos segundos, hasta que los dedos se retiraron para no volver a entrar. Entonces Tina oyó el sonido característico de unos pantalones al ser desabrochados. No estaba segura de si debía dejar que aquel desconocido la penetrara, pero sabía que su Amo ya habría pensado en ello y lo tendría todo bajo control. Además, estaba lo suficientemente caliente como para necesitar ser penetrada de verdad, no sólo con los dedos. No tardó en sentir a su comprador entrando en su intimidad. Ávida de sexo, Tina movió sus caderas para facilitar la penetración. Su comprador comenzó a poseerla con movimientos suaves al principio, para ir poco a poco aumentando el ritmo y la fuerza de las embestidas. Instintivamente, Tina deseaba retardar el momento del orgasmo para poder disfrutar más. Sin embargo, cuando sintió lo que pareció un dedo penetrando en su ano, Tina no pudo aguantar más y se abandonó al clímax. Su comprador tan solo tardó unos segundos más que ella en llegar al orgasmo, derrumbándose, a continuación, sobre su espalda lo que comprimió aún más sus pechos contra la superficie del mueble.
Al cabo de unos segundos, el comprador se levantó y abandonó la mazmorra, dejándola atada al mueble. Después oyó que alguien entraba y la liberaba de sus ataduras. La ayudó a levantarse y le quitó el antifaz, devolviéndole la vista. A causa del exceso de luz, al abrir los ojos, Tina sólo pudo ver una figura borrosa ante ella. Pero, al cabo de unos instantes, descubrió de quién se trataba. Su Amo estaba ante ella, sonriéndole. Tina se abrazó a él con desesperación, buscando su protección. Él le acarició el cabello y las marcas que el látigo había dejado en su cuerpo.
-Estoy orgulloso de ti, perrita.
Era todo lo que Tina necesitaba oír. Se abrazó a Él con más fuerza.
Tras ayudarla a vestirse, ambos salieron de la mazmorra. La gente que había asistido a la subasta aún continuaba allí. Comenzaron a aplaudir. Tina se sonrojó. Los focos ya habían sido apagados, así que pudo ver sus caras sonrientes. Eran sonrisas cálidas, de complicidad.
Aún estuvieron un rato más en el club, hablando con la gente y recibiendo plácemes y felicitaciones. Cuando abandonaron el local era ya muy tarde. Cogieron un taxi para volver a casa. Ninguno de los dos habló durante el trayecto. No hacía falta.

EPÍLOGO

Ya en el taxi, respiré tranquilo. No había tráfico, así que no tardaríamos en llegar a casa. La verdad es que organizar la subasta había sido un trabajo agotador: hablar con el dueño del local, elegir el día, la gente, explicarles la situación... Al final, todo había salido bien. Miré a Tina. Su cabeza descansaba sobre mi hombro. No estaba dormida, pero tenía los ojos cerrados. Sentí la irresistible tentación de contárselo en ese momento, pero me contuve. No habría sido acertado. Algún día, quizá, le contaría la verdad: que el misterioso comprador que había ofrecido seiscientos euros por ella... era yo.

Hellcat
Barcelona
29 de agosto de 2003
Revisado: 25 de noviembre de 2003
Revisado: 15 de enero de 2004

Apertura del weblog

Este es el weblog bdsm de Master Hellcat. Poco a poco iré escribiendo comentarios y artículos, añadiendo enlaces y, ¿quién sabe? Quizá hasta os presente mis sumisas ;).
Si quieres conocerme un poco más no dudes en pinchar en "autor/a", en la parte superior de la página.